No sé si ella dijo
—Esta era la casa
o (tal vez)
—Hace veinte años nosotros
o (puede ser, no estoy seguro)
—He vivido aquí
o si no no dijo nada, se limitó a subir desde Muxima a mi lado, quizá un poco delante de mí (un poco delante de mí) ya con una varita, ya con un pedazo de caña en la mano, casi sin mirarme (de eso me acuerdo) como si paseásemos aunque algo en sus gestos, en su cara (una inquietud, una expectativa, un enfado) asegurase que ni siquiera paseábamos a través de las calles que la guerra había destruido (y el mar a nuestra izquierda, el mar allí abajo siempre a nuestra izquierda) ella sin embargo delante de mí, despacio primero, atenta a las cicatrices de los cañones sin retroceso en las esquinas, al abandono de los patios, a la piscina vacía en la que seguían creciendo los dientes de un soldado muerto, ella despacio primero, casi corriendo después, ajena a mí, soltando la varita o el pedazo de caña, corriendo no como corren las blancas, sino como corren las negras entre las que la criaron (véase informe anexo) a pesar de la importancia y de la fortuna de su tío, y ella niña, ella blanca, comiendo polenta de pueblo y asando grillos en un asador, ella ahora mujer en lo alto de la colina
el mar a nuestra izquierda, las traineras, la isla, todo simétrico, alineado, quieto, ella esperándome delante de lo que debía de haber sido un muro y más allá del muro lo que debía de haber sido un invernadero de orquídeas, fragmentos de arriates, escaleras de mármol (la mitad de una escalera de mármol) invadidos por la hierba, ahogados en la hierba, uno de los pájaros gordos de la circunvalación, con una rata en el pico, huyó de nosotros meneándose hasta volar a duras penas, ella mostrándome la fachada
—Esta era la casa
una ruina de dos o tres pisos (Documento clasificado 16 J: tres pisos) donde se adivinaba la sucesión de las salas y a la que le faltaban ventanas,balcones y puertas, las barracas de las negras esas que deben de haberla criado al fondo, no recuerdo si dijo
—Hace veinte años nosotros
o
—Fue allí donde mi tío
o imagino que dijo
—Fue allí donde mi tío
ella inmóvil aunque me diese la impresión de que seguía corriendo en otro tiempo y asustando a las gallinas de las negras, las lavanderas, las cocineras, las que servían a la mesa con el delantal almidonado, atormentadas por los zapatos que no estaban acostumbradas a usar, ella que señalaba cornisas, restos de muebles, una araña que se mantenía pegada a su base de escayola temblando cada vez que el viento (la brisa del atardecer en la neblina) traía tierra y hojas, ella sacudiéndose las hojas de la blusa, del pelo, mirándome como si reparase finalmente en mí, como si finalmente yo (sin importancia hasta entonces) comenzase a existir, ella mostrándome lo que no había de la misma forma que casi no había Luanda, no había Angola, no existía África, había un segundo pájaro gordo que rasgaba el uniforme de un segundo soldado muerto (conste que también montones de dientes seguían creciendo, únicamente al aceptar este trabajo, lejos de mi país, me di cuenta de que los difuntos) un segundo soldado muerto de bruces contra el dragón de una estatua de arcángel que empuñaba la vaina de la lanza, había el mar, claro, y la isla que el ejército del gobierno o los cubanos o los mercenarios franceses y belgas habían arrasado, transformando las playas en un solar de miseria en el que los ciegos de las minas se acuclillaban sobre la franja del agua con la esperanza de los cangrejos que había envenenado el gasóleo, mientras ella, ajena a los ciegos, ella la sobrina del patrón y en consecuencia patrona y dueña igualmente
—Esta era la casa
desde la fuga de su primo a Johannesburgo o a Europa (mentía ella) la última patrona y dueña del fantasma de dos o tres pisos (tres pisos) del que parecía enorgullecerse, del que sin duda se enorgullecía, a la
—Esta era la casa
a la que prendió fuego o que mandó prender fuego ordenando a las negras, sujetándoles el brazo, gritándoles, obligándolas a obedecerle
—Trae los bidones de gasolina del almacén
y rasgó ella misma, con uno de los cuchillos de monte de su tío en la época en que su tío (al principio un pobre sin poder ni dinero) alquitranaba Dondo, rasgó ella misma las colchas y las cortinas, les extendió a las
criadas el damasco, el terciopelo, el raso
—Empápalos bien
y los distribuyó por los pasillos, los rellanos, las terrazas, los arcos, el espacio donde antaño
(Documento clasificado 16 J, páginas once y siguiente)
se asaban antílopes sable y burros salvajes enteros, los armarios con vestidos
(y chaquetas, zapatos, sombreros)
que su tía encargaba de Londres y Roma y su tío le permitía que encargase para entretener la soledad y el despecho, su tía en su silla de estilo preguntando con su boquita de piñón, agitada por las dudas
—¿Me encuentras elegante, Marina?
