Manolo García, un criptograma casi resuelto


España ha sido cuna de grandes editores. Muchos han tenido que sortear escollos como la ausencia de papel en la posguerra o la censura franquista. En las situaciones más adversas siempre han estado allí, con más vocación que voluntad de negocio. A Jaume Vallcorba, José Janés o Javier Pradera no se les rendirá nunca homenaje suficiente ni ocuparán el lugar que merecen en la cultura de nuestro país.

Somos nuestras fobias, envidias, manías y peleas. Somos seres más o menos inteligentes dotados de capacidad de insultar. Alguna vez el insulto se ha cruzado entre las bellas artes y cuando la trifulca alcanza niveles de alta literatura en español es que te llamas Quevedo o Góngora. Hay otros, pero no están al mismo nivel.
En Escritores a la greña, reciente libro de Julián Moreiro, se repasan algunas de las más conocidas greñas de nuestros escritores desde Valle a Bolaño. Un interesante escrutinio de odios literarios de los últimos cien años. No son aquellas barrocas alturas, pero tienen su veneno. Por honrar su 150º aniversario nos detenemos en uno de los más admirados y temidos de los nuestros, Miguel de Unamuno: el más ibérico de nuestros escritores, el más portugués de los castellanos, el más español de los vascos. Nuestro primer “intelectual moderno”, según Juaristi; aquel “terco y coherente”, como le define Egido, o el lúcido viajero por tierras portuguesas de Remesal ha sido el intelectual más admirado, odiado y manipulado del pasado siglo.
Unamuno ni sabía escuchar ni quería. Se sabía por encima de todos, por tanto esperaba que la relación del resto de los humanos con su obra y su persona fuera, primero, de admiración y, después, de respeto. Cuando escribe de Rubén Darío asegura que aún se le “veían las plumas de indio”. El nicaragüense se ofendió y sorprendió, y le contestó con un elogioso artículo escrito con una de sus “plumas”. El escritor vasco no estaba preparado para la ironía y así se lo contó a su conocido Valle-Inclán. La respuesta de Valle no fue simuladora: “Rubén es glotón, bebedor, mujeriego, holgazán, pero posee todas las virtudes del espíritu: es bueno, generoso, sencillo…, en cambio usted almacena todas las virtudes de la carne, es frugal, abstemio, casto. Y tiene todos los vicios del espíritu: es usted soberbio, ególatra, avaro, rencoroso”.
No estaba solo contra Unamuno. Pío Baroja, experto en descalificaciones, decía que las novelas de Unamuno parecían escritas “para molestar al lector” y no soportaba su costumbre de “agarrar a cualquiera por su cuenta, acogotarle, atarle de pies y manos y convertirle en un oyente mudo”. Donde las dan las toman. A Baroja le dieron por muchos frentes, quizá el más agudo fue Josep Pla: “El defecto de Baroja es que es un hombre que juzga y adjetiva, ligeramente: los lanza como los burros los pedos”.
No están en el libro de Moreiro los desencuentros entre Pessoa y Unamuno. Fue esa una callada y humillante relación para Pessoa y sus amigos a los que ni siquiera se dignó en contestar a sus peticiones de colaboración en la revista de aquellos jóvenes vanguardistas tan peculiares de Orpheu. El maestro se conformó con seguir frecuentando a los consagrados Texeira de Pascoaes, Antero u Oliveira Martins, y pasó olímpicamente de conocer a esos jóvenes “pessoanos”. Ese desdén alimentó un resentimiento que tardó en salir a la luz, pero nunca se le olvidó al joven desasosegado que había leído y admirado su libro por Tierras de Portugal y España. El propio Pessoa decía: “¡Cuesta tanto ser sincero cuando se es inteligente! Es como ser honesto cuando se es ambicioso”.
Un maduro Pessoa demostró su desacuerdo con el bilbaíno y su defensa de que los pueblos ibéricos deberían de escribir en castellano y dejar los minoritarios catalán y portugués (Unamuno dixit) para conseguir más público. Respondió Pessoa: “Si se trata de eso prefiero escribir en inglés, que me proporcionará un público más amplio que el castellano. ¿Por qué habría de escribir en castellano? ¿Para que pueda entenderme Unamuno? Es pedir demasiado por tan poco”. Se sabía débil y errado, pero no soportaba la inquisición de la estupidez.
Javier Rioyo

