
«Necesitamos héroes anónimos, esas gentes humildes, sensatas y bienintencionadas cuyo sacrificio hace posible que las cosas avancen». Palabra de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), Nobel de literatura, académico y narrador de fuste que regresa con su nueva novela a su Perú natal. Vuelve feliz, satisfecho y henchido de confianza tras años de mirar con dolor y desesperanza a su país. 'El héroe discreto' (Alfaguara) es un homenaje al arrojo de esa gente sencilla y noble capaz de enfrentarse sin esperar recompensa a los abusos del poder, a los embates de la violencia y de la corrupción y mantener la integridad sin afán de protagonismo. Es un elogio literario a un Perú que afronta el futuro confiado y que dejó de lado el nacionalismo al que Vargas Llosa tiene por «un terrible cáncer, como la corrupción» y al que insta a combatir «con energía y cultura».
Vargas Llosa cierra un bucle con esta novela, la primera tras ganar el Nobel y tres años después de 'El sueño del celta'. Regresa a Piura, la ciudad de su infancia, y recupera el tono humorístico de novelas como 'Pantaleón y las visitadoras' y 'La tía Julia y el escribidor'. También a algunos personajes bien conocidos por sus lectores, como don Rigoberto, doña Lucrecia, Fonchito y el sargento Lituma, todos moviéndose ahora en el próspero Perú que emergió tras la dictadora de Fujimori. «Por lo general olvido a los personajes al acabar cada novela, pero unos cuantos se quedan ahí y me recriminan que su historia no ha acabado, que tienen más cosas que decir y que no lo he aprovechado», dijo ayer el escritor peruano-español en una presentación multitudinaria en la que fue recibido y despedido con aplausos.
'El héroe discreto' relata la peripecia de dos peruanos de hoy que echan un pulso a la realidad en defensa de sus principios y su amenazada integridad. Uno es el ordenado y entrañable Felícito Yanaqué, pequeño empresario que se niega a ser extorsionado por la mafia, que «planta cara al chantaje, no se deja manipular por delincuentes ni se convierte en delincuente por miedo». El otro Ismael Carrera, exitoso hombre de negocios, que desafía las convenciones y urde una sorpresiva venganza contra sus dos hijos holgazanes y apodados 'las hienas', que querrían verlo muerto. Ambos están por encima de las mezquindades de su entorno y «se proponen vivir según sus ideales y sus deseos», algo «realmente heroico», según su creador. «Los personas decentes son la reserva moral de un país, y cuando el país pierde esa reserva entra en bancarrota aunque las cifras económicas digan que progresa», sostiene Vargas Llosa.
Morir escribiendo
Su percepción, su mirada y su discurso sobre Perú han cambiado radicalmente. Destila ahora confianza en un país que aspiró a presidir y del que salió hace más de medio siglo. «La democracia parece consolidarse, hay consenso sobre los grandes asuntos, en especial, en la apertura económica, que ha permitido, a pesar de la desigualdad, un progreso desconocido en Perú», se felicita.
A Vargas Llosa le va la vida, literalmente, en la escritura. «Escribir me mantiene vivo, activo e ilusionado», reconoce. «Hay que afrontar la vida como si la muerte no existiera, sin perder el entusiasmo y las ilusiones». «Me gustaría morir escribiendo; hay que vivir hasta el final, no rendirse nunca, no apagarse. Es la literatura lo que me ha permitido vivir joven», dijo bajo la atenta mirada de su esposa, Patricia Llosa.
Miguel Lorenci