y que acababa por volver con desánimo, buscando las gafas, a su revista de modas, a su silencio, a sus labores de punto, ya no en la silla de estilo con cojines de brocado de Austria, sino en el banquito de cuando, al comienzo de su prosperidad, vivió con su marido en Dondo y sin necesitar ya del sueldo de dependienta estudiaba el río desde la cerca o dejaba los anillos nuevos en la mesa con tablero a cuadros antes de lavar la vajilla, su tía
—¿No me encuentras elegante, Marina?
en busca del río que había desaparecido reemplazado por elefantes de palo santo, cuadros con marcos dorados y soperas chinas, las mismas que su sobrina arrojaba contra las paredes de la
—Esta era la casa
mientras que las negras con una lentitud de gansos, con el cigarrillo al revés en la boca, vaciaban los bidones en el piso de arriba, en los sofás, en la bodega, se reunían junto al porche, sin dejar de fumar, esperando que ella acercase una cerilla a un resto cualquiera del garaje, lo lanzase al vestíbulo y se quedase con ellas (delante de ellas, así como delante de mí en lo alto de la colina) retrocediendo (no mucho, uno o dos pasos)
y una llama instantánea, blanca, roja, roja y blanca, roja y negra, negra, ascendió de los cimientos al tejado, una llama que disminuía y crecía respiraba haciendo caer unos sobre otros las piezas del parqué, los estantes, las acuarelas, los baúles, estallar la pólvora de los revólveres y las carabinas repartidos por escondrijos de cajones, uno de los sombreros italianos, despreciados por el fuego, bailó un momento y se consumió en el aire
—¿No me encuentras elegante?
mientras las vigas se ablandaban, los pulmones de la llamarada se dilataban, los criados de su tío, sin atreverse a entrar, se estrellaban en el portón y en cuanto las cenizas comenzaron a cristalizarse ella al marido de una de las negras en el caso de que las negras tuviesen marido (no tienen, ¿qué maridos?) atravesando con la voz los ruidos de la
—Esta era la casa
señalando el cobertizo
—El tractor
sin pedir, nunca pedía, se limitó a señalar el cobertizo
—El tractor
a conectar el mecanismo, a avanzar sobre aquellas ruedas enormes elevando la articulación de la excavadora que abría y cerraba el hierro de sus fauces a punto de aplastar a un niño con muletas dado que todos los niños
(por lo menos los que insistían en moverse, los que no se encontraban, cubiertos de moscas u orugas o escarabajos, en una zanja de mortero o mirándonos, sin labios, en el cinc retorcido de las chabolas) dado que todos los niños usan muletas en Angola, ella que pisaba rododendros, tiestos de barro, enredaderas, ladrando
(ladrando, sí)
—Apártense
con un timbre que no era el suyo, era el horror de un sueño, un pánico antiguo que volvía, las arrugas de su tía que suplicaba bajo tantas cremas
—¿No me encuentras elegante, Marina?
