Mientras Cicerón, apartado del mundo, estaba meditando tranquilamente sobre la substancia y la forma de una constitución moral para el Estado, crecía la intranquilidad en el reino de Roma. Ni el Senado ni el populacho habían decidido todavía si los asesinos de César debían ser ensalzados o condenados. Marco Antonio estaba armándose para la guerra contra Bruto y Casio e, inesperadamente, apareció en la escena un tercer pretendiente, Octavio, a quien César había designado su heredero y quien deseaba ahora recoger la herencia. Apenas hubo desembarcado en Italia cuando escribió a Cicerón pidiéndole su apoyo; pero, simultáneamente, Antonio invitó al anciano a ir a Roma, mientras que Bruto y Casio le llamaban desde sus campamentos. Todos estaban igualmente deseosos de que este gran estadista abogara por su causa, y cada cual esperaba que el famoso jurista demostrara que sus pretensiones eran justas. Por un sano instinto, los políticos que codician el poder necesitan siempre buscar el apoyo de intelectuales, a los que desdeñosamente echan a un lado tan pronto como han logrado sus fines. Si Cicerón no hubiera sido más que el hombre ambicioso y vano de sus primeros tiempos, habría sido fácilmente arrastrado.
Desde el momento en que Cicerón supo que se habían reconciliado los tres que hasta ahora habían sido opositores uno a otro, comprendió que estaba perdido. Sabía que Antonio era un hombre de violencia, y que él mismo, en sus Filípicas había descrito demasiado vívidamente la codicia y odiosidad, la inescrupulosidad y la vanidad, la insaciable crueldad de Antonio, para esperar que este miembro del triunvirato diera muestra alguna de la magnanimidad de César. Si quería salvar su vida, su único recurso era huir instantáneamente. Debía escapar a Grecia; debía buscar en Bruto, Casio y Catón el último campamento de los que estaban dispuestos a luchar por la libertad republicana.
Los portadores armados que rodeaban la litera se dispusieron a pelear, pero el dueño les ordenó que depusieran su actitud. En todo caso, su vida debía estar acercándose a su fin, ¿por qué debían sacrificarse otros hombres más jóvenes? En esta última hora, el hombre que se había mostrado siempre tan vacilante, inseguro, y rara vez valiente, demostró resolución e intrepidez. Como un verdadero romano sintió que él, como un maestro de filosofía del mundo, debía afrontar esta prueba última muriendo sin espanto — sapientissimus quisque aequissimo animo moritur. Ante una orden suya, los esclavos se apartaron. Desarmado y sin oponer resistencia, Cicerón presentó su cabeza gris a los asesinos, diciendo con dignidad: "He sabido siempre ser mortal" —non ignoravi me mortalem genuisse. Pero los asesinos no querían filosofía; querían el premio prometido. No hubo demora. Con un poderoso golpe, el centurión puso fin a la vida del hombre desarmado.
Momentos estelares de la humanidad Stefan Zweig