Primo Levi y su memoria atormentada

Enviado por maestresala el Lun, 30/07/2012 - 10:27

 

Antes que cualquier otra cosa, Primo Levi fue un lector. Apasionado, fiel, constante, omnívoro. Desde muy pequeño, en los libros de otros encontró el mundo verdadero: aquel de las grandes aventuras, los paisajes imposibles, la inacabable lucha del bien contra el mal. Durante su juventud encontró en la lectura un refugio, cierto asidero para alguien cuya serenidad era igual de grande que su curiosidad. En los libros de ciencia el joven Levi fue localizando “la clave del universo”. Por eso se matriculó en la universidad de su natal Turín para estudiar química. Corrían los últimos años de la tercera década del siglo XX y en Italia aún se respiraba el entusiasmo por la ciencia que habían provocado insólitos personajes como Emilio Segrè o Enrico Fermi. Pero también eran los años de ascendencia del gobierno fascista de Benito Mussolini; malos augurios para Levi, miembro de la comunidad judía asentada en Turín. Por eso en el título universitario del químico Primo Levi de 22 años de edad obtenido con honores y por unanimidad, aparece una leyenda a manera de advertencia: Raza judía. “Se trataba de un documento con doble significado”, recuerda Levi, “mitad gloria, mitad escarnio, medio absolución y medio condena”. Aun en esas condiciones Levi encuentra trabajo por unos meses en una industria químico-farmacéutica cercana a la ciudad de Milán, hasta ceder a la invencible voluntad de cambiar el mundo. Se suma a la guerrilla con la mala suerte de que pocos meses después es capturado en una emboscada, en los últimos días de 1943. Así es como Levi llega a un campo de concentración ubicado en Fossoli –cerca de la pequeña ciudad de Carpi, siempre en el norte italiano–, que servía como estación de paso, apenas una pequeña tregua antes del inminente exterminio en otra cárcel, alemana o polaca. A finales de enero de 1944, junto con otros cientos de prisioneros judíos, es trasladado a Auschwitz. De aquellos compañeros de Levi, solamente 20 regresarán a casa.

Otra vez Turín

Si los libros habían sido para Primo Levi la compañía más entrañable, si la ciencia representaba el mejor de los observatorios para alguien que siempre prefirió que cada uno de sus actos “fueran inspirados por la razón”, si la química siempre le ofreció “el porqué de las cosas”, no sorprende constatar que durante sus años de prisionero fueron la literatura y la ciencia su tabla de salvación más firme. En Auschwitz nació lenta, dolorosamente, un escritor por necesidad vital. Penosamente su cuerpo resiste los trabajos forzados, hasta que se daña el pie izquierdo. Azarosamente, atienden su herida. Afortunadamente alguien distingue en Levi una pericia en ciertas labores de mayor relevancia y lo asignan a trabajar en un improvisado laboratorio químico dentro del campo de concentración. Con relativa mayor calma, observa el mundo alrededor, toma apuntes mentales, vigila, escucha, registra. Es un testigo con relativos privilegios dentro del infierno. Cada minuto vivido en aquel impensable lugar de exterminio habrá de multiplicarse por mil en su memoria. En enero de 1945 Primo Levi cae enfermo de escarlatina. Cuando comienza a imaginar que no resistirá mucho tiempo más, el ejército soviético llega a Auschwitz para liberar los despojos restantes, luego de que los propios alemanes habían ido abandonando el sitio paulatinamente. ¿Qué tan afortunado es Levi por haber sobrevivido? Sale de allá transformado, desde luego. Todavía más necesitado de la literatura y de la ciencia, pero entristecido, atormentado por la convicción de que “no habían sobrevivido los mejores”. Inicia un viaje tan extenso como accidentado de regreso a Turín, a la casa exacta donde había nacido y donde habría de morir, a la normalidad. Mientras la Segunda Guerra Mundial está por finalizar, Primo Levi cruza las repúblicas soviéticas, Rumania, Austria. Está de regreso en la región del Piamonte italiano, vuelve a Turín, una ciudad inaprensible y compleja, efervescente en muchos ámbitos: desde la industria automotriz, con la Fiat, hasta las empresas editoriales, que con el paso de los años habrán de originar una de las ferias internacionales del libro de mayor reconocimiento europeo. Aquella misma ciudad que lo mismo resguarda el autorretrato de Leonardo da Vinci o la llamada “Sábana Santa” –y que voluntariamente alimenta los misterios a su alrededor, a partir de una peculiar fama como “la ciudad favorita de Nostradamus”– al mismo tiempo que alberga la mayor colección de momias y elementos de la cultura egipcia fuera de las fronteras de Egipto, se convertirá durante la segunda mitad del siglo pasado en el lugar de escritura de autores fundamentales, como: Italo Calvino, Cesare Pavese o Natalia Ginzburg, muchas veces azuzados por Norberto Bobbio, forjadores de una empresa cultural mayúscula, como lo fue la editorial Einaudi.