y ella con ese desencajamiento de las facciones que antecede al sobresalto de la agonía
—Apártense
mientras que la
—Esta era la casa
antaño con sus marfiles, sus cristales, sus porcelanas antiguas y sus lujos austríacos se amontonaba en un desorden de tablas y de azulejos rajados, ella intentando alcanzar, sombra tras sombra, el despacho en el cual una semana antes su tío ante el escritorio, extendiendo los dedos por el tablero con cinco balas en el pecho, una bala en el cuello y una última bala en el pómulo, congelándolo para siempre en una especie de ofensa o de sorpresa risueña, ella destruyéndolo como destruyó la
—Esta era la casa
al volverlo igualmente hierba y pasto y ausencia de ventanas y nada, ella destruyéndolo como destruyó al primo que el lunes pasado la llamaba y volvía a llamarla desde el lado de fuera de la habitación
—Marina
y siguió llamándola hasta entrar sin llamar destrozando la cerradura, también con una cara que no era la suya, era el horror de un sueño, un pánico antiguo que volvía
—Mi padre
bajando ambos, en lucha con la silueta de las cosas (un jarrón, un baúl, una mesita en la que vacilaban miniaturas, ninfas peces pastoras) al vestíbulo del despacho y en el despacho su tío y el ayudante de su tío, o sea el negro que trajo de la misión en Dondo, el huérfano a quien le enseñó a empuñar una culata, a comer con cubiertos, a saludar, al que transformó en blanco o casi blanco, con corbata como los blancos y viviendo como los blancos (cortinas y tenedores y alfombras) en el depósito del jardín, que lo trataba de padrino y a quien su padrino no necesitaba hablarle, el negro mirándolos con la escopeta en el ángulo del brazo, explicando sin palabras
—Saben que tuve que matarlo
repitiendo sin palabras
—Saben que tuve que matarlo saben que tuve que matarlo
y después no en portugués, no en lengua de cristianos, en quimbundo, así como tampoco en voz alta, sino en una especie de murmullo o suspiro
—Saben que tuve que matarlo
mientras que se oían las automáticas de la policía en Mutamba, ni frases ni gente, las automáticas de la policía en Mutamba, el ayudante soltaba la escopeta, besaba la mano del tío, insistía, esta vez en portugués
—Padrino
se marchaba, sin prisa, hacia el Palacio de Gobierno con sus centinelas patéticos defendiendo un portón que no existía, se marchaba a pesar del olor de Angola tan fuerte en noviembre, este olor que no sé definir y al que no me he acostumbrado todavía (al que no me acostumbraré nunca) a pesar de su primo
—Espera
de su primo
—Yo
que cogía la mano de su tío (los dedos por el tablero) que soltaba la mano de su tío y ella a su primo, ella que despreciaba a su primo, su debilidad, su cobardía
—Déjalo
cerró el despacho, el acceso por la pérgola y el acceso por la
—Esta era la casa
acompañó a su tía y a su primo a Grafanil, comprobó que partían en la columna militar camino de Zenza do Itombe, deseando no volver a verlos, no haberlos visto en su vida, olvidarlos, y declaró a la camioneta, indiferente a los cargadores, a los mercenarios, al teniente mulato a quien le pagó y que guardaba los billetes en el estuche de la cantimplora
—Ustedes se murieron cuando se murió mi tío, se murieron los dos
odiando en el azufre de las nubes la chaqueta con cuello de piel de su tía y la botella que abultaba en el bolsillo de su primo, un par de refugiados idénticos a los otros refugiados ahora, creyendo escapar de la guerra y entrando en ella de hecho en cuanto las bazucas unos kilómetros más adelante, en cuanto la ametralladora que ella ya no oyó y probablemente tampoco su tía
—¿No me encuentras elegante, Marina?
ni su primo oyeron comenzó a coser la tarde acorralándolos en los troncos, en el barro, en los neumáticos desinflados y en el borde del asfalto, el teniente mulato, de rodillas, ofreciendo las tripas en sus manos y confundiéndose con la tierra, su tía y su primo a los que se negó a recibir cuando la invitaron a recibirlos, cada cual en su ataúd (no urnas, ataúdes) en el taller del hospital de Luanda, colocados bajo manchas de sábana, y ella en el barrio Prenda, en el barrio de Cuca a pesar de los ecos de las calles con las tuberías a la vista, de los ladrones, de los jeeps, de las patrullas disparando contra los mendigos y las sombras, guiada de cabaña en cabaña por uno de los cocineros
—Señorita
desapareciendo y reapareciendo en un desorden de callejones, de chapas, de barreños desconchados, de pabilos de aceite, nacidos de los espacios entre las planchas, que dejaban adivinar criaturas oblicuas
—Señorita
que aconsejaban
—Señorita
que pedían
—Señorita
que se asustaban de ella
—Señorita
entre las advertencias y las amenazas de los jeeps, una muchacha en cuclillas sobre un ladrillo (¿tú?
