Paul Valéry, el poeta inteligente

Enviado por maestresala el Mié, 03/11/2021 - 16:03

Valery

No es que la inteligencia sea un bien escaso entre los poetas sino que no es un don que suela destacarse cuando se habla de este gremio. A los poetas se les  suelen atribuir otros dones que se suponen más aptos para su oficio: la emotividad, fuerza metafórica, dominio de la métrica, excelencia en el estilo, inspiración... El caso de Paul Valéry es muy singular precisamente porque es la inteligencia su ineludible atributo. De hecho, ese es también uno de los tradicionales reproches que se le ha hecho a su obra más conocida., El cementerio marino: la frialdad. Se dice de ese poema que es perfecto, magistral, incluso genial, pero también excesaivamente cerebral, intelectual, glacial. El propio texto explicativo que precede a la célebre composición y en el que el hombre que naciṕo en Sète hace hoy 150 años expone el supuesto método que siguió para elaborarla ha suscitado en la crítica la misma pregunta que El cuervo de Edgar Alan Poe :¿lo pensó después de haber redactado el poema,  en cuyo caso estaríamos ante un a interpretación de este a posteriori, intelectualizada y no exenta de cierta impostura o, en efecto, responde al esquemático y metódico guión previo, que nos muestra a modo de confesión y que reforzaría la tesis de la gelidez?
Cabe una tercera posibilidad, una verdad intermedia, y es que no fuera ni una creación intuitiva y espontánea ni todo lo pensada y lógica que el poeta nos quiso hacer creer. Como existe una valoración de esa polémica obra que no presenta la premeditación y la sofisticación técnicas como opuestas a la calidez y a la fiebre creativas. Estaríamos, de ser así, ante un caso comparable al del talento musical de Bach en La Pasión según San Mateo, en el que la virtuosa perfección estructural no excluye ni la intensidad lírica ni la conmovedora belleza, ni la emoción sobrecogedora.
El de inteligente no es un elogio que se suela limitar a la producción literaria en el caso de Paul Valéry. Es un piropo que le han dedicado en el terreno de lo personal todos aquellos que le conocieron y de manera llamativa todos los autores de diarios de su época. Es el caso de Paul Léautaud, que lo trató en su juventud y en una época  en la que Valéry frecuentaba la revista literaria Le Mercure de France. Léautaud valoraba con veneración su mente helada y prodigiosa, tanto como aborrecía sus versos po ese mismo motivo hasta el punto de llegar a afirmar : la poesía de Valéry, para empezar,  es todo lo opuesto a la poesía, fría y estéril, puro juego de silabas, oscura, tal parecería que adrede, semejante a un cristal bien tallado y frío. Es más que posible  que en esa desproporción entre la admiración por el intelecto y la aversión hacia su labor poética influyera el distanciamiento que se produjo entre ambos a partir del ingreso de Valéry en la Academia Francesa. En cambio, André Gide, que alcanzó en vida más reconocimiento que Léautaud, no dejó en su Diario más que frases elogiosas hacia Valéry, ante cuya lucidez dice quedarse paralizado como ante los faros de un coche.

Iñaki Ezkerra

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