La tertulia

Se habían convertido en una auténtica institución. Sentados en aquella mesa del fondo, junto al ventanal que daba a la calle principal que desembocaba en la plaza del castillo, pasaban la tarde frente a un café granizado que se derretía invariablemente y una copita de ojén desvaído de la que nunca parecían beber. Sus ojos de mirada acuosa contemplaban el discurrir cansino de las horas a través del cristal de la cafetería, esperando la llegada taciturna del ocaso, anunciado con paseos de verano que olían a bronceador y colonia de lavanda.

El Cerro Rico

Don Cornelio Manso del Sotillo, sobrino del marqués de Feria y Loscorrales, condestable del Porco, tesorero de la muy noble orden de San Lamberto de Zaragoza y señor de la Virgen de Estercuel, alcalde de minas, a la sazón, de la villa imperial de Potosí y, por más señas, recién casado, era un viejo crápula y disoluto, un perturbado, estragado tras años y años de libertinaje sin freno.

Mi secreto

Tanto tiempo, tanto esfuerzo, tanta introspección sin resultados, y bastó la casualidad de atravesar la sala común en busca de algo, ya no sé qué, para que el ruido de la televisión taladrara mi oído, mis entrañas y mi conciencia. Eso es… eso, y admítelo de una vez, eso es lo que te pasa, pedazo de imbécil… asúmelo ya. Mi conciencia es implacable, me trata como yo al prójimo. Cantaban, y yo percibí cierto tono burlesco, algo cuyo estribillo era “amo a Laura”.

Habladme poder desconocido

Una repentina oleada de silencio me despertó. Me estiré con cuidado, notando cómo mis articulaciones volvían a la vida con un chasquido de alivio. Mis ojos tardaron en enfocar, y cuando lo hicieron exhalé un suspiro: estábamos parados en mitad de la noche, y media docena de cabezas en los asientos anteriores empezaban a incorporarse, entre ellas los otros dos turistas, una pareja de acaramelados japoneses. Consulté el reloj: las tres y cuarto. Reprimí una palabrota. Estoy en la India, recordé, aquí nadie va a entenderme.

Mejorando lo presente (¡ultimo!)

Enviado por maestresala el Vie, 28/08/2015 - 07:46

Nuestro probado orgullo de bilbainitos nos lleva a defender, contra viento y marea, que las fiestas de Bilbao Aste Nagusia son las mejores del mundo entero, y es muy probable que así sea (al menos para nosotros); pero para asegurarnos de que lo seguirán siendo, e incluso conseguir mejorar lo que fuera menester, resulta imprescindible mantenerse ojo avizor y atreverse a revisar sin miedo el rumbo marcado.