Carta a Miguel

Enviado por maestresala el Dom, 29/12/2019 - 16:59

Hace años, una antigua novia, psicóloga ella, y yo, diseñamos un modelo de negocio (sin que nos lo tomáramos demasiado en serio, he de reconocerlo) centrado en todo lo que gira alrededor de la muerte de un ser amado ―ella misma había perdido a su madre poco antes en un accidente de automóvil―. Se trataba de ayudar a los parientes más próximos del difunto a volcar sus recuerdos, sus anécdotas, sus afectos, sus inquinas también, por qué no, y que todo ello quedara en forma de texto compuesto con amor y un cierto estilo. De alguna manera, ese uso tan anglosajón (al menos es lo que nos muestran en las películas) de glosar la vida del ausente, donde los amigos y familiares exponen ante los demás lo que representó para ellos, es lo que subyacía en nuestra idea. Por un lado el apoyo psicológico que permitía sacar a la luz lo bello y hermoso, por otro el arte literario para que esa luz no se apagara; esa era nuestra intención. Todo se quedó en el limbo, sumergido en la memoria nebulosa de lo que pudo ser. A pesar de ello, en dos ocasiones he recuperado esa idea y he escrito algo en torno a personas que fueron importantes en mi vida. El papel y la pluma ayudan a superar el pudor natural a hacer algo así.

La primera vez fue solo un breve párrafo; la timidez, la discreción, no lo sé, me obligaron a no citar directamente al fallecido, a dejar mis palabras en una de esas redes sociales donde pudiera ser encontrado por sus allegados. Ellos sabrían a quién me refería. Estas líneas que siguen las tecleé casi a vuelapluma, dejando manar lo que mi pecho me dictó entonces:

«Hay días de lágrimas, pena y dolor. Como este, un día en que la muerte y su amargura vienen de la mano. Es lo que uno se encuentra en los bolsillos del corazón cuando un ser querido se va. Sin embargo, es cierto que puede haber algo hermoso en estos momentos. No recuerdo quién dijo que hay que morirse inspirando amor, si se puede. Si se puede..., supongo que esa es laclave. Dentro de poco es el funeral de alguien que sí pudo, que se fue ayer pero ha dejado para nosotros ese sentimiento tan maravilloso. Tengo lágrimas dentro de mí, pero no todas son de tristeza.»

Unos pocos años más tarde falleció de manera inesperada la pareja de una buena amiga. Ni en este momento, ni de esta manera, recuerdo que me dijo, inconsolable, cuando fue capaz de hablar acerca de la ausente, una mujer entrañable, seductora y con su memoria repleta de historias y anécdotas. Una argentina de origen judío (¡le encantaba el jamón!), de ascendientes rusos que había emigrado a Israel, vivido la utopía en un kibutz y sufrido en un sótano de Jerusalén las Guerra de los Seis Días. Una socialista convencida que huyó de la irracionalidad de la guerra y se plantó en Cuba para comprobar que el comunismo era ya una doctrina pervertida por la mezquindad humana. Una mujer que acabó llegando a una España recién salida de la Dictadura, donde se ganó la vida dando clases de literatura en la Universidad y de cerámica en su taller. Y donde conoció el amor. Una mujer ―ni ella ni mi amiga― que no perteneció jamás a una organización LGBT (de esas que tanto cariño te inspiraban, Miguel), no por ningún tipo de rechazo moral sino solamente porque no le hizo falta para sentirse y ser como en realidad era. Esta vez el texto tuvo forma de carta, de las antiguas, escrita en unas cuartillas, introducida en un sobre y depositada en un buzón de Correos.

Y así llego al momento actual. Tengo delante la pantalla del ordenador, levanto los ojos hacia el techo del estudio, paseo la mirada por los lomos de las lecturas de la Tertulia de La Granja, regreso a estas líneas parpadeantes y pienso que ya no estás con nosotros. Y me cuesta aceptarlo.
 

