“Muerte. Muerte. Más muerte”. Estos eran los comentarios que ibas haciendo a los relatos que presentamos en una edición, hace ya de esto algunos años. Tenías razón. En todas -o casi- las obras estaba presente la muerte. En las tuyas no, o eso pensabas. Hablabas de la infancia, de un
Hércules cántabro o de las peripecias de un tal don Miguel que se te parecía demasiado, pero en todos y cada uno asomaba un deje de nostalgia. ¿No es eso otra forma de hablar de lo muerto? Dicen los estudiosos que han pasado por el Mundo ciento siete mil millones de personas, de los que apenas seguimos respirando el pico que le sobra al cien. Y ni toda esa experiencia acumulada ha sido capaz de hacernos convivir con ella.
Lo supe apenas seis horas antes de que hubiéramos debido vernos. Puedes imaginar la conmoción. Esa tarde llegamos todos puntuales, creo que necesitábamos estar juntos. Aún había quien no daba crédito. Nadie se atrevió a ocupar tu silla en la cabecera de la mesa, y ese vacío era más denso de lo que hubiera sido tu presencia. Aunque con retraso (acaso con culpa) celebramos la tertulia ordinaria; tú, tan atento a la formalidad y los reglamentos, no hubieras permitido otra cosa. No pudimos conocer tu opinión del libro de Sergio Ramírez, ya nunca la sabremos como tantas otras cosas. Nunca, eterno, infinito, conceptos inabarcables para nuestra limitada capacidad de entendimiento.
No volví a verte desde nuestra tertulia anterior, el tercer sábado de octubre. Entonces comentamos la boda de Ángela, y tu juicio fue demoledor. Otros fuimos más benévolos calificándola incluso -como hice yo mismo- de pequeña obra de arte. El último comentario que hiciste fue algo así: “tal vez no sea el libro el que está fuera de lugar en la tertulia, sino yo.” No he podido olvidar tu gesto, algo dolido, tus disculpas al ponente y esas palabras que ahora suenan premonitorias.
Ya sabes que casi todas las citas ingeniosas se le atribuyen a Churchill, entre ellas aquella de que Rusia era un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. A mi me hubiese gustado que fuese de Shakespeare, y se hubiese referido a la vida, a lo que somos, lo que vemos, lo que ignoramos, los millones de galaxias, los años-luz de distancia, la materia, la antimateria, los sentimientos, quienes somos, de dónde venimos, a dónde vamos... un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma.
Si fuese cierto que aquella tarde de noviembre, veintiún gramos de masa salieron de tu cuerpo, eso que unos llaman alma, otros conciencia, qué se yo... Si fuese cierto que en ese instante se rasga un velo y simplemente te reúnes con los que nos precedieron, tal vez ya sepas cuál es el sentido de todo esto y, estoy seguro, estarás bebiendo una copa con Hernán Cortés o Julio César.
Con afecto.