Mi secreto

Tanto tiempo, tanto esfuerzo, tanta introspección sin resultados, y bastó la casualidad de atravesar la sala común en busca de algo, ya no sé qué, para que el ruido de la televisión taladrara mi oído, mis entrañas y mi conciencia. Eso es… eso, y admítelo de una vez, eso es lo que te pasa, pedazo de imbécil… asúmelo ya. Mi conciencia es implacable, me trata como yo al prójimo. Cantaban, y yo percibí cierto tono burlesco, algo cuyo estribillo era “amo a Laura”.

En ese estado mental llegué a la biblioteca, sin idea de la necesidad que me había llevado allí, sólo con aquel estribillo rebotando en mi cabeza. Fue la primera vez que oí la estúpida cancioncilla y se me desasosegó el corazón. Todavía no alcanzo a discernir si se trata de una cuña publicitaria o de una toniquilla de moda, pero a mí me conectó, precisamente el corazón con la mente: amo a Laura.

A quienes conviven conmigo no les extraña mi mal humor, siempre tuve el carácter huraño y no destaco precisamente por mi afabilidad; además, las presiones del curso ayudan a esconder la verdadera causa de mi acentuada aspereza. Pues sí, no se comprende, no lo comprendo, pero amo a Laura. El estribillo…. Amo a Laura.

No fue proceso fácil la asimilación del hecho. Siempre he considerado que enamorarse es un disparate, pero ahora, que no pude evitarlo, creo que es una tragedia. Mi tesis fue, durante muchos años, irrebatible: está bien para adolescentes, que carecen del sentido del ridículo, está bien para mentes primitivas que arrastran una vida instintiva y admito que incluso jóvenes de cierta valía puedan caer en la trampa biológica de la conservación de la especie, porque en el fondo, no es otra cosa el amor. Corroboraron esta idea multitud de ejemplos y observé, eso sí, sin demasiada atención, la estulta repetición del fenómeno, con la complacencia de poseer la explicación racional adecuada y de encontrarme a salvo. Por eso se me hace tan ardua esta experiencia. No me alivia el descubrimiento, ni la aceptación de la verdad. Tal vez ningún ser humano se escape de la vida sin conocer este suplicio, pero de ninguna manera me consuelan las situaciones ajenas. Tal vez he tenido mala suerte. O no, porque la dicha de contemplarla no tiene comparación. Me llevo su fotografía, recortada, extraída … robada … de las orlas de graduación de los chicos mayores. También conocí el insomnio. A mi edad…

Yo no voy a caer en el grotesco espectáculo que estas situaciones provocan. Nadie podrá, ni siquiera sospechar, lo que me sucede. Mi miedo, antes que mi consciencia, tomó esta decisión, y por eso tardé tanto en percatarme de la verdadera naturaleza de mis sentimientos. La auto-ocultación fue eficaz durante meses, mientras la situación progresaba, cambiando mi actitud y agriando aún más si cabe, mi persona. Me sorprendía a veces la vehemencia de mis reacciones, es verdad. Recapacité, algunas ocasiones sobre la causa de una decisión, o de un estado de ánimo poco frecuentes.

A medida que fue transcurriendo el curso, fui cambiando; a peor. Sé que se me critica sin demasiada piedad y reconozco que me lo merezco. Sé también que en algunos círculos se me intenta comprender, sin demasiado calor, pero valorando la eficiencia de mi trabajo. Bien conocen mis capacidades en las altas esferas y por eso me han mandado aquí, a poner un poco de orden en esta jaula de grillos. Ciertamente, entre los defectos que me adornan, la falsa modestia no se encuentra.

Llegué a ocupar la dirección de este centro sabiendo a lo que me enfrentaba y lo que se esperaba de mí. Encajé la ordinariez del claustro como algo consabido. El ambiente barriobajero de los alumnos era natural dada la ubicación del colegio. El desastre administrativo de la entidad, de sobra conocido, una de las principales causas de mi traslado. Así que conocía bien la posición del frente y me sobraban recursos para comenzar el trabajo. Además, siempre he confiado en mi talento para evaluar y decidir acertadamente, así que me presenté en la primera reunión casi con ilusión de poner en marcha una buena labor y con la seguridad de recibir al final los parabienes merecidos.

