El caballero del Valle
Desayunaba en mi escaño del templo un gran tazón de café con galletas rotas que me había servido Elías, el fiel camarero. Me había traído, también, un vaso de cítrico por aquello de la salud y, crédulo, no lo había podido rechazar. Leía en el diario las mentiras emparedadas del poder tontalizador pero me detenía en alguna carnaza cultural que era más de mi gusto; sí, esa debilidad de la mariposa en la frente que era nuestro distintivo y nos mantenía vivos. En nuestra esquina, debajo del cuadro del Gargantúa, me asaltó repentinamente el artista de la pajarita conminándome a coger el teléfono de la trastienda: me acerqué el auricular y era Casimiro que me llamaba desde el Valle –intuía– con alguna embajada...
Mientras el café se enfriaba, desde el otro lado de la línea, la voz tenue del Hércules de Cos, hacía rezumar la tristeza a mi interior. Habían visto a don Miguel en el Montuco y no había vuelto a saber de él; no había noticia pues ni siquiera había regresado a los naipes de rutina que tenía de tarde en tarde con don Quirón, Jacinto y el cabo Merino.
Densos nubarrones se colocaron, entonces, en el horizonte y el día nacía estragado, como patas arriba y sin sentido; las obligaciones pasaban a un segundo plano, lo cual significaba que tenía que llamar al apoderado de la oficina comercial en la que trabajaba. Solicité, a mi cuenta, línea a Elías pero infructuosamente pues aquél no había llegado todavía; el ujier, amablemente campechano, aceptó mi excusa y se la trasladaría al amo de mis horas diurnas. Un problema menos entonces. Abandoné medio desayuno sin soltar un penique, y corrí a la estación de la Concordia a tomar el primer tren para la capital cántabra. El broncíneo caballero vigilaba la entrada del café y todos los movimientos de nuestra compañía.
Y la Providencia construyó un tren en quince minutos y le colocó en la vía listo para martillear el trazado hasta tierras cántabras. En un quiosco compré un periódico – absurdamente pienso – aunque nuestro caballero desaparecido no podía haber dejado ningún indicio allí...
El tren repitió su chiflido metálico varias veces antes de desentumecerse y poner en marcha las ruedas latonadas que me conducirían al Valle, paisaje que don Miguel había mamado en su infancia y que había hecho de él lo que soberanamente era: el dulzor en la mirada, nobleza en el corazón y sagacidad en el decir.
Mientras el tiempo corría al ritmo de la intranquilidad, el tren pulverizaba millas y millas que con su tran-tran se acompasaban con mis latidos, los pensamientos pacían en tiempos pasados y también en el bien presente que había durado hasta hoy. Hubiera sido su escudero en otro tiempo, en otro lugar, quién lo sabe, no obstante sólo había conseguido repuntar como rendido admirador; ahora me tocaba salvarlo allá donde estuviera y temía lo peor; la tristeza de su marcha me amargaría el pasar de la vida y lo vivido en nuestros encuentros literarios o las simples apariciones repentinas en las calles de la capital y su sonrisa franca, siempre contemplativa y beatífica.
Casimiro estaría maltrecho en su alma, creación suya como era y sin voluntad para aceptar los malos tragos de la vida todavía. Pues era un mozo recio pero sin inquina. Ya había descrito su padre quién era y quién llegaría a ser y bien que recordaba ahora su comienzo en la gran piedra redonda del mundo:
Nació en Cos; no en la isla que fue patria de Hipócrates, sino en un valle verde y lluvioso, al pie de los montes que indican a los marineros el fin de la Mar Océana, donde sus gestas comienzan desde el mismo momento del parto, cuando, después de recibir el azote que abriría sus pulmones, golpeó a la matrona y la tumbó inconsciente en el suelo.
Fue bautizado con el nombre de Casimiro y su llanto, al recibir el agua bendita, agrietó la imagen del señor Santiago en el retablo de la humilde iglesia de la aldea.
Me recordaba a aquellos héroes que siempre vivían en aquella aldea gallega disfrazada con tantos otros nombres, pero siempre con una puente y una selva; todo galaico y mítico con una sencillez esencial de inspiración clásica que sigue fundando las mil primaveras prometidas por su autor.