tú no, tú conmigo
—Esta era la casa
—Hace veinte años nosotros
—He vivido aquí
pisando con la puntera la mitad de la escalera de mármol) entre las advertencias y las amenazas de los jeeps, una muchacha (no ella) comiendo un lagarto verde en cuclillas sobre un ladrillo, y después un automóvil americano sin llantas ni capó, con los asientos reducidos al óxido del armazón, a los escarabajos que no se callaban en la oscuridad, a las heridas de los sembradíos que protestaban siempre, que desde hace siglos, desde el comienzo de la guerra, protestan sin cesar, el cocinero a ella
—Allí
o sea un contorno de barracas y después de las barracas baobabs, y después de los baobabs, de postes de electricidad tumbados, de chimeneas de viviendas de las que quedaba un canalón o una farola, de la carretera de Catete que no llegaba a ninguna aldea, se suspendía de repente en una desolación de escombros y basura y furgonetas cojas sobre cuyos cilindros se adivinaban cuerpos y los cilindros (o las bielas imposibles de distinguir en la noche)
—Señorita
el contorno de barracas desierto, una plazoleta de mercado sin puestos ni tiendas salvo un cordero sujeto por una pata a un espigón, salvo la prisa de los relámpagos, salvo una oveja rondándolos, salvo un agujero en el frontón y dentro del agujero, en medio de cacharros y cubos y una carabina de soldado (consultar Glosario, Apéndice D) una lona en el suelo, el cocinero escapándose hasta que una patrulla
—Alto, alto
y una ráfaga, dos ráfagas, una sucesión de descargas, pensó
—Me marcho
decidió
—Me marcho
y al decidir
—Me marcho
se acercó a la lona en el instante en que el ayudante de su tío, recostado
(–Saben que tuve que matarlo saben que tuve que matarlo) contra un pliegue de adobe, el ayudante un cordero sujeto por una pata a un espigón, un animal enfermo o ni siquiera un animal (un perro, un ternero) menos que un animal, una cosa herida en los riñones o menos que una cosa, un huérfano traído de la misión de Dondo, un esclavo, un criado, un negro, antaño con corbata como los blancos, viviendo como los blancos, enjugándose la sangre con la camisa, con la boca abierta donde los dientes crecerían en breve, y antes de que explicase
—Saben que tuve que matarlo
no en portugués, no en lengua de cristianos, en quimbundo, ya en silencio ya en quimbundo
—Saben que tuve que matarlo
debían de ser la una o las dos de la mañana por el cambio de las nubes, llegadas ya no del mar, del Cazenza
(mapas y coordenadas en el Apéndice E1) y la interrupción de la lluvia, solía despertarse a esa hora cuando existía la
—Esta era la casa
debido a la inquietud de las flores en los búcaros y a la madera de la consola, despertarse al mismo tiempo que los insectos y los mochuelos a la espera de ellos de ojos rojizos (solamente ojos rojizos en el sendero antes de que su tío los atropellase y un remolino de plumas que se disipaban después, se volvía en el coche sin saber que el remolino de plumas había de persistir todos estos años en su memoria, el tío un remolino de plumas, la tía un remolino de plumas, su vida un remolino de plumas imposibles de tocar
—Hace veinte años nosotros)
debían de ser la una o dos de la mañana por el cambio de las nubes y la interrupción de la lluvia, gotas de agua o de la sangre de una herida en los riñones en un platito de aluminio, en un vértice de teja y entonces se desabrochó la blusa, se tumbó al lado del ayudante de su tío (menos que un animal o una cosa, un negro)
le dijo
—Ven aquí
le dijo
—Cállate
le apretó la cabeza contra sí y se quedó una eternidad de ojos rojizos redondos mientras la ceniza de las paredes, de las tablas del suelo y de los muebles caía despacio, las ráfagas de las patrullas
—Alto, alto
continuaban en la ciudad y yo a su lado (un poco detrás de ella) yo un poco detrás de ella esperaba que se cansase de la
—Esta era la casa
de la fachada sin ventanas ni balcones ni puertas, todo invadido por la hierba, todo ahogado en la hierba, de los arriates, de la escalera de mármol, del arcángel con su esbozo de lanza, y pudiésemos regresar a Muxima.
Prólogo a Buenas tardes a las cosas de aquí abajo de Antonio Lobo Antunes