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En Casa del Viejo Capitán

Enviado por maestresala el Jue, 12/05/2022 - 13:17

 

Puerto​

 


 

Una vaga luz ilumina el amplio comedor envuelto en un inquietante silencio, que de súbito se rompe ante la presencia de un anciano de un anciano. Es el dueño de la casa último vástago de una vieja familia de marinos. Señala un cuadro sobre el que se precipita un haz luminoso que penetra por las rendijas del balcón. En el rutilan los viejos y dorados botones de su uniforme de marino atrapados entre los azules cordones dibujando ondulantes letras en homenaje al capitán de la corbeta India.

‒Las anclas de los botones se han enganchado en el verde fondo del cuadro para siempre ‒balbucea el anciano.

Se acerca a la chimenea y coge de la repisa en anteojo, con cuidado de no derribar unas cajitas orientales de  laca y un reloj inglés. Nos volvemos hacia el mirador iluminado por una fulgente luz, que se abre paso por un dorado camino entre la oscura entablación del suelo de roble. El bruñido tubo metálico del anteojo oculta unas letras gravadas. Me separo de la desbordante luz para leer la inscripción: 

 

Spencer Brourung And Kust London Day or night

 

El anciano vuelve a tomar entre sus manos su apreciado catalejo, y me invita a manejarlo. No acierto a divisar la mar entre la verde fronda del jardín y contrariado desisto, dejando el anteojo en la repisa de la chimenea.

‒Ya sabes que pasé buena parte de mi vida en la mar ocupado en la derrota Cádiz a Filipinas ‒comenta el anciano.

El súbito revoloteo de los pájaros en los árboles de la huerta me aparta de la conversación. Y por un instante creo divisar una bandada de exhaustas gaviotas posadas en el aparejo de un hermoso velero.

La luz comienza a decaer y abro las puertas del balcón. Me acomodo en un confortable butacón de cuero carmesí de grandes orejeras. Acerco una mesita de caoba y caoba y tomo de la tabaquera un cigarrillo. Las volutas del humo se van trasnformando en mi imaginación en grandes olas entre las que navega la corbeta India.

Las sombras inundan el viejo diario del capitán y debilitan las letras hasta borrarlas y el  cuadro de la corbeta India se va desdibujando hasta casi perderse en la oscuridad, enciendo la lámpara un tanto conturbado y cierro el diario. ¡Cuántos otros estremecedores testimonios de la vida en el mar como eśte han sido destruidos sin piedad!

En esta hora el día en que entramos en una zona de sombras me parece todo tan inconsistente y etéreo, que apenas alcanzo a entender el sentido de la vida. Una inescrutable y desconcertante emoción me recorre al sentir la quietud y la permanencia de los objetos encerrados en  esta habitación, que han sobrevivido al paso del tiempo ‒la memoria familiar rebulle en ellos. Objetos estos que se vuelven frondosos árboles en los que uno se cobija en días tediosos e insípidos.

 

Bergantín​

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