El cuaderno de tapas de cartón

Apoyado contra el ventanal, contemplas la mañana de Madrid. Una bandada de estorninos cubre de pavesas el cielo, mientras la insistente lluvia azota los tejados, inunda las calles y el tráfico se convierte en un fósil de metal.

Cierras los ojos. El pasado cobra vida...

Contra el atardecer rojizo del cielo africano puedes ver recortarse las siluetas de un grupo de gente. Las cabezas inclinadas en señal de respeto, los cuerpos erguidos, soportando el manotazo de la fatalidad. La improvisada fosa acoge el cuerpo del misionero.

Caminaste un día entero para llegar a tiempo; te duelen los huesos al recordar el último tramo de trayecto por caminos tortuosos, atravesando la jungla, vadeando ríos.

Vuelves a la realidad. Has decidido comenzar la escritura en el viejo cuaderno de tapas de cartón, ese que nunca estrenaste. Necesitas hacerlo ahora, cuando las imágenes aún aparecen vívidas, llenas del aire y la luz del continente negro.

A tu espalda, el violín reposa guardado en el gastado estuche, frente al atril, atento, con las cuerdas tirantes.

“Yo nací en el Congo, en un pequeño poblado del interior, en medio de suaves colinas y vegetación exuberante, donde el sol, agrandado hasta difuminar el horizonte, reina sobre los frutos y las maldiciones que gobiernan a los hombres.

Solo un puñado de cabañas en las cercanías de un río, con la única misión de dar cobijo a unos seres olvidados que luchaban por la supervivencia. Así era hasta que aparecieron los “padres blancos” y, después de hablar con los más ancianos de la tribu, construyeron en un claro del frondoso paraje una modesta techumbre de hojas secas y cercado para cabras, a la que llamaron escuela.

Allí aprendíamos lo más elemental: signos, religión, higiene, números… Pero un día ocurrió algo especial. Yo había olvidado el cuaderno en el que soñaba garabatear mis primeros signos. ¡Mi padre me mandaría otra vez a cuidar cabras! Volvía corriendo como una gacela cuando, al pasar por delante de la casa del padre de pelo amarillo, una sencilla cabaña sombreada por una única acacia, escuché sonidos desconocidos hasta entonces. En la selva solo se percibe la respiración de la Naturaleza en forma de lluvia, truenos, cantos, gritos, el crujir del suelo, el rumor del río y, como forma de contribución a la armonía de sus leyes, el hombre aporta al silencio el estruendo de los tambores y los cantos monótonos de la tribu. Por eso me sorprendió esa especie de llanto metálico que salía por aquella ventana como si fuera humo.

Me acerqué con cautela, asombrado, casi con miedo y, sin apenas darme cuenta, atraído por aquellos sonidos, me encontré plantado delante de la puerta, con los ojos dilatados por la sorpresa, los brazos caídos. Empujé suavemente y allí estaba el profesor, sentado frente a la ventana, sujetando con su mano izquierda un objeto de madera. En el árbol, un pájaro cantor parecía repetir la melodía que salía de aquel artefacto.

En ese momento supe que aquellos sonidos me habían atrapado, que la voluntad cede al sentirse dominada por las impresiones fuertes: lo decía el hombre sabio de la tribu.

El maestro bajó los brazos. En la mano derecha llevaba lo que me pareció una pequeña vara, estilizada, fina. En la izquierda sujetaba el armazón de madera atravesado en forma longitudinal por unos hilos fuertes como la tela de la araña gigante. Con una sonrisa me preguntó:

–Engué, ¿te gusta?

–Es una música de pájaros y viento– contesté.

-Toma, tócalo, siente su peso, recorre su forma.

Deseché el arco del violín y acaricié con la yema de mis dedos la madera lustrada, las cuerdas…miré por los orificios con forma de serpiente. No me atreví a tocar las clavijas, eran cosas complejas y raras: podían esconder algún maleficio. Cuando terminé la operación me sentía diferente, como poseedor de un secreto.

Fue el principio de un vínculo: el padre Martín, un español de pelo amarillo y yo, pequeño africano de siete años, plantado en un mundo de tierra, sol y agua, solo regido por las leyes naturales.

