Goenkale
Escribe Delmas en su Guía histórico-descriptiva del viajero en el Señorío de Vizcaya en 1864: No intente el viajero descubrir en Plencia recuerdos del pasado, porque no los hallará. Ningún edificio de mérito artístico ni histórico conserva en su recinto a excepción del puente, de nueve arcos y 280 metros de longitud... En el rasero de Delmas no entraba la ármonica muestra de arquitectura popular que era el casco antiguo de Plencia. Al menos pudo ver algunos de los edificios que, mal que bien, siguen en pie y guardan la memoria histórica de la villa. Aunque me pregunto hasta cuándo.
He recorrido la calle Somera o Goienkale en una soleada mañana de domingo. El silencio del ambiente me sobrecoge y parece que ha desaparecido la vida. Una luz intensa ilumina un lado de la calle, surgiendo unos edificios de aire cansado y un tanto fantasmagórico y triste de tonos grises y pardos. Los dorados sillares del edificio del antiguo consistorio cobran intensidad con esta dura luz, remarcando los afilados contornos de este austero edificio, imagen del poderío del gobierno municipal, que desde su posición elevada observaba la población, vigilado desde más arriba por la torre del linaje de Múxica y Butrón y la iglesia.
Más sencilla es la traza de las casas que oculta el viejo consistorio en esta suave curva de la calle. La recogida morada del antiguo marino languidece a la sombra del consistorio, y sus puertas y ventanas se han cerrado para siempre. La casa ha perdido carácter, y en su interior nadie volverá a pasear la mirada por los fotograbados de nuestros ya casi difuntos veleros con ojo frío, inquisitivo e indiferente (Joseph Conrad). El equilibrado y humilde carácter imprimido a la arquitectura por aquellas gentes se desvanece aceleradamente trescientos años después. Y con la desaparición de sus casas desaparece, me repito, la memoria de un pueblo de navegantes.

No es mi intención convertir estas líneas en un triste responso, y si inquirir en la medida de mis posibilidades en la diluida memoria de aquellos hombres y sus obras. Me refiero, claro está, a la particular fisionomía de la casa del marino que se consolidó entre el último tercio del siglo XVIII y los albores del siglo XIX.
Como anteriormente decía tras el antiguo consistorio se ocultan unas casas en las que aparece haberse detenido el tiempo y muestran la fatiga en sus agrisadas y ajadas fachadas, Su aire espectral no se presta a regocijos, y susurra la extinta memoria de unos hombres que encontraban cobijo aquí después de largas y duras navegaciones. Me siento apesadumbrado al tener que recurrir únicamente a los antiguos documentos para escrutar su memoria.
En los ajustados solares de esta calle fueron erigiendo sus moradas los antiguos marinos. Solares de hermosos y evocadores nombres como el sitio titulado Naranxal; propiedad de don Juan Bautista de Gorordo del que manifestaba su esposa doña María Ignacia de Urresti el año 1791 hallarse ausente al presente a su navegación. Y a buen seguro que se prolongarían las derrotas que hacía a Bristol, Ruán, Santander, Ferrol, Cartagena y Liorna en el barco de su propiedad llamado San Juan Bautista de sesenta toneladas de porte. Ya que encomendó a su esposa los trámites para la erección de una casa de nueba planta en el citado sitio. El nombre de esa casa - por cierto ya perdido - era Gorordo. Muchos de los materiales empleados en estas construcciones procedían de lugares cercanos; buena parte de la viguería se labraba con piezas del monte comunal de Isuskiza. Fue un tiempo de profundos y humanizadores cambios de la fisonomía urbana, marcados por una proporcionada y armoniosa relación entre espacio, hombre y casa. La coherente actitud sostenida a la hora de hacer habitables estos pequeños espacios urbanos se consolidó como el particular y recatado esteticismo de aquellos hombres.