No me costó esbozar sonrisas de bienvenida y me esforcé en relacionar con rapidez los nombres y las caras de aquel hatajo de bípedos, eso sí, titulados, que iban a ser mis profesores. Se me escapó la primera mirada desintegradora cuando de una esquina salió una carcajadota: dos mujeres exhibían su fea bocaza, aunque con secuelas de dentista, como verduleras de mercadillo. Una de ellas, hombruna, lucía unos pantalones oscuros y una camisa, con la gracia de un uniforme carcelario; la otra, gorda y soez, una minifalda. Aquellos muslos excesivos y deformados bajo la tirante y escasa faja de tela marrón ofrecían un espectáculo repulsivo. Alguien me susurró al oído sus nombres, no los he olvidado, junto a la sibilina advertencia “ya las conocerás”. Si algún espectáculo resulta patético, en el sentido más fiel a la etimología de la palabra, es una vieja con la falda corta o el pelo largo.

Tardé demasiado en conseguir el silencio necesario para poder presentarme. ¿Qué clase de educación podría impartir aquel montón de ruidosos y chabacanos seres? Uno de ellos, jovenzuelo, en primera fila, jugaba nerviosamente a introducir y sacar los pies de sus envases, que no eran zapatos, sino unas burdas y gastadísimas sandalias. Perdí unos segundos en valorar si habría sido mejor que trajera calcetines sacrificando la estética a la higiene.

Y entonces, cuando por fin pude tomar la palabra, acababa de pronunciar mi nombre y mi cargo, entró ella. Fue inevitable mirarla, el ruido de la puerta, al fondo, atrajo mi atención. Su traje de chaqueta, el tacón de sus zapatos, su piel cuidada y su impecable pinado, el adecuado bolso… su mirada franca y el leve gesto de disculpa por la tardanza… Su elegancia desentonaba demasiado y aplacó el conato de ira que la interrupción y la impuntualidad empezaban a engendrarme. Se sentó, discreta, en la última fila. Sabía colocar las piernas y mantenerse erguida. Y escuchar, también sabía escuchar, sin perder la atención pero sin demostrar falso entusiasmo. Me esforcé por cumplir con una de las reglas de la comunicación al público, mirar equitativamente a todos los sectores, no personalizar… me costó no caer en el tópico de la “conferencia dedicada”. Incluso creo que exageré evitando mirarla, para vencer su magnetismo. Era una auténtica señora entre la chusma a pesar de su juventud. Y aún no había podido reparar en sus manos finas, en sus modales suaves, en su voz espléndida…

No pregunté su nombre, lo busqué afanosamente en cuanto pude desviar mi atención a la lista de fotos que me habían facilitado. Me agradó, aún percatándome de la miríada de Lauras que salpican cualquier registro civil haciendo vulgar el apelativo. Creí que el hecho de que hubiera llegado unos minutos tarde no me permitía quitármela de la cabeza: el mecanismo de defensa de mi subconsciente acababa de activarse, porque no era la circunstancia, sino el impacto que su persona me había causado lo que me había grabado su imagen, ya indeleble.

Al final de aquella reunión, sufrí uno de los pocos momentos de mi vida en que actué sin que mi cerebro mediara: en el barullo de la salida, la busqué. Teniéndola enfrente, regresó mi sentido común y le reproché su retraso.

No niego que los comienzos fueron duros. La primera impresión se acentuó con el trato personal a cada uno de los docentes. El muestrario era completo, no creo que quede pecado capital, y aún periférico, sin representante, pero lo que peor llevo es la falsedad. La pereza también me produce sarpullidos.

No pasaron dos días cuando se me presentó “La Rana” en el despacho. No me gustan esas visitas intempestivas. Me había pasado desapercibida en la primera reunión, después entendí el por qué: su táctica de araña taimada, inmóvil y escondida hasta que considera segura a su presa. Podía haberla apodado “la araña”, pero su fisonomía no me dejó otra opción, porque el cuello elíptico, los párpados abultados sobre los globos saltones, tan claros que parecen derretirse, y sobre todo la gran ranura sin labios, con el mentón abultado y adelantado, amenazando a comerse la nariz tras haber engullido la delgada mandíbula superior… Me recordó una ilustración de un cuento infantil donde el pie rezaba: “Ah, rana perversa, boca de espuerta…” Aunque los batracios carezcan de mentón, para croar hinchan la papada hasta adquirir el desagradable aspecto de esa mujer Así que se quedó en mi fichero particular con el sobrenombre de “Rana Perversa” y un juicio detestable. El pasatiempo de comparar a las personas con animales es algo que cultivo desde que dispongo de uso de razón y criterio de discernimiento, y la primera impresión es, habitualmente, la acertada. Tengo, lo que se dice ojo clínico para la gente.