A lo largo de la vida he conocido a mucha gente, como todos. Hay quien continúa ahí, otros llegaron y se fueron. Algunos más han de venir, es posible. Sin embargo, y supongo que esto es lo habitual, soy incapaz de rememorar aquella primera vez que me encontré con la mayoría de ellos. Bajo los párpados, acaricio la superficie del escritorio, en algún lugar del edificio oigo unas risas y el murmullo de unas voces. Permanezco así unos minutos. Nunca me había planteado quiénes han dejado esculpida en mi alma esa primera huella y acabo algo confuso porque solo consigo evocar tres personas. Pienso en aquella novia psicóloga, y la recuerdo durante una cena
en El Escorial, sentados a la misma mesa, ella en la otra banda un tanto lejos de mí. Recuerdo su sonrisa, sus pestañas vacilantes de rímel y las miradas que nos cruzamos cuando aún no sabíamos el uno del otro. He olvidado tanto de lo que vivimos en común que no dejo de sorprenderme de la nitidez de esta imagen.

Recuerdo un bebé de nueve meses en brazos de su padre; un bebé de ojos grandes y curiosos que no extrañaban a ese niño que era yo, un niño también curioso y sorprendido por aquel ser minúsculo que rebullía entre ropas blancas. Su padre, aquel a quien dediqué el párrafo de más arriba; ella, la mujer con quien siempre quise estar y que ha conseguido que el desasosiego y la angustia desaparezcan de mi vida.

Y tú eres esa tercera persona, Miguel. También recuerdo el día que te conocí. Es curioso, ahora que reflexiono sobre ello. Dos mujeres, una a quien una vez quise y otra a quien quiero hoy y para siempre. Y tú. Entorno los ojos, miro hacia adentro y busco a alguien más, pero no lo consigo. Solo vosotros tres.

Algunos seres humanos marcan nuestra vida, para bien o para mal, y estoy seguro de que tú fuiste uno de ellos. No sé si puedo decir que eres una de las tres más importantes pero como decía, mi memoria ha guardado pocas imágenes de primeros encuentros y una es la que tuvo lugar aquel 1 de marzo del año 1989, mi estreno laboral en lo que entonces se llamaba Acenor I+D. Esa mañana me presentaron a la mayor parte de los miembros de la plantilla, una amalgama de nombres y rostros indiferenciados, apretones de manos más o menos intensos, todo ello sazonado por la vergüenza y ansiedad de un recién titulado que se iniciaba en el mundo profesional. Con algunos de ellos he mantenido la relación desde entonces, intensa y tertuliana en ocasiones, sin embargo es tu imagen la que ha perseverado en mi recuerdo de aquella jornada. Te acercaste a mí, extendiste tu mano acompañada de una sonrisa, esa sonrisa tan tuya, sincera precisamente porque tratabas de reprimirla, porque al querer mostrar lo que no era, en realidad ofrecía tu auténtico ser, el de alguien amable y educado dispuesto a ayudarte en todo lo que estuviese en su mano, esa mano que ahora me tendías. La estreché y te presentaste con tu nombre y asegurando que eras el más guapo de la oficina. Una introducción más bien extraña, pero con la que reflejabas esa forma de ser que apuntaba antes, te reías de ti mismo con un comentario que reflejaba muy bien que te conocías a la perfección. Y que anunciaba una forma de ser complicada, a alguien no fácil de tratar. Porque no siempre estaba claro cuándo te burlabas y cuándo hablabas en serio. ¿Cómo te describió el sacerdote durante el funeral? Particular, un hombre particular. Sí, sí que lo eras. Acaso, en alguna isla, lo sigas siendo.

No me acuerdo de mucho más de aquella jornada, solo esa sonrisa en labios y ojos, esa mano con olor a nicotina, un jersey verde de cuello vuelto y unos pantalones de mezclilla marrones.

El vestuario, las descripciones de atuendos y prendas varias... Eras hijo de sastre y eso se notaba cuando nos describías las indumentarias de tus creaciones, que siempre eran tú mismo. Y tú mismo, a su vez, eras tu principal personaje. Un hombre particular... Tu propio personaje... Pienso en ello... Era necesario haberte tratado en la cercanía, en la confidencia para darse cuenta de que te esforzabas en recrear un papel, el de tipo adusto (poco tratable, huraño, malhumorado, seco, severo, desabrido, estas son las acepciones de la RAE para el término), misógino, fatuo, engreído. Y lo conseguías muy bien, tanto que muchos nunca supieron diferenciar al autor del narrador y a este del actor que deambulaba por esa vida que no es más que una obra de teatro llena ruido y furia.

