La muerte de Mesala

Hacía calor. Las moscas se morían por inanición o por exterminio. Y las que quedaban se consumían debido al ardor irisado de su abdomen. Hacía calor aquella tarde. Sólo existía una posible salvación en las calles de fuego: un rincón en un bar con sus bebidas frías y su aire acondicionado, malo para el gaznate pero perfecto para la tertulia.

La ventana dorada

Me he asomado hace unos momentos por la ventana de la habitación y ya ni se ven las ramas del abedul que hay frente al refugio. Parece como si alguien hubiese tirado una enorme sábana blanca sobre el mundo y éste hubiera desaparecido para quedar solo el ulular de la tormenta que lo ha enterrado. Supongo que esta desazón que se me clava en la yema de los dedos viene de mi obstinada curiosidad y de este clima que me impide satisfacerla.

Una noche en Don Giovanni

El país se cae a pedazos, se sigue cayendo a pedazos, mejor dicho. Este amable medio de comunicación que es el correo electrónico, remedo del antiguo género epistolar, ha perdido la batalla (no sé si también la guerra) ante la inmediatez del Whatsapp. Las ideas elaboradas plasmadas por escrito han sido sustituidas por apresurados mensajillos llenos de incorrecciones ortográficas (las semánticas no caben en la brevedad de estos textos).

Historias de una ninfómana I

La mayor parte de mi tiempo libre en la infancia la pasé junto a mi padre. Era funcionario de prisiones. Atendía la enfermería de la penitenciaría provincial. Su horario era fijo de ocho de la mañana a tres de la tarde. Como yo llegaba del colegio a las cuatro y media, tenía margen de sobra para volver a casa y recogerme en la parada del bus. Mi madre trabajaba en la gendarmería de la ciudad como inspectora en la brigada de investigación de delitos sexuales, ya sabes: prostitución, pederastia, violaciones y esas cosas.