Angola 9 de agosto de 1986

Enviado por maestresala el Sáb, 12/07/2025 - 20:15

Noches de luna negra​

 

Cae la tarde. Salgo del quirófano. Repaso los libros de consulta. El pantano baja el nivel del  agua y se ve algún cadáver en la orilla. Chia está con diarrea. El suero no le hace efecto y me preocupa.

Patrick tarda en llegar de Huambo. Es mejor que se quede a pasar la noche en el hospital. Hoy han llegado 264 refugiados de Benguela. La mayoría son ancianos, mujeres y niños apenas con el 70% de su peso normal. Aún no sé cómo Anne consigue cobijar a toda esa gente ahora que empezamos a remontar cifras de vidas.

A lo lejos alguien pone música traída de lejos, aprovecho y me voy a mi zulo en la tienda de guardia; por un momento no hay sonido de morteros. Hace calor, pero no nos podemos bañar en el pantano. Dicen que han minado este lado de la orilla. Solo fumo y fumo, quizá demasiado. Estoy delgado, muy delgado, cada día más, y me preocupa.

Mañana domingo intentare arreglar mi ropa, conseguir alguna camiseta del ultimo envío, algún pantalón que no sea de color militar, arreglaré algún pijama de quirófano y coseré encima algún petacho de color.

Me miro al espejo que cuelga del doble techo de la habitación. Me cuesta a veces reconocerme. Anne me dice que tengo mala cara y le respondo irónicamente que soy feo, pero tampoco tanto como para que me lo digan a la cara.

Saúl entra en la habitación y me pide que vaya a ver a Chia, el cual me reclama; le respondo que enseguida iré, que me dé cinco minutos para acabar el cigarrillo y que le diga que no me olvido de él.

Cuando llego, me lo encuentro sentado en su catre blanco jugando con el tubito blanco del suero. Le digo que no lo enrede. Manuela me acompaña y al pasar por su lado le dejo que haga el ritual de siempre: me estira de la coleta y yo le pellizco la nariz como si le fuera a robar y le digo que, si se duerme, se la devolveré mañana. Tiene los ojos hundidos, algo de fiebre y está bajando de peso. Con su descaro natural, se mete la mano en el bolsillo del pantalón y saca un Sugus que mandaron de Francia hace meses, por lo que le digo que no lo puede comer, pero claro, para cuando me doy la vuelta ya lo ha pelado y lo está masticando.

Le siento en mis rodillas dudando que el catre aguante el peso de los dos, Jugamos con los dedos a ver quién quién los tiene más grandes y mientras me pregunta si algún día tendrá unas manos tan grandes como las mías, si a él también le llamarán para ir a la guerra, si algún día le dejaré conducir el Toyota, si algún día le dejaré entrar en el quirófano, si algún día le enseñaré alguna foto de mi madre, si algún día, cuando se ponga bueno, volveré a jugar a pelota con él, si algún día podrá tener lápices de colores para pintar los baobabs de su aldea, si algún día le llevaré a ver la playa que cuelga en el quirófano y que siempre le digo que es donde aprendí a soñar con las estrellas.

Yo le respondo que claro que algún día se acabará esta locura, que tendrá unas manos más que las mías, que cuando vaya a Luanda le traeré mil lapiceros de colores, que los baobabs los pintaremos juntos y que cuando regrese a mi país los colgaré de la habitación de mi casa junto al mar; que no le reclutarán porque cuando vengan los militares diré que es el encargado de cazar los hipopótamos del pantano y que, si no, los refugiados no podrán comer nada; jugaremos a la pelota después de que se reponga, que cuando crezca y le lleguen los pies a los pedales será mi chófer oficial, que no tengo fotos de mi madre y que habrá que buscar un pijama de su talla para que pueda entrar con Patrick y conmigo en los quirófanos….

Jugamos a contar números de delante hacia atrás y de cuatro en cuatro. Sin apenas darse cuenta, le doy un pinchacito en el dedo para medirle glucosa en sangre; meto el dedito en mi boca y por un momento noto el roce de su manita por mi boca como pidiéndome un ratito más de compañía.

Le acuesto y le presto mi fonendo rojo para que duerma. Tras lo que ajusto el gotero al suero y le beso en la frente. A continuación, paso al lado de Manuela, que me dice que no me olvide mañana de devolverle la nariz, a lo que bajito le contesto que se duerma y que no tener nariz tiene una ventana de que así no tiene mocos.

Cierro la cortina del pabellón de niños y comienza a llover; regreso a mi zulo y oigo por radio que Patrick no regresa hasta mañana, tras lo que me tumbo en mi catre y sueño por un momento si algún día esta historia se acabará, si volveré a mi playa donde aprendí a soñar.

 

Jon de Lahuerta Fernández

oOo

Nos conocimos en el laburo en la ciudad donde se hace la ley; me invitaste a un café cortado y a una sonrisa llena de amabilidad. Después caiste enfermo y no nos hemos vuelto a ver.  Pero me ha llegado tu libro que habla de ti y de muchas cosas más: el título es muy poético, yo lo hubiera llamado Apuntes para el Desastre de una Civilización. Pese a las guerras, el hambre y las enfermedades - todas esas temporadas en el Infierno que has vivido -, estás aquí y nos legas un valiosísimo testimonio de la Vida...

Salud y larga idem

El maestresala

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