Te conocí en diferentes facetas durante nuestros años de relación. Fuiste compañero de oficina, no en vano nos sentábamos uno al lado del otro, separados por una mampara verde que más que separarnos establecía una cierta complicidad entre nosotros. Te bastaba con inclinar la silla hacia atrás, balancearla sobre sus patas traseras y asomarte para invitarme a un café o charlar sobre cualquier tema, entre ellos, por supuesto, alguna de nuestras lecturas (nunca olvidaré la primera de tus recomendaciones, una serie de novelas de Julian May, el Ciclo de la Tierra Multicolor, y los ratos inolvidables que me hicieron pasar).

En aquel tiempo de inseguridad e inexperiencia, me sentía protegido cuando veía la nubecilla de humo de uno de tus cigarrillos marca Habanos revoloteando por encima de la mampara. Recuerdo dos de tus consejos de entonces, quizá de los más útiles que nunca me dieron. Cuando salgas de la oficina para ir a la fábrica, me decías, lleva siempre cuaderno y bolígrafo.

Así siempre parecerá que vas a hacer algo, y no de paseo. Sabia reflexión que siempre he seguido, una reflexión que me ha servido para proyectar una imagen, no necesariamente ajustada a la realidad pero, ¿qué más da? La primera lección en el teatro del mundo profesional, donde la apariencia es básica. Y la segunda: te veo delante de mí, echándome una de tus miradas socarronas un día en que apareciste con chaqueta y corbata. Voy con el jefe a una reunión, me aclaraste, y no quiero que se note quién lleva el botijo. De nuevo, imagen. Actuación. Personaje. Sabiduría.

También te conocí como jefe. Lo fuiste durante un periodo que puedo considerar como el más enriquecedor, creativo, motivador e ilusionante de mi mediocre vida profesional. Y lo de mediocre no lo digo como lamento.  Nunca he tenido ese afán por ascender en el escalafón tan propio de los profesionales adictos a la empresa y al trabajo. Quizá si los hubiese tenido habría sido igual de mediocre. ¿Qué más da? Esa es otra historia. Ahora que ya no estás puede parecer un clásico decir que fuiste el mejor jefe que he tenido, pero es cierto, lo fuiste, o casi, evitemos las afirmaciones absolutas, y lamenté el momento en que nuestros caminos se separaron. Toda esa pose de tipo adusto se transformaba cuando estábamos juntos en amabilidad, colaboración, ayuda, compañía. Trabajé con agrado a tu lado durante esos años, incluso cuando te empeñabas en visitar las «catacumbas», en «jugar a Los Miserables». A pesar del calor, la humedad, la oscuridad, a pesar de todo ello, recuerdo con cariño nuestras excursiones por las galerías y sótanos del tren de laminación.

Fue durante esa época cuando tu carácter se volvió irascible de verdad, no como afectación, o al menos cuando llegué a percibirlo. Pero como siempre, volviste a crear tu propio héroe, ahora al revés, mostrando un rostro amable y educado en tu trato diario con los que éramos tu equipo y perdiendo batallas sin sentido con tus superiores. ¿De dónde venía esa ira contenida? Un tarde, charlando en tu despacho, me confesaste que te ibas a divorciar. Soy amable con todo el mundo menos con ella, me contaste con voz triste y mirada perdida.

Creo que tu situación privada te acabó pasando factura, algunos no tuvieron paciencia o no supieron ver más allá de la máscara. Primero te humillaron privándote de tu criatura, porque el tren era como un hijo tuyo, amado y mimado, y también cruel en su indiferencia ante tus atenciones, como un adolescente ignorante de todo lo que no sea él mismo. Eras feliz vestido de romano, como solías decir, paseando por la planchada, encaramándote por aquí y por allá, charlando relajado con tus desbastadores. Estoy seguro de que no me equivoco si digo que no volviste a serlo en ninguno de sus puestos de trabajo posteriores. Después del menoscabo que te supuso el apartamiento del área donde habíamos compartido tareas, apenas dos años más tarde te echaron de la empresa, colofón lógico de unos odios estúpidos generados en gente poderosa y mezquina. Un mes después ya estabas trabajando en otra compañía, apadrinado por un hombrecillo de cigarro habano en ristre, que te trataba como a un hijo desde mucho antes y que supo, él sí, apreciar al auténtico Miguel tras la máscara. Seguimos vivos, que no es poco, me contestabas invariablemente cuando te preguntaba qué tal le iba en su nuevo puesto. Una frase hecha, tal vez, pero que reflejaba la amargura que anidaba en tu sentir más íntimo.

