Durante un tiempo fui editor de revistas y libros, y uno de los primeros títulos que publiqué fue Quince años, que ahora reaparece felizmente en Tusquets. en aquella época, yo había enviado mi candidatura a una escueta oferta de empleo que apareció en el El Correo: Se busca director de revista cultural. En la consultoría de recursos humanos recogieron mi currículum y me sometieron a un largo test. Más tarde me convocaron a una entrevista en el Ayuntamiento de Bilbao. Se trataba de la revista Perǵola, que había dirigido German Yanke. Compré ropa buena para la ocasión. Me dieron — tal vez por la carísima gabardina —, y en poco tiempo debía salir el primer número. Contraté a los colaboradores que me parecieron adecuados para cada sección, procurando que escribieran de literatura los escritores, de arte los artistas, de música los músicos, y que también colaborasen poetas, fotógrafos, historiadores, aritculistas. Intenté que la ya prestigiosa revista fuera más airosa, menos académica, y así se me ocurrió entregar a los lectores un libro con cada numero. El primero fue Quince años.
Conocía a Ramiro Pinilla de un homenaje que le hicimos en la sociedad El Sitio, y también, naturalmente, había leído sus libros. En alguna ocasió lo visité en su cada, Walden, y me pareció adivinar tras su timidez y prevención cierta tendencia a los sentimientos fuertes. Era un fingido cascarrabias, de esos que despliegan su amistad o su antipatía casi de sopetón. Como todo el mundo sabe, Pinilla había ganado el premio Nadal con Las ciegas hormigas, había sido finalista del Planeta con Seno, y también mereció con El salto un efímero premio de novela en Bilbao, pero de eso había pasado ya mucho tiempo. Era por entonces un autor injustamente olvidado, como repetía Rafael Conte. Pinilla siempre había desconfiado de los editores, aunque en aquella época había abandonado ya su heroico intento de vender libros en la calle, a precio de coste, con el sello Libro Pueblo, la editorial que fundó con su amigo José Javier Rapha Bilbao. Pero cuantos más libros vendían, maś dinero perdían: eran víctimas de una versión inexorable de la ley de los rendimientos marginales decrecientes; el torvo capitalismo arruinaba las mejores intenciones..
Así que cuando le hablé de la revista y de contratarle el libro, Ramiro se puso en guardia, pero lo cierto es que tenía escrita una novela corta, Quince años, que encajaba a la perfección en mi proyecto. Narraba la historia de un maestro devastado por la guerra y de un alumno despierto y sensible, lisiado, al que apadrina como última esperanza. Ahora tenía que convencerle, pensé. Al final acordamos que le pagaría cierta cantidad de dinero al margen de que vendieramos muchos o pocos ejemplares, y quiero pensar que, sobre todo, confió en mí. La idea era bien sencilla: novela y revista se complementarían, se darían prestigio la una a la otra. Fueron bien recibidas, y todo fue bien mientras duró.
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Al fin habían hecho justicia al escritor con la mayor confianza en sí mismo que he conocido. Y aunque creo que en el fondo le importaba poco la opinión de los demás, posiblemente disfrutó del éxito que finalmente obtuvo. Practicaba la humildad, pero también el tesón, y habría seguido escribiendo con el mismo empeño y la misma confianza aunque no le hubiera llegado el éxito.
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La vida de Ramiro Pinilla fue una verdadera novela ejemplar sobre la voluntad recompensada.
Prólogo de Quince años Miguel González San Martín