A partir de aquel día, y por ofrecimiento del padre blanco, después de acabadas las clases, le acompañaba a su casa para desentrañar los misterios del “diablo de madera”, arrancarle sus sonidos de luz. A las dos semanas, el padre me regaló un viejo violín que trajo de uno de sus viajes a la capital.

–Tú puedes, Engué. Los niños sois la magia, la luz del universo que todo lo ilumina.

Noto cómo se me rasga el corazón al recorrer los vericuetos de la memoria y recuperar los recuerdos. Hay pasajes de los que solo conservo una imagen brumosa, marchita, llena de incómodas adherencias, en cambio otros se me aparecen con el vértigo de la nitidez, como el día en que, cuando el sol abrasaba con toda su fuerza la cuenca del río, surgieron de la espesura de la selva los temidos “soldados rebeldes”, bandas armadas salidas del fondo agusanado de la sociedad que, amparados por una impunidad imposible de controlar, asolaban los poblados indígenas secuestrando niños para formar parte de su ejército de advenedizos.

Todo sucedió en cuestión de segundos

El padre tartajeó unas palabras en su idioma, tiró de mi brazo con fuerza y me obligó a salir por la parte trasera de la escuela. Desde lo alto del tupido árbol al que habíamos ascendido, apretando con fuerza mi cuaderno de tapas de cartón, pude ver el pillaje. Rostros vociferantes de hombres armados con fusiles arrancaban a culatazos de manos de los adultos, a los pequeños que habían corrido a refugiarse en sus brazos.

Cuando aquellos hombres de rostro tiznado desaparecieron con su carga de inocentes apiñados en lo alto del camión, vimos que dejaban un vigilante a la entrada del poblado. Había comenzado una tormenta tropical cargada de una lluvia gris y violenta. Escondí el cuaderno en un hueco del árbol, descendimos con cautela y corrimos, corrimos…hasta alcanzar el umbral de la selva.

Con la vista al frente, como hipnotizado por la nube de vapor que despedía el espesor de la vegetación, luchaba por no caer a tierra, por mantenerme de pie y demostrarle al hombre que me salvó la vida que era digno de su esfuerzo.

Lo que vi en el camino de huida nunca podré olvidarlo. El humo negro de los poblados ardiendo, los ahorcados en los árboles con los ojos abiertos, sin párpados, como los pájaros, el colgajo de su lengua azulada…, falsos suicidas que pagaban por actos que no habían cometido, bajo la humedad espesa en forma de manto blanquecino. Una actividad frenética se había adueñado del paraje; torpes animales furtivos huían despavoridos: mamíferos, reptiles, roedores, insectos… hasta las aguas bajaban plateadas por el rebrincar de los peces. A lo lejos, el bostezo perezoso del león alertaba al mundo de la imagen lacerante de la destrucción, del estremecimiento del miedo.

Y aún tuve tiempo de preguntar en voz alta ¿por qué?, sin darme cuenta que los muertos no responden a los vivos.

La lluvia, capaz de paralizar la vida, de arrebatar territorios, de desbordar aguas encauzadas, fue la reina dominante durante más de doce horas, al cabo de las cuales, cansada de castigar y bendecir la tierra, una vez liberada la energía acumulada, se hizo a un lado para dar paso a los tímidos rayos de sol que pugnaban por llegar a la superficie.

A través de trochas y senderos pantanosos llegamos con el amanecer a la casa grande que llaman Misión. Ver al padre blanco empapado como un gorrión, atolondrado, chorreando de la cabeza a los pies, produjo en mi alma infantil un sentimiento infinito de gratitud. Era uno de los nuestros. Sin su ayuda, yo hubiera formado parte de aquellos que un día se acuestan siendo “niños” y se levantan convertidos en “soldados”

Allí supe con toda clase de detalles sobre secuestros, golpes, torturas, asesinatos, violaciones, cometidos con salvajismo por aquello bandidos que, incluso, obligan a los rehenes a matar a sus propios familiares o amigos como un acto de sometimiento, confianza y lealtad al grupo.

