Hasta hace no mucho fui un obseso de los paraguas. Los atesoraba a cientos, porque cientos eran las premuras en mi existencia de ciudadano modelo. Los necesitaba para todo, incluso para respirar.
Compré un montón. Todos ellos de tela negra. A los hombres de bien son los que mejor nos van para paliar las consecuencias de las tormentas humanas. ¡Qué digo mejor! Son los únicos que nos van en el circo social, sea cual sea nuestro número estelar, seamos o no magos de las ideas, prestidigitadores de los derechos y deberes, domadores de “salvajes” –llámese inadaptados–, contorsionistas de la formación-deformación-información, funambulistas de la utopía, equilibristas de los títulos de propiedad y capitales bancarios, saltimbanquis de la política, trapecistas de las palomitas y toda suerte de mercaderías o payasos de la apariencia.
Con el paso del tiempo consideré que era más rentable fabricármelos a conveniencia. Fíjense, me atreví a facturar alguno de color azul oscuro. No me dirán que no representa un notable progreso en el horizonte de miras. Cómo expresarlo… Era una forma especial y personal de afrontar las adversidades y de significarme como referencia para quienes buscaban cobijo más allá de una vulgar película de fibra confeccionada en serie. Pero llovió intensamente agua de borrajas y mi fracaso fue estrepitoso. La polución, ese manto intangible en la atmósfera corrompida del ambiente, acabó por teñir de carbonilla mis paraguas azules.
Decidí entonces que el esfuerzo no merecía la pena y que lo sensato sería robar los paraguas que fueran de mi agrado. Hay tanto despistado que olvida donde deja el suyo, que me fue sencillo acopiar un buen surtido de magníficos ejemplares. Y todo por la patilla… Qué maravilla… Disponía de las marcas punteras, los diseños más atrevidos y los materiales de postrera generación. Ahora sí que podía bailar bajo la lluvia de críticas a resguardo de una protección óptima. Me reía ufano de aquellos que se mofaban de mi paraguas de cuadros marrones y verdes o de mango de nogal. ¡Pobrecillos! Qué triste tiene que ser quedarte fuera de la cobertura del “establishment” y no participar de lo más de lo más de la más rabiosa moda del ultimísimo grito. Que me llamaban “hortera”, me la sudaba. Que me escupían que era un carota, andara yo caliente… Que me reprochaban falta de escrúpulos, yo con mi paraguas “ad hoc” más pichi que pichi. Que se jodan los pringados envidiosos. Porque será verdad el aserto de que quien roba paraguas siembra vientos, pero no lo es menos que estos vientos solo mueven veletas.
Con todo, empecé a notar una suerte de aburrimiento existencial. La placidez del amparo de un paraguas “Made in Spain” y homologado por los estándares europeos es estupefaciente. Las tempestades, las borrascas, los chubascos y, en general, las inclemencias meteorológicas están anticipadamente previstas, debidamente registradas, convenientemente anunciadas y absolutamente neutralizadas. Qué hastío… Suponía tanto como vivir la pasión del acontecer diario arrellanado en el sofá en bata y pantuflas, en Día de La Marmota continua de tarde dominical de fútbol televisivo.
Resultaba evidente que me sobraba tanto paraguas de seguridad. Y me dio por regalarlos. Les vendrían que ni pintados a muchos parias que habían perdido el tren de la vida. Además, qué buena obra de caridad. Corrijo: qué excelente ejercicio de solidaridad… No hay como limpiar la conciencia colaborando con una plataforma ciudadana o una organización no gubernamental. Para mi sorpresa, contra pronóstico, me los quitaron de las manos. Es tanto el anhelo de bienestar de la gente corriente… ¡Benditos corderillos! Son inofensivos. Apoco que les regalen, se lanzan a abrazar el pedestal de la extantigua del paraguas.
No me negaran que se trata de un milagro sin precedentes ni parangón. Así que, ya puestos, me prodigué en promocionar parasoles y sombrillas. Unos son elegantes y majestuosos. A su sombra no hay sol que luzca. Se acomodan de perilletes a las carencias de los desangelados mórbidos, tan huérfanos de esperanza, tan desnudos e inermes ante las agresiones intempestivas. Las otras se parecen a las mariposas, tan primorosas, tan vistosas, tan poquita cosa. Resultan de gran utilidad para sacar a pasear al chiguagua o para sestear sentado en la sillita playera tras la ingesta de paella y cervezas. A la vista está que no tienen impronta de perentoriedad, sino más bien un aura de capricho y vanidad.
En fin, el diablo me libre de juzgar a nadie, que cada cual apechugue con su paraguas. les he expuesto aquí una sucinta singladura por mi propia vida en relación al uso, desuso o abuso de los paraguas, al objeto de que les sirva de marco axiológico para el análisis de las suyas. Seguro que encuentran más de un paraguas que creían extraviado que les moverá a la reflexión. Espero que a la sazón no se hallen empapados de desidia o iniquidad.
En lo que a mí toca, a estas alturas en las que disfruto del júbilo de un septuagenario, voy por ahí en pelotas, tocado únicamente con un hongo arco iris.
Nicolas Zimárro