Los tirantes de don Manuel

En los viejos tiempos, la música formaba parte de los momentos de asueto de la gente sencilla. El piar de los pájaros en las tardes de verano al volver del trabajo; el canto de las niñas jugando a la comba en la hora del recreo o el mugir estropajoso de los borrachos las noches de los sábados estaban relacionados con la alegría de vivir y de compartir la vida con familiares y amigos.

Un pasado

—A mí me pones un sándwich vegetal sin mayonesa, con salsa de yogurt, ya sabes. Y una coca zero.- Pidió como siempre, sin respirar, sin mirar a la cara a Toño, el dueño del Palas. Y como siempre, éste se mordió una media sonrisa.

—Adela, déjate de vegetales y pide el especial de pollo que está mucho mejor.- Teresa no perdía ocasión de dejar en evidencia a su vecina. Toño detuvo en seco la comanda y dirigió una mirada curiosa a Adela.

συγχώρεση

Habían transcurrido ya más de tres meses desde el robo —un tiempo durante el que la tristeza se había amortiguado tanto como su vergüenza aumentado—, cuando Matías recibió una extraña carta. Estuvo varios días con ella oculta entre los pliegues de su sotana, temeroso de que alguien pudiera verla, sin atreverse él mismo a abrirla. Había algo misterioso, algo que le decía que su obligación era quemarla y olvidarse de todo de una vez. Olvidarse de Constantinopla, del Emperador y de sus fantasías infantiles.