
A Narcisse Ancelle
París, 30 de junio 1845
Cuando la señorita Jeanne Lemer le envíe esta carta, yo estaré muerto. Ella lo ignora. Usted conoce mi testamento. Salvo la porción reservada a mi madre, la señorita Lemer debe heredar cuanto yo dejare, después de que haya usted pagado algunas deudas cuya lista compaña a esta carta.
Muero en una horrible inquietud; recuerde nuestra conversación de ayer. Deseo, quiero, que mis últimas voluntades sean estrictamente ejecutadas. Dos personas pueden objetar mi testamento; mi madre y mi hermano, y sólo pueden atacarlo bajo pretexto de alienación mental. Mi suicidio, unido a los desórdenes diversos de mi vida, no puede servirles para negar a la señorita Lemer aquello que le quiero dejar. Es necesario entonces que le explique mi suicidio y mi conducta con respecto a la señorita Lemer, de tal suerte que esta carta dirigida a usted, que usted tendrá el cuidado de leerle, pueda servir para su defensa en caso de que mi testamento sea atacado por las personas antes nombradas.
Me mato sin pena. No apruebo ninguna de esas perturbaciones que los hombres llaman pena. Nada ha sido más fácil que dominar esas cosas. Me mato porque no puedo vivir más, porque la fatiga de dormir y la fatiga de despertar me son insoportables. Me mato porque soy inútil para los otros y peligroso para mí mismo. Me mato porque me creo inmortal, y espero serlo. En el momento de escribir estas líneas estoy tan lúcido que aún soy capaz de escribir algunas notas para el señor Théodore de Banville, y tengo toda la fuerza necesaria para ocuparme de mis manuscritos.
Doy y lego todo lo que poseo a la señorita Lemer, incluso mi pequeño mobiliario y mi retrato, porque ella es el único ser en quien he encontrado algún reposo. ¿Alguien puede culparme de querer pagar las raras alegrías que he encontrado en este mundo terrible?
Conozco poco a mi hermano; no ha vivido en mí ni conmigo; no tiene necesidad de mí.
Mi madre, que tan a menudo y siempre involuntariamente ha envenenado mi vida, tampoco tiene necesidad de este dinero. Ella tiene a su marido; ella posee un ser humano, una afecto, una amistad.
Yo no tengo más que a Jeanne Lemer. Sólo en ella he encontrado reposo y no puedo soportar la idea de que se la quiera desposeer de aquello que le doy, con el pretexto de que mi razón no está sana. Usted me ha oído hablar estos días. ¿Estaba yo loco?
Si supiera que rogándole a mi propia madre, y exponiéndole la profunda humillación de mi espíritu, pudiera obtener que no impida mis últimas voluntades, lo haría inmediatamente: tan seguro estoy de que, siendo mujer, me comprende mejor que cualquier otro, y de que sólo ella podría quizá apartar a mi hermano de una oposición no inteligente.
Jeanne Lemer es es la única mujer que he amado. No tiene nada. Y sólo porque es usted, señor Ancelle, uno de los escasos hombres que he encontrado dotado de un espíritu dulce y elevado, le encargo mis últimas instrucciones acerca de ella.
Léaselas aquí. Que ella conozca los motivos de este legado, y su defensa, en caso de que mis últimas disposiciones sean rebatidas. Haga usted, hombre prudente, que comprenda el valor y la importancia de una suma cualquiera de dinero. Intente encontrar alguna idea razonable de la que ella pueda sacar provecho, y que vuelva útiles mis supremas intenciones. Guíela, aconséjela. Osaría decirle: ámela, al menos por mí. Muéstrele mi espantoso ejemplo, y cómo el desorden de espíritu y de vida conduce a una desesperanzada oscuridad o a un aniquilamiento completo. ¡Razón y utilidad! ¡Se lo suplico!
Cree usted realmente que este testamento puede ser impugnado, que pueda serme arrebatado el derecho de hacer una acción verdaderamente buena y razonable antes de morir?
Usted ve bien ahora que este testamento no es una fanfarronada ni un desafío a las ideas sociales y familiares sino simplemente la expresión de aquello que queda en mí de humanidad, de amor y de sincero deseo de servir a una criatura que ha sido a veces mi alegría y mi reposo.
¡Adiós! Léale esto. Creo en su lealtad y sé que usted sabrá mantenerla.
Déle inmediatamente el dinero. Ella no conoce nada de mis supremas intenciones; teme que yo intente sacarla de algunos apuros.
En el caso de que mis últimas voluntades sean discutidas, un muerto bien tiene el derecho de hacer la liberalidad.
La otra carta que ella le entregue, y que está escrita sólo para usted, contiene la lista de aquello que es necesario pagar en mí, a fin de que mi memoria quede intacta.
Ch. Baudelaire