Cien años de soledad

Enviado por maestresala el Dom, 27/04/2014 - 00:23

“A principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y arrasador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera”.

Así contaba García Márquez cómo se le aclaró la mente en un fogonazo genial para escribir Cien Años de Soledad, la novela que le consagró mundialmente como escritor de altura.

La siesta

 

El calor asfixia el tiempo
ahogándolo de tristeza,
y la tarde languidece
en un hastío fatal presa.
Hastío que el lugar asola,
tedio que laxo penetra
las cañas de los maizales,
caídas entre la hierba seca.

La vida es sueño

La alarma del móvil sonó bronca. El sueño de Nelson se rompió. La vida se detuvo. El estrépito lo azaró y un escalofrío sacudió su cuerpo. Se despertó bruscamente. Por inercia, alargó el brazo, insensible y laxo, para tocarla, pero la cama se había convertido en un témpano cuyo perímetro remarcaba la ausencia de quien ya jamás la compartiría con él. Comenzaba la vigilia, el tiempo de la muerte diaria.

Amarga agonía

 

En el cielo aparecieron,
Y ya no tuvimos vida.
Hoy seguimos sin saber,
Desde qué lugar venían,
Los pocos que aún penamos
En esta tierra baldía.

Aún oscurecen el cielo,
Con su negrura maldita.
Condenados a la sombra,
Privados de la luz misma,
Morimos poco a poco.
Y yo más muero, mi vida,
Para siempre en la bruma,
Con un lamento entre ruinas.

¿Para qué nos dejaron vivos,
Detrás de las celosías,
De un miedo que nunca acaba?

Greel tenía miedo

Greel tenía miedo.
Las miradas de los soldados estaban pendientes de los dos hombres del altozano; espiaban sus gestos; trataban de adivinar en el movimiento de sus labios cuál sería su estrategia, cuándo llegaría el momento del ataque. El más alto extendió su brazo y señaló hacia la ciudad. Los corazones de todos perdieron un latido, el momento de la batalla se cernía en la punta de los dedos de aquel hombre.