Las nubes algodonosas que dejábamos atrás eran bellamente blancas. Las paradas se sucedían pero eran demasiadas para mi cansancio y caí embaucado por el vaivén. El sueño acortó el paisaje de una manera eficaz – su contenido es mejor no revelarlo todavía, no fuera premonitorio – y comprimió el tiempo. La vida con su aliento se detuvo en la estación de la capital cántabra donde me esperaban Casimiro y don Quirón con su sotana negra y su papada de párroco disfrutón. Jacinto conducía el SEAT 1500 gris que les habría dejado don Euristeo, siempre atento a los trabajos de su hijo predilecto. Traían caras tristes y no tenían noticia de su paradero ni traza de dónde buscarlo. Este trabajo de Casimiro no era una prueba, lo significaba todo en el reducido y cerrado mundo del Valle recreado por don Miguel. Un error dejaría nuestra existencia sin fuste y sin fundación.
Ambos me abrazaron, a Jacinto no le conocía y me estrechó la mano como un orgenomesco, juntando el antebrazo. El de Cos era un mozo imponente con la sonrisa del Valle, idéntica a la de su creador.
– Casimiro: ¿les has contado lo de la cueva del collado Carmona? – habló don Quirón.
–La verdad es que creemos que andará por allá. Vine en mi primer trabajo y él lo debe conocer bien –confesó Casimiro.
El cochazo nos llevaba hacia el Valle por la carretera general, la única que había en aquel tiempo. Jacinto conducía sin sobresaltos y a una velocidad moderada aunque la prisa pinzaba mi interior requiriendo más celeridad. Pasamos unas cuantas localidades hasta que divisamos el Pueblo de las Chimeneas, lugar de acceso al Valle donde había nacido don Miguel décadas atrás.
Abandonamos la carretera para enfilar una pista que nos llevaría al collado; la contaminación fabril dotaba de una chapela gris a la población; pasamos, entonces, por al lado de la SAM, imperio de la leche de bovino y primer puntal febril del desarrollo del Valle y sus aledaños, lugar donde Casimiro había atrapado al león del circo Atlas.
–Aquí a la derecha empieza el sendero que debemos tomar –alertó Casimiro con unas dotes orientativas innatas.
No tardamos en toparnos con una cuevecilla que se insinuaba tras unos frondosos escajos. Entre Jacinto y Casimiro los apartaron y pudimos internarnos agachados. Dentro, a la luz de la tea que había encendido Casimiro, se presentó un espectáculo prehistórico en plena era del motor: los
bisontes paleolíticos pintados en el techo gritando UHP (1) tal como don Miguel había escrito en los trabajos de Hércules. Aquí habían aparecido el mauser 98 y la limonka que permitieron apresar a la fiera. La humedad se me metía en la garganta y el olor salobre obturaba la nariz. Casimiro abría el paso con la tea encendida amortiguando el miedo a lo inexplicable que engendra la oscuridad mientras la esperanza de encontrar a don Miguel se convertía también en una fortaleza que nos hacía continuar fuera como fuera.
Tras un buen rato aprecié que la cueva se ensanchaba y ganaba en pendiente. El paso de Casimiro era de legión romana y le pedí un descanso que don Quirón agradeció, aunque parecía que tenía aguante todavía. Jacinto sacó el picado y liamos unos cigarrillos que encendimos con el ZIPPO de Casimiro en mitad de la corriente de aire misterioso del gran pasadizo. La lumbre de
los pitillos iluminaba nuestros rostros.
–No hay ningún indicio que nos hable de don Miguel... –apuntaba don Quirón –por si acaso, he rezado un rosario mientras caminábamos, es lo menos que puedo hacer.
–Tenemos que seguir –nos conminó Casimiro mientras apagaba el pitillo.
Estos territorios imponen, aunque hay cada vez más luz en esta chimenea natural. No sé dónde pararemos pero hay que continuar aprovechando que no hay día ni noche aquí abajo.