La Rana Perversa quiso camuflar su intromisión como cortesía pero el exceso de veneno no le permite demasiadas sutilezas. Pronto comprendí que iba a serme útil, había encontrado una fuente de información inestimable. Tendría que ocultar mi repugnancia, pero no sería la primera vez y seguramente, tampoco la última, así que la dejé irse henchida, con la soberbia excitada, creyéndose muy por encima de sus compañeros, la pobre… sin capacidad para comprender que aquí no hay posibilidad de medrar, todos son soldados rasos, todos cobran lo mismo sin posibilidad de mejora y no les queda otra que obedecer a la dirección. Lo único que no hacen todos igual, es el trabajo… “El Oso Perezoso” me saca de quicio y “El Tití” me descompone.

El primer detalle que me reconocí como inusual, fue encontrarme buscando, al día siguiente del claustro de presentación, en la sala de profesores, la silueta de Laura. Me rondaba la cabeza la necesidad de dirigirle una sonrisa para compensar un poco la dureza del encuentro anterior, que durante la noche había empezado a juzgar desproporcionado. Desde luego, nunca se me habría ocurrido una disculpa, porque jamás había entrado ni entrará en mis planteamientos, mermar gratuitamente mi autoridad. Pero sentía la necesidad de suavizar algo, me invadía la inquietud de necesitar entablar una relación y no saber cómo hacerlo, es más, temía haber empezado con mal pie. Llegó con su agenda en la mano, saludó con un buenos días general y esa sonrisa suya encantadora, esa sonrisa que no dirige a nadie en particular, que es su natural estado, su esencia adorable. Se dirigió al tablón de anuncios con un comentario banal pero delicioso:

– Esto lo primero, porque cosa que no apunto, cosa que olvido, así que…

Con delicada atención escribía. Laura es meticulosa. Pensé que algún motivo habría tenido el día anterior para el retraso, que bien se merecía esa sonrisa que incluso había yo ensayado por la mañana frente al espejo… Sin embargo, cuando se dio la vuelta, sentí que mis impresiones traslucían peligrosamente y desvié rápidamente la vista. No puedo asegurarlo, pero apostaría que con un gesto adusto. Cuando me arrepentí, era tarde. El azul de sus ojos dificultaba mi respiración.

He buscado sus defectos y naturalmente, alguno he encontrado. Tal vez la nariz un poco larga, pero no la afea. Los pies grandes, sí, siempre me han parecido más delicados los zapatos de poca talla, pero en realidad, proporcionados, es esbelta, no deslucen. Es olvidadiza, casi despistada, pero es de las que mejor trabaja, quiere a los alumnos, no crea conflictos con las familias, y además, intenta remediar su desorientación cargando a todas horas con la agenda… Sobre todo cuando sonríe… esa expresión suya, tan natural, tan agradable… no la he visto nunca enfadada, hasta cuando se disgusta su rostro se llena de dulzura… Después de sentir su proximidad, todo se allana.

La Rana Perversa la odia. No me ha extrañado nada descubrirlo, es su antítesis. Si algo caracteriza a La Rana, además de su comportamiento rastrero, es la envidia y en este caso tiene muchos motivos. Laura es artista, sus acuarelas son tan admirables como todo en ella, y hace poco alguien le propuso montar una exposición que tuvo bastante éxito. La Rana no tiene más horizonte que su pútrida charca. Laura tiene dos niños de anuncio, he visto las fotos, la chiquitina con el vestidito azul y su hermanito con el pololo a juego, que hasta a un ser insensible a esas ternezas como yo, le llenan de gozo. La Rana consiguió casarse con un inútil, pobre hombre, pero no han podido ni procrear, lo cual es de agradecer a la Madre Naturaleza. Es peligrosa la envidia, si no se maneja con pericia.

