La abolición del hombre

Ha caído la tarde de este sábado de septiembre, el tercero. Hay niebla espesa alrededor del Broncíneo Caballero, una niebla inexplicable para esta época del año ya que el verano todavía no ha fenecido y el otoño aún no ha mostrado sus hojas ocres. Apenas hay gente en la plaza y la que por allí camina apenas es visible a un distancia corta. Desde la estación ferroviaria y con el embozo de la capa tapándole el rostro, se acerca un ser de otro mundo a grandes trancos.
Nadie recordaba su nombre. Durante treinta años había dejado de existir, y ahora ni siquiera era una imagen fugaz y pasajera en la memoria de las personas que paseaban despreocupadas por la ancha alameda frente al que una vez fue su hogar. Sin embargo, él sí reconoció a la mujer de Jonás, uno de sus vecinos de entonces; a Federico, el maestro que le enseñó lo poco que sabía de matemáticas; a Fidel, el hijo del carbonero Eugenio. Todos ya ancianos, más arrugados y encorvados, pero aún reconocibles.
CUADRO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
—Me voy fumar un puro que te cagas —proclamó en voz alta Mariano mientras se la sacudía en un vano intento de que la última gota terminara en el calzoncillo.
Es una lluvia extraña la que ese atardecer cae sobre la ciudad; densa y oscura como la sotana del padre Damián. Una mezcla de olores a putrefacción salada y humedad dulzona, a desechos ancestrales y sudores recientes trepa hasta la balconada desde donde Leonor contempla las dársenas. Una pestilencia muy parecida a la de las sentinas de su galeón, la nave que ahora debería haber estado ante sus ojos.
Alicia trasteaba en la librería del aula 5C de Primaria. Hacía tiempo mientras aguardaba a que concluyera la reunión de padres del curso que desde media hora antes se celebraba en la clase de al lado. Seis compañeras más compartían el mismo espacio y similar hastío. Cada cual llevaba la espera a su manera: unas, adelantando los deberes para casa; otras, jugando con los “smartphones”; y ella, ojeando las portadas de los ejemplares de una colección de cuentos que abarcaba un anaquel completo de los siete con los que contaba la estantería.
En los viejos tiempos, la gente sencilla, después del trabajo, se cambiaba la ropa de ordeñar por la de paseo y salía a la calle a pasear o a ver cómo crecían las habas en la huerta del vecino, produciéndose de continuo la oportunidad de hablar con familiares y vecinos sobre las cosas acontecidas o por venir.
Lo único humano de la vida nos impregna antes de los veinte años, después todo es retórica…Bella sentencia, algo literaria me temo hasta que explotó con toda su potencia durante el asunto del asesinato de la presidenta de la Diputación.
Siento, muchas veces, inexplicablemente, la hipnosis del patrón Vasques. ¿Qué es para mí ese hombre, salvo el obstáculo ocasional de ser dueño de mis horas, durante el tiempo diurno de mi vida?. Me trata bien, me habla con amabilidad, salvo en los momentos bruscos de preocupación desconocida en que no habla bien a alguien. Sí pero ¿por qué me preocupa? ¿Es un símbolo? ¿Es una razón? ¿Qué es?
Fernando Pessoa