Efectivamente tras varias horas de recorrido, la luz tenue y espectral había ido creciendo. Ni que decir que la pendiente se había empinado y debíamos agarrarnos a las rocas, a lo que fuera para no resbalar en las humedades y musgos que alfombraban cada vez más numerosamente el trayecto. Llegamos a una gran bóveda maravillosa y abandonamos la estrechez de la chimenea rocosa. Y también su oscuridad que ahora se había convertido en una luz azul que evocaba la paz y la tranquilidad. Mi corazón palpitó entonces al ritmo de una intuición a la que Casimiro puso voz.
–No quería intranquilizaros pero me huelo que estamos en el Hades – habló poniendo cara de susto. En la formación en mitología griega que recibimos de don Quirón nunca entendía cómo podía ser el Hades o el Tártaro pero aquí lo tenemos. Aquella corriente subterránea puede ser el río Aqueronte. Vayamos a preguntar aquel hombre si ha visto a nuestro Miguel.
Caminamos aproximándonos al sonido del cauce fluvial y con la convicción de que por fin sabríamos el paradero de nuestro amigo, el caballero del Valle. Había allí un anciano raquítico y barbudo vestido con pieles de cabra mal curtidas. Sin duda, era Caronte porque daba la imagen que presentaban todos los libros de Mitología Griega. De cualquier forma, no se explica nadie cómo un personaje tan importante que guardaba las mismísimas puertas del Hades podía ir tan mal vestido; si, por lo menos, llevara un sombrero vistoso que engalanase su imagen, otra cosa sería - un sombrero de ala quizá, con una franja de color pardo o verde. En este último paso para llegar al País de los Muertos, podría haber alguien con más carisma, aunque tal vez era un juicio
aventurado.
– Buenas, ¿qué se les ofrece? –nos interrogó con media sonrisa. ¿No saben que los vivos no pueden acercarse a estos parajes?
–Tenemos una buena razón –tomé la iniciativa inexplicablemente. Buscamos a un caballero trajeado de forma elegante, con verbo fácil y honradez probada. Ha desaparecido y no sabemos nada de él.
–Puede que tenga algo que contarles: hace tres días me abordó un caballero intrigante de voz engolada y no he podido descansar más que a ratos. Ha tratado por todos los medios de pasar el río con un único pretexto: encontrarse con las Musas (2) –nos sorprendió Caronte con aquella revelación.
–¡Eureka! –gritó Casimiro como buen mozo que era.
– Llevo mucho tiempo aquí y creo que sé hacer mi trabajo. Orfeo vino hace una eternidad en busca de su Eurídice y me engañó con la música de su arpa –sensible y sentimental que es uno; finalmente salió mal librado, pobre chaval, mira que desconfiar; además por aquello recibí un rapapolvos de cuidado, directamente del Olimpo, que es como la casa matriz en esto de la
divinidades. De todas formas, creo que actué con misericordia...
–Pero usted no ha dejado pasar a nuestro caballero ¿no? –volvió al ataque Casimiro con ansiedad.
–¡Ni soñarlo! Su último argumento para pasar el río fue que poseía un kopec del año 1853, que le habían dado unos rusos como que querían visitar la Biscay Bay. Supongo que detrás de aquel montículo debe andar descansando. Habrá caído rendido.
–Vaya usted Maestre, le corresponde el placer de descubrirlo –habló don Quirón.
Fui con el corazón en un puño, hipnotizado, claro está, por la luz espectral del Hades.
Efectivamente, sobre una manta de cuadros estaba durmiendo el caballero del Valle cubierto por una amplia capa negra y con su zurrón a su lado. Tumbado a su sabor dormía plácidamente, y por su sonrisa –intuía yo– que las Musas ya estaban haciendo su trabajo.
Chisté al resto confirmando que era bienhallado don Miguel. Todos se acercaron y contemplaron la maravilla tal como los enanos fueron sorprendidos en su morada y pudieron contemplar con placer la juventud y belleza juntas en Blancanieves. Era don Miguel cansado pero a salvo de cualquier peligro. Su sonrisa nos pareció una bendición y teníamos tanto miedo de turbar su sueño que esperamos hasta que despertara pues uno no se despierta todos los días en el Hades delante de la misma choza de Caronte y es capaz de contarlo.