Cuando Laura me pidió unos días para algo relacionado con su pintura, mi primer sentimiento fue de alegría por su triunfo, pero mi reacción fue una negativa. De ninguna manera puedo consentir que trasluzca un posible favoritismo, ni un atisbo de simpatía que pueda perjudicar mi dignidad. Su estupefacción ante el impedimento me dolió vivamente, porque ella tenía razón, porque no supe estar a la altura, porque la lastimé, porque dañé el concepto que pudiera tener de mí. Casi con brusquedad la eché del despacho. Supe después que no pudo contener las lágrimas pasillo adelante y aquella noche, creo que por primera vez en mi vida, no pude dormir. Al día siguiente le mandé recado por el jefe de estudios, de que había podido cambiar las fechas de no sé que reuniones, el pretexto que había empleado para denegarle el permiso, y que podía irse tranquila. Cuando volvió, a la semana siguiente, me entregó un pequeño trabajo suyo, unas violetas con más valor que cualquier Sorolla, y así me agradeció el esfuerzo. Pero el tinte de decepción que noté en su sonrisa me amargó el regalo. Sigo sus logros con tanta pasión como disimulo. Sus violetas me acompañarán, sin que nadie ose investigar su procedencia. Para siempre. Pero ella me esquiva. Es natural.

La Rana Perversa me agobia, me trae demasiados chismes de todo el mundo, pero sobre todo se ensaña en Laura, y aunque en un principio la animé, porque quería conocer todo sobre ella, ahora me resulta ya no sólo cargante, sino repelente. Pero si le doy la patada, me quedo sin la mejor vía de conocimiento que me permite manejar este corral. Me repugna hasta su voz, pero sus cuentos, bien filtrados, me son imprescindibles.

He llegado aquí cada mañana y hasta que no comprobaba que Laura estaba en su puesto y se encontraba bien, no empezaba para mí el día. Recorrí el colegio cada jornada en su busca, para tranquilizar mi espíritu, porque si Laura está, todo lo demás también está, nada importa, todo sirve. De ahí nació la idea de la persecución a la que someto al personal, porque nunca he detenido mis pesquisas encontrándola, sino que seguía clase a clase todas las restantes. Hasta cuando juzgué necesario, fingí no verla. Le hice daño. Ese es mi pesar, que cubrí mis apariencias con su dolor. Y el sufrimiento que me supone todo esto corrobora que, efectivamente, amo a Laura. No voy a morirme, ni siquiera a enfermar, los mitos sólo son eso, ficciones, falacias, y siempre he sido fuerte. Pero no será fácil levantarme cada mañana sin la motivación de tenerla cerca. Sin la posibilidad, siquiera, de saber cómo se encuentra. Sin la esperanza de su mirada azul. Sólo con el consuelo de que mi ausencia la beneficia. Su perfume seguirá deslizándose pasillo a pasillo sin que nadie adore su estela.

Y ahora, que he comprendido en toda su magnitud lo que me ha pasado, ahora que me voy con el alma desgarrada, doy gracias a las circunstancias que me apartan del peligro, porque mi cuerpo y mi alma empiezan a rebelarse ante tanto mutismo y tanta renuncia. Nunca me ha estorbado que tuviera marido y me han parecido encantadores sus niños, verdaderos regalos del cielo y dignos hijos de su madre, porque ante todo, soy realista y lo que no puede ser, es imposible. Pero también insoportable. Me aflige despiadadamente la idea que le dejo de mí. La alegrará mi marcha y eso es bueno para ella. Aunque me mortifica, también será bueno para mí. Tal vez se pregunte la razón de tanto rigor con ella, del trato absurdamente frío, que no fue más que la necesidad de enmascarar un sentimiento noble, que paradójicamente, habría generado una situación grotescamente perniciosa para todos. Valoro el férreo control del que soy capaz.

Realizado el trabajo, me voy. El colegio aguantará otros cuatro o cinco años aún en poder de manos inútiles y un débil resplandor de esperanza será mi norte en este incierto período que comienza. Sé que no debo regresar, pero la posibilidad de hacerlo me mantendrá con vida, respiraré cada minuto reconociéndome como una pura contradicción. Me voy con el alma horadada, en añicos aquella seguridad teórica sobre la que me había mantenido, porque aquellas ideas eran apenas un cristal frágil, que se ha caído y se ha roto; eso sí, sin estrépito. Nadie sospechará jamás mi sufrimiento. Aquello del instinto de procreación, de la locura de juventud, del deseo maquillado para disimular el vicio… nada de aquello me es aplicable y la única conclusión a la que he llegado es que el amor es real. Real, pero un doloroso misterio que es mejor mantener en secreto.

Aprendí cuánto limita la diferencia de edad. Y cuánto pesa la condición religiosa. O lo que coarta, para poder gritar “amo a Laura”, el ser mujer.

Hoy me despediré como hermana directora del colegio. Por vez primera, no he discutido el traslado. Conmigo viajará, por siempre, mi secreto.

 

Eva Barro García