Mar Antiguo de Plencia

En recuerdo y homenaje a José María Hormaza Igartua
Mar antiguo, madre salvaje
en tus orillas de rodillas rezaré
tierra absurda que me hizo absurdo
nostalgia de un futuro azul en el que fondear...
Si uno mira hacia el ámbito de la ría descubre al frente un espacio boscoso de aspecto algo salvaje llamado Barrikabaso, donde el agua establece una frontera simbólica con el mundo impenetrable del bosque. Los árboles crecen atropelladamente al borde del agua y van perdiendo verdor en este melancólico mes de septiembre. Conforme avanzo hacia el Astillero el bosque se debilita y la mano del hombre ha construido una aglomeración de casas de distintas alturas. Los ligeros soplos de vientosur hacen caer con lentitud las hojas de los plataneros, describiendo suaves curvas. Observo a las personas sentadas en los bancos y no conozco a nadie. Quizá ninguno de ellos sepan que donde descansan estuvo situado el muelle comercial. Aquí atracaban los quechemarines y bergantines procedentes de los puertos cantábricos y franceses tripulados nuestros trasabuelos.
Al fondo del paseo se entreve entre los emparrados plataneros el destartalado puente. Recuerdo que fue reformado, o más bien diría atrozmente transformado, cuando yo era niño. No conservo una imagen muy clara de antes de convertirlo en una horrorosa especie de presa de hormigón pero guiándome de grabados y fotografías, veo que perdió todo su carácter. Su sobria y sencilla traza no carecía de interés, siendo objeto de de la atención de renombrados viajeros decimonónicos como Humboldt y Ford, de Delmas en su Guía del Señorio de Vizcaya en 1864, del historiador Iturriza, etc. Muchos fueron los cuidados prodigados por la municipalidad, hasta el punto de regularse en las primeras ordenanzas municipales dictadas el año 1508. Transcurren los años y los siglos y, este característico y vital elemento del paisaje urbano vuelve a ser objeto de reglamentación en las ordenanzas municipales del año 1801 en parecidos o iguales términos que en las de 1508. Faltaban pocos años para que desapareciera la actividad económica que dio vida a la villa allá por el año 1299, y claro está, me refiero a la navegación.

En este lunes de setiembre de 1989 sigue transitando la gente por él, han desaparecido las embarcaciones de cabotaje dando paso a las de recreo. No puedo dejar de decir lo mucho que me hubiera gustado pasear por aquí, viendo atracado un quechemarín a uno de sus estribos, al igual que en muchas ciudades europeas de tradición marinera. Dentro de poco tiempo será sustituido por una pasarela metálica no exenta, quizás, de belleza. Pero como señala Juan Benet el puente que vino (viene) después del de piedra es otra cosa; rara vez se recorre a pie y distrae la atención. Ha recabado para sí el protagonismo de la escena y ha exigido del ojo que desdeñe la corriente que fluye abajo para que repare con toda la intensidad en la visión de su airosa silueta y en su original estructura.
Basta ya de divagaciones y voy a seguir mi camino. Tuerzo por el callejón que se abre a mi izquierda para penetrar en el casco antiguo y me detengo ante una hermosa casa decimonónica de soberbia sillería de piedra. Es de destacar su espléndido mirador de madera, el jardín y su verja, las ventanas encastradas propias de climas lluviosos, que con tan sobria elegancia regala al paseante. Al otro lado de la calle, mal que bien, siguen en pie una abultada casa de macilentos grises enquistados en su fachada dotada de una cierta elegancia burguesa. El jardín está lleno de yerbajos, y la gruta donde nadaban apaciblemente los peces de colores ha desaparecido entre la maleza. Muchas veces en mi infancia me acercaba a la verja para ver el estrambótico y mágico espectáculo de los peces, dibujando misteriosas líneas.
El paso del automóvil me distrae y cruzo la calle en dirección a la cuesta de la Magdalena. Una pequeña y encantadora mercería abre su escaparate a la cuesta repleta de cintas y telas de colores. Tuerzo a la derecha y entro en Barrenkale. Una mujer está tendiendo la ropa en el balcón y entablamos conversación. Realmente es bonito vagabundear por estas calles y relacionarse con las gentes que las habitan. Entretanto, oigo unos lejanos y rítmicos sonidos que anuncian la llegada del afilador. Sin saber dónde ir, doy media vuelta y del silencio de la calle surge el cacareo de un gallo encerrado en un pequeño huerto del que asoma un limonero. Estoy distraído mirando unas viejas y agrisadas tapias cuando saludo a un amigo. Junto a nosotros la vieja fábrica de hielo y limonadas, que en breve será irremisiblemente derribada. Cuánto me impresionaba de niño ver a unos hombres con mandiles manipulando las barras de hielo con grandes ganchos. Los estridentes ruidos producidos por una furgoneta ensombrecen la conversación y nos despedimos.