Esperamos un tiempo y nuestro don Miguel comenzó a entrar en la vigilia. Cuando abrió los ojos se emocionó como si le hubiéramos salvado de los mismos tentáculos de Medusa. Nos abrazamos y lo celebramos con una ronda de liados a expensas del almacén de don Miguel que fumó aliviado viéndose reconfortado por nuestra presencia. Tenía todavía una caruca cenicienta.
Nos llevó varias horas salir a la superficie y tomar el SEAT helado por la escarcha nocturna del Valle. A lo lejos, brillaban las luces de las fábricas que nunca descansaban, la civilización que produce noche y día. Para nosotros aquel momento constituía un amanecer sin luz después de haber probado bajo la superficie aquella luz azulada y misteriosa.
Pasamos por el pueblo de su infancia con las ventanillas abiertas mientras él nos indicaba los nombres de todos los lugares que guardaban recuerdos de su infancia. Nos detuvimos en su casa natal: sus padres fallecidos vinieron a su recuerdo y eso le emocionó.
Cuando llegamos a la estación de la capital, el sol ya había mostrado su cara fueguina y alumbraba a todos los hombres sobre la faz de la tierra.
–Don Miguel: espero que me encomiende más trabajos, que estoy muy aburrido aquí en el Valle –comentó Casimiro a su autor.
–Lo intentaré, Casimiro, pero los doce me quedaron redondos sin mucho esfuerzo. Quizá lo intente ahora que me han visitado algunas señoritas envueltas en tul.
–Un abrazo don Miguel y no nos tenga olvidados. A ver cuando jugamos al naipe –manifestó don Quirón con bonhomía de cristiano en alzacuellos. Nos debe una partida con licores y todo...
Subimos al tren tras una larga tanda de abrazos: dejábamos a nuestros amigos del Valle felices de haber recuperado a su creador y amigo. El esfuerzo nos había costado una larga caminata y bastantes angustias que al fin se habían visto recompensadas. Ahora, frente a frente en el vagón de económica, sentía su presencia enorme y la mía como la de un alfeñique sin importancia, exultante de admiración por él. Y allí estaba conversando conmigo con sus enseñanzas de la vida y su voz grave y siempre tranquila.
El metal chirrió y se puso en movimiento mientras lo miraba todo entero frente a mí. Entonces saqué el pañuelo para enjugar unas lágrimas de una forma discreta, pues no sé qué hubiera pensado de mí siendo como era un caballero.
–Ande, Maestre, no se ponga usted tontuco, si ya sabe que mi reino no es de este mundo –sonrió don Miguel, magnánimo y sabio.
El trayecto de vuelta lo pasamos reconfortados por las vituallas que guardaba don Miguel en el zurrón, a saber, un buen trozo de queso picón, una hogaza redonda de pan de pueblo y una bota de vino tinto. Alargamos el deleite hasta que divisamos el Abra a lo lejos, cuando ya estábamos cerca de nuestro destino.
En la estación, paró bruscamente el tren y, tras recoger nuestro exiguo equipaje, salimos al andén y cual no fue nuestra sorpresa cuando vimos un anciano con anteojos y alzacuellos con cara emocionada: era el padre Rementeria que nos esperaba para darnos la bienvenida, sobre todo a don Miguel, pues seguro que don Quirón le había informado de nuestra aventura en el Valle y quería darle su bendición.
– Me alegro de verle con bien, don Miguel, bienvenido –y se abrazaron con calor y emoción largo rato.
También abracé al venerable anciano, que seguía vivo tras aquel relato escabroso ambientado en el mismo Bilbao. Estaba confundido, pero apenas importaba porque habíamos salido del Hades y estábamos de vuelta en el mundo, nuestro mundo.
- Querido don Miguel quizá sea tiempo de que me cuente su último viaje, sentados en su escaño favorito... ¿hace un copilla de anís? – mirando y sonriéndome cómplice don Teodosio.
–¡Cómo no, don Teodosio!
Era el día de San Cosme y San Damián y el milagro se había obrado. El sol centelleaba sobre las vestiduras del broncíneo caballero que sonreía mientras enfilábamos hacia el templo. Don Miguel giró su cabeza y le guiñó un ojo. Entonces, juro que aquél levantó el brazo que sujeta el acta de la Villa, a modo de saludo, mientras inclinaba la cabeza en señal de aquiescencia, como era usual entre caballeros.