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No hay pan para tanto chorizo

Enviado por maestresala el Sáb, 21/05/2011 - 23:43

 

Estimados:

 

Esta tarde, movido por la curiosidad, me he acercado hasta la Plaza del Teatro Arriaga. Estaba repleta de gente, mayoritariamente joven, pero no en su totalidad. Mucha gente se detenía a escuchar lo que hablaban a través de una pobre megafonía. Como todos, supongo, llevo unos días oyendo hablar del movimiento "Democracia real ya" o 15-M. Reconozco que arrugaba un tanto el morro cuando lo mencionaban, me parecía una memez de niñatos desocupados y pijos que cuando se aburrieran, regresarían a casa de papá. Como tantos, yo también me he detenido con curiosidad y sorpresa. Lo que decían era coherente, sensato, destilaba sentido común y claridad de ideas. Decían las obviedades que todos pensamos cuando nos topamos con la situación actual de nuestro país, y del mundo en general; no voy a repetirlas; creedme y si no, id mañana a dar una vuelta por allí. No he tenido la sensación del mitin de incondicionales en el que no hay lugar para el pensamiento independiente, todo lo contrario, allí había inteligencia en las palabras, tranquilidad en los comportamientos, educación en el oír, atención a las ideas. Grupitos de asistentes debatían entre ellos lo que se acababa de exponer. Me ha parecido algo emocionante, sorprendente y hermoso, más aún cuando siempre he creído que estábamos aborregados y nuestras mentes estaban inundadas de estupidez. Aún hay esperanza. Esa curiosidad que preveía de unos minutos me ha tenido allí atado durante casi dos horas. Pensaba en el dictamen de la Junta Electoral Central proclamando que aquella sana reunión de unos cuantos cientos de personas que se limitaban a intercambiar ideas sin histrionismo ni malos modos (los que estamos acostumbrados a vivir) era ilegal. Me he dicho que algo va mal en este país si hay una ley que prohiba lo que he visto hoy delante del Arriaga. Algo va muy mal. Decía Tolstoi que no hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que alrededor todos las aceptan. Ojalá no podamos acostumbrarnos a la oscuridad que nos quieren arrojar encima. En las plazas de todo el país hay miles de personas que ya no la aceptan.

Salud

R.


 

Ruegos y preguntas

22.05.2011 - MANUEL ALCÁNTARA

Miles de personas, muchos centenares de miles, tomaron la víspera. El movimiento 15M tiene mando en plaza, no solo en la Puerta del Sol, que es la Plaza Mayor de las Españas, sino en todas las grandes ciudades y en otras pequeñas y más chicas donde el eco se pierde por las bocacalles. El guirigay ha perturbado la reflexión, pero hemos reconocido su razón de ser y de estar indignados. Los descontentos tienen no solo derecho a expresarlo sino obligación. Se han hastiado de los vividores de la política que les impiden vivir, del egoísmo de los financieros, del bipartidismo, del trescientoseurismo y de la madre que parió a los que mangonean la madre patria. El Gobierno puede que esté entre la espada y la pared, pero no puede estar sordo como una tapia.
Después de esta estruendosa víspera vendrán otras y necesitamos silencio para oír entre las voces, alguna que otra. Todos hablamos el mismo idioma cuando estamos callados. Por eso el silencio es la «verdadera lengua universal y de oro», a condición de que no sea impuesta. Se suele decir que «hablando se entiende la gente», pero eso es imposible si hablamos todos a la vez. No le hemos hecho caso a la normativa que imponía recogimiento para reflexionar, o sea, para reflejarnos en nosotros mismos. El peligro mayor es que se rompan los espejos, que como se sabe es cosa que atrae la mala suerte.
La derrota gubernamental tendrá continuación en los números próximos, en vista del éxito conseguido por los acampados, que han ofrecido una lección de civismo. Lo único que han hecho añicos ha sido el silencio. Lo van a necesitar para luego, pero luego es hoy, por la noche. Cada partido querrá sacar algo en limpio, incluso los que practican un juego más sucio, pero nosotros debemos sacar conclusiones. Es urgente que cada uno se reúna con él mismo. Nadie nos puede desalojar de nuestro interior. El problema es que sepamos ser dignos de nuestra indignación.
 

 

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