Miguel San José Rueda
Me gustaría contarle que soy un niño que vigila el camino hacia su casa, esperando la llegada de un marinero con una sola pierna, o, mejor aún, un viejo legionario que aprieta con su mano izquierda la moneda de plata con la que pagará al barquero, si los cimbrios, que se acercan vociferando, rompen las filas de su manípulo; sin embargo, no puedo.
Soy un hombre normal, desengañado de políticos; tomador de dos préstamos a interés de usura; pagador de doscientos tipos de impuestos; responsable de dos jovencitas: una rubia y otra tornasolada; ornitólogo; ornitólogo aficionado y juguetero profesional; adicto a los pinchos de tortilla y a las pastillas anti-halitosis; coleccionista de objetos sin valor y de las airadas miradas de unos ojos claros, serenos, cuando de su dulce mirar son alabados. Todas esas cargas las soporto con resignación franciscana, porque varias tardes a la semana acudo al Café La Granja donde tomo un cortado y fumo un cigarrillo de caldo, encendiéndolo con un mechero austriaco de gasolina.
Pero... no piense que mis actividades en el viejo café se limitan a disfrutar de los lujos asiáticos mencionados, también participo en una tertulia literaria. Extraña afición en estos tiempos ¿verdad? Pues debo decirle que sentí esa misma sensación, cuando un amigo, GAT, me propuso, hace ya más de diez años, quedar el sábado, después de comer, en el café de la Plaza Circular para hablar sobre los libros que habíamos leído. Aquella tarde, él, un joven secretario, y yo nos dimos cuenta de que no era posible mantener una conversación literaria, si los participantes en aquélla no habían leído el libro en cuestión. Decidimos organizarnos, y creamos, sin saberlo, La Tertulia de La Granja. Después fueron llegando el Profesor, Adrián Arza, el Tertulio Pizpireto, el Maestresala y el Tertulio Ignoto.
Todos juntos, como bandoleros de la Sierra Literatura, hemos asaltado más de cien caravanas con todo tipo de cargamento: aventuras, ciencia ficción, biografía, filosofía... Y entonces, se lo aseguro, me transformo en una rufián feroz y despiadado: ¡un crítico! Es decir, la más infame de las criaturas que pueblan el mundo literario.
Llegó un momento en el que ver los toros desde la barrera fue insuficiente y nos vimos obligados a participar de la Literatura creándola (otra vez fue GAT quién nos empujó a ello). Desde ese instante hemos tomado muchas posiciones y hemos seguido avanzando con mil actividades: el Encuentro de Relatos, el Epistolario, la Página Güe, el Relato Multiautor, hasta llegar a esta Revista Barataria, que tiene usted en la mano y a este artículo tan presuntuoso que está leyendo.
Finalmente, mentiría si dijera que la Literatura es el aspecto más importante de mi vida, pero es cierto que las actividades tertulianas son mi mayor distracción y me proporcionan un gran sosiego.
Eso es todo. Ya sabe quién soy y dónde encontrarme. Por ello, le ruego que me avise si ve a un marinero con una sola pierna.