La muerte de Mesala
Hacía calor. Las moscas se morían por inanición o por exterminio. Y las que quedaban se consumían debido al ardor irisado de su abdomen. Hacía calor aquella tarde. Sólo existía una posible salvación en las calles de fuego: un rincón en un bar con sus bebidas frías y su aire acondicionado, malo para el gaznate pero perfecto para la tertulia.



