Llegado el tiempo de navidad renace en mí un particular entusiasmo por recorrer los alrededores de Plentzia, al igual que lo hacía cuando era estudiante, y me sentía agradablemente desembarazado de la disciplina del colegio. Bastantes años después de aquellas primeras excursiones he vuelto al covacho de Gentilbaso en compañía de un amigo curioso de la cultura popular y sus hijos. Hemos elegido un soleado día de este incierto invierno para hacer la excursión. Llegando a las inmediaciones de Gentilbaso en automóvil y creo que para mi amigo resultará un tanto desconcertante darse cita con el pasado mítico en este lugar abrumado por las numerosas casas de veraneo que restan carácter al entorno.
Ascendemos por un sinuoso sendero terroso flanqueado de peñascos foliáceos que se mezclan con los verdiocres herbales. Llegamos al cruce de caminos y dejamos atrás el que conduce a Guzurmendi y al mar. Tras nosotros y al fondo quedan el caserío Kautelas y la ermita de Andra Mari de Aguirre de Gandias.
Nos detenemos a descansar, y vienen a mi memoria unos fragmentos de leyendas de gentiles que me contó un anciano amigo, ya fallecido, mientras tomaba el sol de invierno junto a la ermita: cuando sacaban la piedra para la construcción del caserío Kautelas encontraron en un agujero un arca que contenía un tesoro y entre la iglesia de Gorliz y la ermita de Andra Mari había un túnel en el que los gentiles tenían enterrada un arca que contenía un tesoro.
Emprendemos la marcha por un estrecho sendero que parece desaparecer entre madroños de oscuras hojas. Salimos a un pequeño claro donde revolotean distraídamente unos pájaros. No lejos de aquí está la heredad llamada Mastiazalde, y recuerdo que me contaba su propietaria, que allí su tatarabuelo, piloto de la carrera de América, tenía enterrado bajo un laurel una caja con joyas y moneda. Pero hoy solo es posible encontrar numerosos cartuchos detonados, que de seguro habían ahuyentado a los gentiles de su bosque.
Los madroños asoman de nuevo al camino y casi ocultan el sendero que conduce a un claro convertido en prado. Esta luz del atardecer tamiza delicadamente los colores de la hierba, y unos altos y oscuros encinos ocultan las entradas del covacho, dejando entrever al fondo Goikomendi y el bosquecillo de encinos de Fanos, donde en otro tiempo se levantaba la ermita de San Martín (en Gorliz). Unas enmarañadas zarzas nos dificultan el paso y al fin penetramos en la cueva, que se halla protegida de los vientos del norte, y sus dos entradas se abren al este y al oeste. Se contaba que fue excavada por los gentiles, y allí tenían enterrada un arca llena de oro. A pesar de sus reducidas dimensiones (3x2 m.) decían que, cerca de la playa de Plentzia - en Arpillao - se abría una entrada que conducía a la cueva que conducía a la cueva, y era utilizada para hacer contrabando. Asimismo, hasta allí llegaba la marea y había chirlas. Quién sabe si se trata de un viejo refugio de pastores neolíticos al decir de mi amigo, pendiente pues de verificarse con una excavación.
Emprendemos el camino de vuelta mientras la luz se va debilitando, y también los rumores de los gentiles. La hermosa capacidad mitopoética de nuestros antepasados, que pobló este bosquecillo de gentiles, se ha desvanecido irremediablemente. Al menos que estas notas sirvan para que los niños recuerden que en este bosque vivieron los gentiles.