Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer viajó a Bilbao y a Getxo con su esposa Casta Esteban y el hijo de ambos a mediados de julio de 1863, el mismo año que publicó la rima 27, “Despierta. Tiemblo al mirarte”….

Tres almas

Hace ya un mes que los vi por primera vez. Son tres y duermen en el estrecho altillo de una parada del autobús urbano, erigida en el espacio que media entre el dios Mercurio y la diosa Atenea. El dios del Comercio vigila – ojo avizor – a los peatones desde lo alto de un emporio financiero en un escorzo imposiblemente eterno. Observa con el ojo, no fijado en el horizonte, los ires y venires de las gentes que entran y salen de tiendas y grandes almacenes sin descanso.

A por ellos

Por aquel entonces el abuelo vivía en nuestra casa, fue él quien nos informó de lo que estaba sucediendo en el Congreso de los Diputados esa tarde. Recuerdo que le insistió a mi madre para que bajara al mercado y comprase de todo, garbanzos, decía, muchos kilos, que esto va a terminar como en el 36. Al principio nos reímos de sus disparates y desvaríos de anciano; unos días más tarde ya no nos reíamos ninguno, o casi.

¿Para qué huir?

Cada mañana que circulaba por la antigua autopista se preguntaba por el sentido de su misión, aunque la palabra misión otorgara a su actividad una importancia que ya no poseía. La gente tenía bastante con asegurarse el sustento, y en muchos casos con sobrevivir un día más. Después de casi siete años de lucha, la población estaba tan agotada, vivía en tal estado de postración y miseria, sometida a los caciques que poco a poco se habían apropiado del poder, que nadie habría alterado el gesto si hubiese sabido adónde se dirigía.

Azúcar

Un amigo tenía una extraña costumbre. Cada vez que se pedía un café en el bar sacaba una pequeña tijera del bolsillo para hacerle un corte muy cuidadoso al sobre de azúcar. Con alguna dificultad vaciaba el contenido dentro de la taza y luego revolvía ya sin ningún cuidado. No eran pocas las veces que con la excesiva velocidad centrífuga que adquiría el café, la tasa y el platito acababan manchados. Sin embargo, siempre tuvo la precaución de poner el sobre vacío a salvo de su torpeza, y de guardarlo en el bolsillo interno de su americana.

Trascendencia

Eran las tres de la mañana cuando comenzó a sonar el teléfono. Se incorporó con un solo movimiento en el que su cerebro poco tuvo que ver. Miró desorientado alrededor. Se había quedado dormido en el sofá; a sus pies, el borrador de su último artículo repleto de tachaduras le pareció una turbadora masa de lombrices muertas. Se tanteó la frente buscando las gafas y las colocó de nuevo.

Pessoa

Fernando Pessoa era muy metódico en sus hábitos, casi rutinario. Todos los días por la mañana, al filo del mediodía, excepción hecha de las ausencias motivadas por algún viaje, enfermedad o imprevisto, acudía al café A Brasileira, cercano a su domicilio. Le gustaba sentarse solo, sin importarle demasiado en qué rincón; aunque, a veces, compartía mesa con algún parroquiano del café, con el que conversaba sobre lo humano y lo divino, sobre todo y nada. Permanecía allí hasta bien entrada la tarde, bebiendo alcohol.

Apocalipsis

Norbert y Eberhard pasean un miércoles de julio a la orilla del canal de la Königsallee de Dusseldorf. Norbert habla acaloradamente y Eberhard asiente algo rígidamente a las palabras de su compañero. Ambos se afanan en sortear a una muchedumbre que rebosa la calle en época de ofertas y chollos.

Mesa de tres

Estoy fatigado. He andado mucho ya. Voy a entrar en ese bar, parece agradable, con ese mirador abierto al rio y los azulejos. Me gusta.

Esta mesa está bien, en una esquina abierta al resto del bar como siempre. Me voy a sentar en la silla de cara al salón.