Solo después de vivir en la Misión entre aquel grupo de gente comprendí que eran unos privilegiados que se habían ganado su forma de estar en este mundo a fuerza de voluntad, generosidad y conocimiento. Por primera vez me reconocí como un ser vapuleado por la ignorancia y el olvido, un habitante de la cara oculta de la luna. Y aprendí que todo puede superarse.

Volví con mi familia. Mi padre comprendió que en otro lugar, con personas más instruidas, tendría mi oportunidad. Mi madre contuvo las lágrimas y me dio una estatuilla de barro. Yo sabía su significado: era el moldeado de su alma.

Una mañana, después de la lluvia, cuando las mariposas volaban de nuevo alrededor de las flores y el aire parecía purificado por el sonido de las campanas de la cercana capilla, el sosiego se vio truncado con la aparición por el sendero pedregoso de un hombre altísimo, casi un esqueleto, de ojos intranquilos, con túnica hasta los pies y báculo de caminante. Traía una noticia. Los soldados rebeldes habían entrado en la Misión. El padre Martín pudo huir y encaminó sus pasos hacia nuestro pequeño poblado buscando ayuda. El hambre, la sed, el miedo, la soledad…quizás las alimañas, podrían haber acabado con su vida, pero fueron cuatro hombres armados con machetes los que consiguieron darle alcance.

El hombre había reconocido el cadáver por la cruz metálica que llevaba colgada del cuello y los restos del diablo de madera desperdigados a su alrededor.

Los habitantes del poblado envolvieron su cuerpo en ropajes de ceremonia y lo llevaron a lo alto de la colina, donde el viento soplaba suave y dejaba partículas de tierra en suspensión.

En los márgenes del día, cuando ya todos habían descendido al llano, si hubieran vuelto su rostro habrían podido ver mi pequeña figura contra el sol declinante. Con los ojos inundados de lágrimas interpreté al violín la sonata más sentida que jamás había salido de mis manos, la pieza que llevaba ensayando dos años sin interrupción a la espera de la carta de aceptación de la escuela de música.

El espíritu, las palabras del padre Martín flotaban en mi pensamiento con la sonoridad de notas musicales. Fue la primera vez que me sentí profundamente triste y, lo que es peor, no supe qué hacer con mi tristeza.

–Engué, practica, déjate el alma en las cuerdas de ese violín, que algún día será tu medio de vida.

Esas palabras premonitorias, que hoy salen a mi encuentro, cierran el relato en mi cuaderno de tapas de cartón y me hacen conservar el recuerdo vivo, centelleante, lleno de gratitud de mi querido profesor, dueño de la timidez de los sabios y la generosidad de los dioses”.

Hoy has recuperado una porción de infancia, esa época donde tus hazañas consistían en descubrir la grandiosidad del río, de la bóveda celeste, del viento y la lluvia; también del más insignificante mundo animal: los ojos dorados de sapo, la esforzada hormiga que transporta una hoja cien veces su tamaño, la araña expectante en su nerviosa tela.

¿Por qué haces un alto en tu escritura? Sé que estás pensando en cómo será la vida actual en tu poblado. Seguro que los años transcurren mansamente. Los niños aprenderán las artes de la caza, la pesca, cultivo de la tierra y cuidado de las cabras; las niñas serán objeto de trueque en matrimonios concertados.

No quieres hablar del incendio del poblado, cuando ardió la choza, tu pequeño mundo donde dormías, comías, te regocijabas junto a tus padres y el perro cojitranco. Niegas que tu madre saliera loca de espanto a los caminos y no volviera jamás. No quieres imaginártela como dicen que la vieron: perdida en el mundo, desorientada, con el rostro hecho pergamino viejo. Prefieres aferrarte al momento en que devolviste su estatuilla a la tierra reblandecida de la orilla del río, para que su alma pudiera reencontrarse con el cuerpo.

Has cumplido con las leyes de la tradición. Solo así pudiste abandonar en paz tu perdido lugar africano en donde reposan tus antepasados.

 

Rosarío Martínez