El paraguas

  -  No, Aure, no estoy loca, siempre llevo un paraguas cuando salgo a la calle nunca sabes cuándo puede cambiar el tiempo. Mi madre siempre me decía, si sales coge un paraguas Piedad que los constipados son muy traicioneros, que así murió la tia Reme de una pulmonía por una mala mojadura.

La dama

Tengo el pene curvado y no engatillo la cueva como debería. Los médicos lo consideran una impotencia fisiológica y recomiendan acudir a quirófano. A mis cuarenta y cinco no me convencen sus argumentos y les explico que cada minga tiene sus particularidades que se enrasan ante un buen estimulo, como por ejemplo, les preciso, aquella dama que conocí durante una fiesta navideña.

La espada de san Pablo

Cuenta Plutarco que antes de la concepción de Alejandro Magno, el vientre de su madre recibió un rayo que dio lugar a un profuso fuego. Lo cual sumado a su doble ascendencia divina – tanto paterna como materna – de Hércules y Aquiles, hacen del estratega un emblema que, como sabemos, dio cumplida satisfacción a las expectativas que había creado en la Macedonia de la era precristiana.

Paraguas

No sé si será cierto (me inclino a pensar que sí) que fueron los antiguos griegos los que inventaron los bancos, los de sentarse quiero decir, ese ingenio que hoy incluimos en el grupo del mobiliario urbano y que el diccionario de la Real Academia define como «asiento, con respaldo o sin él, en que pueden sentarse dos o más personas». En su diseño original era más o menos como los conocemos hoy y su función, similar.

Stefan y Lotte (el mundo de ayer)

Stefan está sentado en el pequeño escritorio que colocó unas semanas antes en el porche de la casa. Desde allí puede ver las imponentes puestas de sol en la bahía cercana; a sus pies, al final de la loma sobre la que se levanta el edificio, un estrecho camino desciende hasta la coqueta ciudad de Petrópolis, tan parecida a su amada Salzburgo antes de ser devorada por las bestias, a tantos miles de kilómetros de allí. Bebe a pequeños sorbos de un vaso de agua fresca que su esposa Lotte le ha dejado sobre la mesa.

El abuelo

Mi abuelo se llamaba Blas. Nombre feo donde los haya… Menos mal que conmigo rompieron la tradición familiar de endosar al primer nieto el onomástico del ascendiente mayor por línea paterna. El mío tampoco es que sea para echar cohetes, pero Ernesto resulta más airoso que Blas, que suena a globo lleno de agua reventado en el suelo. Era el único fallo que se le podía achacar. Por lo demás, sabía lo mínimo de sus cosas, algunas pinceladas biográficas que me había referido mi madre. Él no soltaba arra ni de casualidad.