Fue poco antes de que dieran comienzo nuestras excursiones por las galerías cuando nació La Tertulia de La Granja con Gonzalo como Padre Fundador y nosotros como novicios. Esa fue la tercera componente de nuestra relación, la de contertulios, miembros de ese extraño grupo que de manera increíble ha superado ya los veinte años de existencia y más de doscientas lecturas y tertulias, el periodo más largo de todos y el que en mayor medida me permitió valorar tus virtudes y también tus defectos, por qué no decirlo. Todos tenemos facetas que se iluminan y oscurecen dependiendo del movimiento del sol y las nubes en torno a nuestro mundo interior, y no siempre es la más brillante la que asoma entre los pliegues  de nuestra vida. Y uso el adjetivo brillante a propósito porque fue en la Tertulia donde nos mostraste esa cualidad en toda la amplitud del término.

Cada tercer sábado de mes, a las 16,15h, tú, nuestro Presidente, te revestías de tu nueva máscara, ahora de misógino displicente, de viejo gruñón un tanto carca y retrógrado, de guardián de las esencias tertulianas que tú mismo no tenías inconveniente en subvertir cuando te parecía. Ya no volveremos a oír tus diatribas contra el género femenino, a ti, que tenías dos hijas y eras un devoto de tu Carmen. No regresarán tus quejas impenitentes, y también impertinentes, así eras, Miguel, sobre este o aquel tema, daba igual cual fuese, el caso era mostrarte desafiante hasta el punto de alabar a un Franco que encarceló y condenó a trabajos forzados a ese sastre que te enseñó a alabar la buena hechura de un abrigo. No revolotearán a nuestro alrededor tus palabras pontificiales proclamando las bondades y la necesidad de proponer valores seguros mientras nos encasquetabas obras tan anfractuosas como Los sueños de Quevedo. Contradictorio y provocador en apariencia, no tenías inconveniente en reconocer tus errores y excesos con una sonrisa y ese latiguillo del que me enamoré e hice mío, «lo que yo decía». Y por si no estaba clara tu disculpa, un atardecer, cuando el azar llevaba a cruzarnos paseando por la Gran Vía, te acercabas, me estrechabas la mano, te inclinabas un poco, como si fueses a hacer una confidencia y decías en voz baja, «amigo».

Pero ante todo eras brillante, estuviese uno de acuerdo o no con tu comentario sobre la obra de turno, incendiario y excesivo en ocasiones, jamás era anodino ni carente de esa chispa que nos tenía a todos pendientes de tu dictamen, de un punto de vista que siempre era original y novedoso, un poquito más allá de lo que uno mismo había conseguido avanzar. Sí, también esa estrella se ha apagado. Echaré en falta su luz. Y su oscuridad. Tus vetos, tus negativa a participar en esas otras actividades paralelas de la tertulia, tan denostadas por ti, y que sin embargo tanto hubieran ganado contigo. Echaré de menos tus ausencias.

Voy acabando, es hora de pasar la última página de este libro y devolverlo a su estante. Lo hago con la tristeza de haber llegado a un final infeliz, brusco, poco amable. En la literatura las historias no suelen terminar así, en medio de una trama, una reflexión, un diálogo. En la vida, sin embargo, no siempre tenemos tiempo de poner el punto y final a nuestra narración. La innombrable te sorprende al volver una esquina y ya no estás. Ya no eres. Pero a la amargura de un final abrupto e inesperado se une la satisfacción que nos deja en el espíritu el recuerdo de una buena lectura, de esa buena lectura que fuiste en mi vida.

Por eso siempre estarás en mi memoria.

Adiós, amigo.