El insulto es un ataque, un asalto, una demolición de la fama o del honor de la víctima del agravio verbal. Creo haber leído (en una novela de ciencia ficción de los 90) que la fama es todo aquello que los demás saben o creen saber de ti mismo, mientras que el honor es aquello que tú no puedes ignorar de ti mismo. Parecería pues que un insulto puede ensuciar la fama de un ser humano, pero para enturbiar su honor, hace falta dar en la diana y abrirle los ojos a una evidencia desconocida. Ser tratado con respeto pone a salvo, de todas formas, tu fama; en cuanto al honor, tú sabes si lo posees o lo has perdido.
Uno está sumergido en la sensación desalentadora de que, últimamente, todos nos hemos perdido mutuamente el respeto; sin embargo las injurias son cosa de toda la vida y de todos los tiempos, sobre todo durante la niñez, en la que van curtiendo nuestra delicada piel, hasta convertirla en un recio y calloso caparazón. Yo tuve que lidiar toda mi infancia con Cuatrojos, Cegato, Rompetechos y Gafotas. Los niños se insultan con una ferocidad y una puntería desconcertantes y no estoy hablando del acoso, sino del pan nuestro de cada día. Estoy seguro de que los docentes en activo tratan de sofocar diariamente varios fuegos cruzados de insultos en las aulas, pasillos y zonas deportivas o recreativas de cualquier centro de enseñanza.
Tengo la imprecisa teoría de que el insulto nos da más detalles acerca de la persona que lo profiere que de la que lo recibe. Y esta certeza difusa me llevaba, en el desempeño docente, a tratar de atajar las acometidas verbales tratando de explicar qué nos decían acerca del talante del agresor. Por ejemplo una de mis alumnas llevaba el nada antiestético nombre de Rebeca y sus escarnecedores aprovechaban que estaba un tanto entradita en carnes, para llamarla Revaca, muestra soberbia de destreza en la crueldad. En estos casos, sancionar sirve de muy poco y mi intervención tendía a brindar la idea de que si te metes con una persona porque tiene una masa corporal algo generosa, tal vez el problema es tuyo, al ser incapaz de aceptar a los demás tal como se te muestran y eso te llevará, tarde o temprano, a la marginación, a la carencia de amigos y, por supuesto, a la infelicidad, ya que acabarás no aceptándote a ti mismo.
- ¿Y colaba?
– A veces.
Pedancio: a los botarates
que te ayudan en tus obras
no los mimes ni los trates:
Tú te bastas y te sobras
para escribir disparates.