¿De qué color es ahora España? Manet la pinta de rosa y negro en El torero muerto y en Lola de Valencia. Me gustan esos colores. Pero creo que el lío tremendo de España debe pintarse ahora en Technicolor.
¿Cuál es la raíz de este color confuso? Hubo varias decadencias. Una, la pérdida de las colonias. La que vivimos ahora empieza el primer día del Gobierno de Zapatero. Es cuando acaba el entusiasmo.
¿No fue la crisis? Son jodidas, pero he vivido 17.000. Los políticos son desilusionantes desde hace años en Europa, y Zapatero marcó esta desilusión aquí.
¿Sólo él? La sociedad civil se está cargando a España. Y la deserción del Estado, que no hace nada. No hay nadie que vaya a hacer algo en Cataluña. Murió el gran editor Vallcorba y ni dios de Cultura fue al funeral. El embajador francés rindió homenaje a los liberadores de París. El Estado no fue.
Está muy lastimada la autoestima. Es una catástrofe, una profunda degradación. Un mundo fantástico donde todo el mundo hace responsable al otro.
¿Qué nos puede animar? Tienen que cambiar las reglas del juego. Creo en la energía del ciudadano de a pie. Ese personaje abandonado no se arredra. El Gobierno, tan economicista, lo ha arrumbado. Es el país el que me mantiene optimista.
¿Cómo afecta esto a su oficio? Si tuviera veinte años no se me ocurriría ser artista. En la mejor de las hipótesis sería bibliotecario. En la peor, editor. No se me ocurriría vivir en este horrible circo.
¿Por qué es un circo? Es un abandono total. Todo el mundo es artista, todos quieren estar en los museos; todos son fotógrafos con sus móviles. La dispersión es total.
¿Nada que hacer? Esta situación patética la alimenta el Gobierno; aunque no mucho, indudablemente incide. Este era un oficio de parias que sabíamos que íbamos a acabar bajo un puente. Ahora la ambición lleva a algunos a simularse vanguardistas para no ser tachados de cutres.
¿Qué sería para usted un artista? Yo soy un viejo pintor que de joven veía en París a los viejos pintores, que me admitían. En ellos veía cuál iba a ser mi vejez. Cambiaron las reglas del juego.
¿Qué pasa ahora? Los museos están colonizados estúpidamente por artistas sin interés, que creen que son modernos. Eso no ocurre en música o literatura, donde coexisten artistas de todo tipo. Yo hago aún una cosa desagradable: pinto al óleo y huelo a esencia de trementina.
Imagínese ante un lienzo contando este momento de España. ¿Qué figuras le vendrían? Somos un país que representa, completamente enmascarado. Lo he pintado. Para ahora me interesaría el retrato de Dorian Grey; pintar cuidadosamente una escena y luego estamparle un cubo de trementina para destruirlo.
Imagínese en medio de un naufragio. Grite lo que quiera. ¡A ver cuándo coño me van a dar el Premio Velázquez...! Y no rechazarlo, claro; los que lo rechazan, por cierto, son los más subvencionados... Empezaron dándoselo a Gaya, a Tàpies, a Palazuelos, a Juan Soriano, a Antonio López, a Luis Gordillo. Y luego empezaron a dárselo a ilustres desconocidos, hasta llegar a Esther Ferrer, a la que respeto y que está bastante bien...
¿Lo merece? Pues sí, lo merezco. Dos lo merecen más que yo: Rafael Canogar y Darío Villalba, pero desgraciadamente para ellos pertenecen a esa cofradía estúpida y miserable que pinta y a la que yo también pertenezco. Ellos que pintan, como yo, pero no saben que no pintamos nada. Y esta es la historia que me gustaría gritar.
Juan Cruz

Te cortan los brazos y las piernas, te trasplantan el hígado, el corazón y los riñones, aunque te desguacen todo entero, mientras no te toquen ese punto del cerebro donde radica la conciencia seguirás siendo tú y no otro. El cerebro es una masa gelatinosa con un peso aproximado de kilo y medio; está protegido por un casco y opera como centro de control del resto del cuerpo, que a su vez solo es un mecanismo articulado para sacar a pasear al cerebro hacia donde decida su deseo, al trabajo, al fútbol, a la iglesia, al baile. Hasta ahora el cerebro no ha tenido rival. Ni el corazón ni el sexo, cuyo prestigio es innegable, han conseguido disputarle la hegemonía, puesto que en su masa encefálica residen el pensamiento, la memoria, las emociones y el lenguaje. Así ha sido, al menos, desde el tiempo de los primates, pero al viejo cerebro de toda la vida hoy le ha salido un competidor, un cerebro nuevo que ya no es carbónico sino metálico, que los humanos suelen llevar en el bolsillo, aunque ya se ha convertido en carne de su carne. Este cerebro es cada día más complejo, con un pensamiento propio, unas emociones peculiares, un lenguaje distinto, una imborrable memoria. Las órdenes que el cuerpo recibe mediante impulsos electrónicos parten ahora desde el bolsillo. El iPhone es el nuevo centro de mando que obliga al viejo cerebro a pensar, sentir y comunicarse según los nuevos instintos informáticos. Lo que antes se llamaba el yo, ahora se llama el pin. Solo que antes el yo residía en el fondo de la conciencia introspectiva y ahora el pin está manipulado a distancia por fuerzas que ya no controlas. Hoy te pueden desguazar el cuerpo por completo y mientras no te toquen el iPhone serás tu y no otro, pero en este caso tendrán que dejarte al menos dos dedos para pulsar el teclado.
Manuel Vicent

Me lo cedió mi tío Heliodoro y me lo recomendó de un modo muy expresivo, diciéndome:

El humanista, filósofo y académico Emilio Lledó, gran defensor del libro, el lenguaje, la enseñanza de las humanidades y la memoria, ha recibido hoy el Premio Nacional de las Letras 2014 por haber aunado en su obra la investigación filosófica y la literatura.
El premio, que concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, es el más importante de los que se conceden en España tras el Cervantes y está dotado con 40.000 euros.
Háblame de tu infancia.