La última noche

El viento no despeina a la chica del calendario que cuelga de la pared. Ni el frío o el calor, ni el tiempo marchitan las rosas del jarrón que está sobre la mesa. Aquí no hay vida, todo es artificial. La chica es simplemente una cara en el papel, una sonrisa estampada. Y las flores son de plástico; son cadáveres que no acompañan a mi soledad.

Fábulas caducifolias

Cuando la Araucaria llegó a La Cruz, este pueblo empezaba a despertar de la última guerra de los duendes y contaba con tres barrios proletarios, completamente deshabitados, a este lado del río, y uno administrativo, al otro lado del río, con la familia de los Sauces Llorones que empezaban a crecer a la sombra de la fábrica de terremotos, donde los duendes se entrenaban para los tiempos en que cansados de hacer cosas se dedicaban a destruir árboles.

Una tarde

La cocina está iluminada parcialmente por la luz dorada que penetra por la ventana que da a la terraza. Acabo de llegar del colegio y, deslumbrado aún por la claridad de la calle, sólo la pila, la tabla de lavar y mi madre, sus manos cubiertas por unos guantes de goma, siempre amarillos, destacan en la penumbra de la habitación. Me acaricia el cabello, sin quitarse los guantes. Me besa. Huele a lejía, a jabón, a agua fresca, a ropa húmeda.

El recuerdo de la luz

Empezó a soplar un viento frío. Un escalofrío recorrió la piel empapada del sudor de varias horas de marcha.

- Néstor, ¿tú recuerdas como era la luz?
- ¿Qué? ¿De qué luz hablas?
- Aquella de las mañanas de primavera cuando ordeñábamos las cabras. Salías de la casa de madrugada y la luz flotaba y se extendía. ¿Puedes recordarlo?
- No sé. Supongo que sí.

Cajas de cartón

Nunca he soportado la longevidad de los días de verano con su luz tempranera y cegadora, pegándose a los sueños para recordarme que tengo que abandonar mi descanso. Tampoco me agrada el paisaje que se dibuja en las calles llenas de colores invitando a la alegría, con improvisados turistas fotografiando su tiempo libre, o el aire acondicionado que aleja el calor de las cafeterías para aquellos que pueden pagar un alto en la mañana.

La isla de los circuncidados

PRIMER INTERLUDIO

De cómo el hijo natural de los ilegítimos, pero muy fervorosos y placenteros, ayuntamientos y amores mantenidos entre Su Señoría el Marqués de la Vega y la benemérita hija del alguacil de Alcaudete de La Jara, fue embarcado en la galera San Bartolomé de los Abiertos por su preclaro progenitor y de las, en ocasiones, infortunadas, y en otras no tanto, desventuras que le sucedieron tras su forzado abandono de la nave y su salvamento en las costas de la antedicha isla.

¿Por qué lloran las niñas?

Alicia esperaba en la hilera de niñas a que la profesora diese la orden de salida. "¡Vamos chicas! ¡En orden y en silencio, y sin romper la formación de a uno! ¡Todas a la parada del autobús!" dijo ésta, gritando enérgicamente para ahogar el murmullo de voces producido por los monólogos de las alumnas. La profesora dio una palmada de manos, y al instante se callaron. Acto seguido, el rosario de párvulas comenzó a moverse.