Si esto es un hombre

En aquel Turín es donde Primo Levi intenta regresar a la vida diaria después de Auschwitz. La sobrevivencia se torna más difícil que dentro del campo de concentración. Otra vez la ciencia –y otra vez la literatura– como paradójica estrategia de fuga y también de encuentro: encuentra un trabajo en la industria química, en una empresa fabricante de pinturas donde trabajará empeñosa, imparablemente, hasta conseguir que lo nombren administrador general de la fábrica, hasta acumular los años suficientes para jubilarse. Antes que cualquier cosa, Levi es un lector, pero también un científico. Piensa: “si comprender es imposible, conocer es necesario”; siente la obligación de narrar lo vivido en Auschwitz, la necesidad de nombrar las imágenes que se agolpan en su memoria, así que va robando tiempo a las labores cotidianas para comenzar a esbozar una novela que ofrezca un testimonio de sus noches y días en Auschwitz. Por aquel entonces se casa con Lucia Morpurgo, quien lo sobrevivirá por 22 años. La suma de aquel eufórico desahogo, la consecuencia de ese compromiso, es una novela testimonial que titula: Si esto es un hombre, un experimento literario sobre la naturaleza de los recuerdos, velados y visibles, acaso lejanos, dulces y también tristes. Después de que Einaudi publica Si esto es un hombre en 1958, casi de inmediato se traduce al inglés, francés y alemán, dota de cierta notoriedad a su autor, que no para de escribir, siempre mezclando los razonamientos de la ficción con la imaginación científica, y viceversa, transmitiendo cierta preocupación por la influencia de la tecnología en la construcción de las sociedades. Consigue la aprobación de Italo Calvino: “Tus cuentos de ciencia ficción, o mejor dicho, los de biología ficción siempre me atraen. Este mecanismo fantástico que se desencadena a partir de un dato científico-genético, tiene un poder de sugestión intelectual y también poético”. Philip Roth, quien acaba de ser nombrado Premio Príncipe de Asturias, ha llegado a decir que “Si esto es un hombre es uno de los libros verdaderamente necesarios de este siglo”.

Desde una ventana en un tercer piso

Los recuerdos y aquella misma serenidad con la que pudo soportar el horror de Auschwitz están siempre presentes en la obra de Primo Levi, que describe el universo a partir de la mirada de un científico. Otro químico y escritor, Roald Hoffmann, ha dicho: “La química es la ciencia de las moléculas y sus transformaciones. Es la ciencia no tanto de los cerca de 100 elementos químicos, sino de la infinita variedad de moléculas que podemos construir a partir de ellos”. De esa misma manera Levi construyó con exactitud un relato de la variedad humana que se origina de las transformaciones sin fin. Él mismo encontraba en su persona una encarnación de esa serie de combinaciones: “mitad químico mitad escritor, mitad testigo mitad narrador, mitad judío mitad italiano”. Es probable que al final haya vencido su memoria atormentada. No nos está permitido comprender, apenas conocer que una mañana clarísima de primavera, el 11 de abril de 1987, minutos después de haber recibido el correo y haber despachado al portero con un lacónico agradecimiento, Primo Levi encontró la muerte lanzándose desde el tercer piso de su domicilio en el barrio de la Crocetta [Corso Re Umberto 75], donde había transcurrido casi toda su existencia. Salvo aquellos días en Auschwitz.

 

JUAN NEPOTE

 

[Desde Turín]