Se ha convertido para mí en un apacible hábito pasear en este suave y extraño invierno. Una y otra vez recorro el paseo de la ría en dirección al puente. Esta vez lo hago en compañía de un amigo. El día es gris y corre vientosur, que acentúa los contornos de los ya desnudos árboles contrastados por el verde transparente de la ría. Pasamos el Astillero y nos detenemos frente a la cuesta del Consistorio.
- Qué agradable tuvo que ser vivir en una de estas casas con mirador y jardín - me comenta mi amigo que comparte mi nostalgia por el ayer de nuestra villa.
- Indudablemente que sí. Pero va desapareciendo con excesiva rapidez la huella de quienes las construyeron.
Las casas más antiguas, quizás, no tengan más de doscientos años, pues hacia 1789 al villa dejó de vivir encerrada en murallas, y se ganaron estos terrenos a la ría, construyéndose primero las casas de la Ribera pegantes a Barrenkale, y hacia 1826 el muelle comercial, que corría entre las cuestas del Consistorio y la Magdalena.
Cuando era niño oí contar a una de mis tías, que conoció a uno de aquellos marinos ya viejos, que tenía horadado el lóbulo de la oreja por haber llevado un pendiente - acreditativo de haber pasado los grandes cabos.
- Si miras atentamente, verás cómo se van introduciendo otras arquitecturas de otro volúmenes que avasallan el carácter de casas como Olaguibelena construida por uno de aquellos pilotos de la carrera de América.
Los cierres de los recogidos jardines son de piedra de sillería y la puerta enverjada se abre al centro rematada en arco con unas iniciales inscritas en un círculo. Concretamente las que estamos viendo - J Z - atiende a Josefa Zarraga, prima de abuela materna. Introduciendo un pcoo la mano se alcanza una cadenita que se une a una campanilla, aunque la morera que se enreda entre las verjas del murete casi la tapa. Un banco de piedra está debajo de la parra, que se apoya en una vieja estructura de hierro.
En esta casa he pasado muchos domingos del estío mientras era niño. Ya para entonces pasaba mucha gente procedente de la estación de ferrocarril en dirección a la playa, y más que un paseo parecía un camino lleno de hambrientas de arena y sol.
Parecidas casas y jardines fueron construidas por antiguos comerciantes que labraron sus fortunas en Cuba y Filipinas. Muy cerca de aquí, frente al puente, mandó edificar don Nicolás de Olaguibel su magnífica residencia llamada Palazio Berri. Este hombre se hizo rico en Filipinas, creo que en Cebú, y más tarde se estableció en Bilbao, siendo un importante hombre de negocios. El año 1855 compró al Ayuntamiento el hasta entonces monte comunal de Isuskiza. Al paso de los años sus negocios comenzaron a marchar mal hasta sobrevenirle la ruina. Don Nicolás de Olaguibel y Esnal murió en Bilbao en enero de 1890 a consecuencia de una epidemia de gripe.
Palazio Berri es hoy casa de vecinos. Recuerdo que tenía un frondoso jardín enverjado, donde crecían con un cierto desorden los magnolios de hermosas flores blancas, que ocultaban la magnífica escalinata del porche de fuertes columnas de piedra de sillería, que daban apoyo al mirador.
Aquellas casas con jardín donde no solían faltar palmeras y camelias eran emblemáticas de los indianos. o como curiosamente se dice de ellos en un documento municipal del año 1845, que estaban dedicados a las américas.
Sin darnos cuenta es casi de noche, y emprendemos el camino de vuelta. Se han encendido las farolas que dan una débil luz anaranjada, que se disipa entre las sombras de los jardines, como la memoria de sus viejos moradores. El aire es tibio y perfumado de verdín, ya apenas pasa gente. Nos acercamos a casa e instalados cómodamente junto al fuego tomamos café y fumamos un cigarrillo. La conversación vuelve a los indianos y sus casas con jardín.
- A propósito - digo a mi amigo - te voy a leer unos párrafos de Obabakoak de Bernardo Atxaga - escucha:
... Pero diría que aquellos indianos de la primera generación, los que salían por primera vez de su aldea y se marchaban directamente a América, se quedaban muy deslumbrados con el paisaje y la gente que encontraban allí. Y que, más tarde, cuando regresaban, procuraban traer consigo una muestra de aquel mundo.
- Tú crees que podemos ser capaces de asombrarnos de aquella visión del mundo y de la vida, que nos ha sido arrebatado hasta su recuerdo - pregunta mi amigo.
- No, quizás ya sea demasiado tarde. Aunque al menos conservamos estos vagos e inconsistentes retazos, que hacen más agradables las tardes de este extraño invierno.