Ni siquiera se planteaba que existiera un verano que no consistiera en ir al pueblo de los padres. Interminables horas en un Renault 6. Paradas en áreas de servicio para comer los filetes empanados, tortillas de patatas y pimientos fritos conservados en fiambreras que la madre había preparado la víspera. Eran veranos de siestas obligatorias y de familiares desconocidos, sacados de novelas de Delibes. Tías abuelas enlutadas que al principio imponían respeto, hasta descubrir su inmensa bondad y la hospitalidad de sus casas humildes de blancas fachadas encaladas. Veranos de agua fresca en botijos, de noches sentados en sillas de enea a la puerta, tomando la fresca con vecinos que se saludaban con un «Vayan con Dios». Personas de las que apenas conocías un apodo que podía ser “Josefa la del Pulio”, pero sin llegar a saber si era porque su difunto marido fue muy limpio, o se lo “pulieron” allá en aquella guerra de la que no se hablaba.