El paraguas

  -  No, Aure, no estoy loca, siempre llevo un paraguas cuando salgo a la calle nunca sabes cuándo puede cambiar el tiempo. Mi madre siempre me decía, si sales coge un paraguas Piedad que los constipados son muy traicioneros, que así murió la tia Reme de una pulmonía por una mala mojadura.

No habían transcurrido ni dos meses de la muerte de su madre y Cristina decidió entrar en su habitación y deshacerse de un pasado doloroso. Pero no contaba que tras los abrigos de entretiempo iba a asomar el puño esmaltado de un paraguas inconfundible. Flores sobre fondo lila, una modernidad para la España de entonces. “Mi madre, una adelantada a su tiempo, una generosa moderna”. Sus recuerdos triunfaron sobre la rutina. Lo descolgó de la barra del armario con mimo, como si fuera extremadamente frágil. Lo acarició, no supo si para limpiarlo del polvo de varios meses o para liberar el conjuro. Y revivió como su madre, en una mano la suya y en la otra el paraguas, le dejó en el internado, en el ala de las pobres y tras cruzar unas confusas palabras con la monja en la portería, la besó eternamente. “Este beso es por los dos. Tu padre no ha podido venir”. Recordó el sabor salado de las lágrimas contenidas de su madre y el metálico de la mentira obligada.

Invocó el recuerdo del verano de aquel primer curso y apareció ella con un traje estampado en flores, una muñeca en una mano y el paraguas en la otra. Recordó que todo el rimero de figuras negras la miraba con recelo y notó el sabor dulce de sus labios rojos. Y entonces comprendió que ya nada sería lo mismo pero que aun así nunca iba a estar sola.

  -  Aure, sí ya sé que estamos en verano y que hace calor, pero si se pone a llover no vengas a cobijarte bajo mi paraguas, no te pienso dejar, por pesada.

Sujetaba el paraguas con ambas manos como un trofeo que acaba de arrebatar a su marido que pretendía salir con él con un “es que llueve” como pretexto. Y recordó su boda, de medio pelo, a la que ella no pudo acudir, no se lo permitieron ni el trabajo ni la distancia. Pero no dudó en presentarse cuando supo de sus dificultades económicas. Revivió sus palabras de un intenso sabor acido, “me escribió Horten y me contó que Sabina os tiene humillados en el altillo. Hasta aquí podíamos llegar” y una mano le aferraba el brazo y la otra el paraguas camino de la Caja de Ahorros.

  - Te invito yo al café, Aure si no dices nada del paraguas del sol y de patatín y patatán.

Y regresó, llena de caramelos, de aromas y de flores. Y se propuso entender a sus nietos entre churros y películas. Cristina recordaba bien aquellas tardes de verano que se quedaba sola con Miguel. Salían los tres dispuestos a vaciar El Corte Ingles y antes “mamá, porque la yaya lleva siempre paraguas aunque no llueva”…

 -  Gracias, señora por su interés. Sí ya sé que me estoy mojando, es que olvidé el paraguas. Me llamó mi marido y salí corriendo, sin pensar en otra cosa…

Joseba Molinero