
SOBRE LOS BANQUETES Y HOMENAJES
Sentía profunda aversión por estas manifestaciones tan entusiastas y tan frecuentes. Pensaba que en el fondo era un manera, acaso subconsciente, de ir enterrrando, poco a poco, los verdaderos valores. Que siempre sería preferible seguir trabajando en silencio en lugar de dormirse bajo la losa de los elogios, que suelen ser tributados por personas que a veces ni conocían la obra que celebraban...
Que, por otra parte, es muy grave pensar que se había llegado, ni aún aproximadamente a la cumbre, porque entonces es cuando no se llegará más a realizar nada que tenga valor.
DE LAS RECITADORAS Y RECITADORES EN GENERAL
No los podía aguantar. Y eĺ, que tanta bondad como talento demostró siempre procuró ver si había medio posible de que se les prohibiera las recitaciones de sus versos. Desgraciadamente no pudo lograrlo.
Pero también le daba lástima perjudicarlos en sus intereses materiales, por lo que al fin acababa resignándose.
Ahora bien, cuando la radio anunciaba que en aquel momento se iba a leer alguna composición suya, cortaba inmediatamente el receptor. Y como todo en eĺ era razonado, decía que como los versos estaban hechos para ser leídos, se atropellaba a la poesía haciéndola víctima de recitaciones más o menos declamatorias. Además, que era frecuente oír las poesías fuera de su órbita al quererlas forzar, sacándolas del ambiente espiritual del autor. Por eso le desagradaba tanto. Y cuando alguna persona allegada a la recitación o al recitador le iba a invitar para que fuese a escuchar estos recitales, por no decirles todo lo malo que pensaba sobre éstos, les decía: No puedo ir, porque me emocionaría demasiado, y no ando muy bien de salud.
SIEMPRE AFEITADO
Nunca usó bigote, patillas ni barba. Se afeitó siempre, porque no le agradaba llevar pelos en la cara. Así, sus facciones se mostraban libres de toda caracterización. Y hay que tener en cuenta que en la época de su juventud se usaban con furor los bigotes y las barbas más espesas. No aceptó, en modo alguno, estas modas. Prefirió la usada por cómicos, toreros y curas. Toda la vida se mostró tal cual era. El tiempo ha acabado dándole la razón. Pero ha sido más bien para disimular los estragos de los años.
SU AFICIÓN AL TABACO
Fue toda su vida un fumador incorregible. Pero los cigarrillos los dejaba, en general, apenas empezados. En los últimos tiempos de la guerra los apuraba mucho más. Y en los días en que no había tabaco, buscaba con avidez sus propios cigarros empezados para acabarlos.
En Valencia llegó hasta fumar hierbas aromáticas, que como sustitutivo se pusieron a la venta. El tabaco le era tan esencial cuando trabajaba que, apenas tiraba un cigarrillo ya estaba encendiendo otro,no obstante saber lo mucho que le perjudicaba a la salud.Sin embargo, cuando su mujer cayó enferma, este fumador empedernido no vaciló un minuto en dejar de fumar en absoluto.
SU AFICIÓN AL CAFÉ
Su afición a tomar café era extraordinaria. Había días que se tomaba de ocho a díez tazas. Todas las noches había que dejarle sobre su mesa de trabajo una taza de café, con que cerraba ya definitivamente, la interminable serie de las tomadas durante el día. En cambio, nunca fue muy aficionado al té.
COMO BUEN ANDALUZ
Era goloso - como buen andaluz - pero esta afición fue siempre superada por su marcada predilección por las frutas. ¡Oh, el aroma delicioso, la frescura y el encanto de sus colores!
EL TRAJE
Ya conoceis mi torpe aliño indumentario dice su retrato.
Forma parte de su leyenda que no se preocupaba ni poco ni mucho de su vestimenta. Pero en el fondo era porque tenía más alta idea de la elegancia de lo que se puedan suponer los que blasonan de ella. Y como él decía : yo no visto bien, porque no puedo. Y no pudiendo ir completamente con todo nuevo y de la mejor calidad, prefiero no darle demasiada importancia. Porque siempre me pasará aquello de que: "ahora que tengo chaleco me falta la americana".
De modo que en en lo que no se puede alcanzar la ttotal perfección, hay que dejarlo :"César o nada"
Qué suyo y cuán de acuerdo con su manera de pensar y de hacer, hasta en esto de que jamás se preocupó.
Por lo demás, lo único que exigía en sus trajes es que fueran muy amplios y nada ratoneros, como él llamaba a los muy entalladitos y provincianos. Lo de que fueran amplios se comprende muy bien, dado que siempre llevaba los bolsillos reventados de libros y papeles. Lo de provincianos, jamás pudieron parecerle llevados por él, que en todo momento tenía aire señorial.
De que las solapas de sus americanas estuvieran casi de continuo llenas de ceniza, motivo de constante preocupación de nuestra buena madre que andaba tras él cepillo en mano, daba la explicación siguiente: "Como estoy grueso y me inclino para escribir lo primero que encuentra la ceniza del cigarro al caer son las solapas y una de dos: o le quitáis las solapas a la americana o, necesariamente, tiene que mancharse".
En cuanto a sus botas, eran efectivamente como alguien ha hecho resaltat, mu y grandes y, por lo tanto, algo deformadas; pero esto estaba motivado porque padecía mucho de los pies y necesitaba usar un calzado amplio y suave.
Cuando se le decía que chocaba la excesiva magnitud de sus botas, contestaba: "Hay en el mundo dos clases de personas: las que miran a la cara y las que miran a las botas".
Ultimas soledades del poeta Machado José Machado