Entre Puentes
Es más de media tarde cuando decido dar un paseo después de un largo y tedioso día. Me siento apesadumbrado e inquieto, por lo que me apetece caminar por lugares solitarios y de dilatadas perspectivas. Parto del puente viejo, y de la casa Bizerreta, hacia el puente nuevo. En este tramo la ría hace una hermosa curva ensanchándose su cauce, que adquiere una singular belleza en marea alta. Aunque en sus aguas ya no se reflejan las hermosas y distorsionadas siluetas de las desaparecidas casas de Butronena, Errotondo y el molino de las mareas de Gazteluondo, de brillantes blancos, grises y granates.
Se echa de menos la sombra de unos árboles que bien pudieran crecer a la orilla de la destartalada presa del molino. Y más cuando recuerdo que por allí crecían unos hermosos nogales entre los que solía verse alguna que otra pacífica vaca pinta.
Caminar por este paseo, antiguo camino de Kautelas, es agradable en esta tranquila tarde final de la primavera. Pero si antes aquí se veía la intervención del hombre en la magnífica obra hidraúlica de impronta popular, hoy se mantienen en pie los mampuestos de grises calizas de esa escollera del molino, por la que antaño transitaban las gentes camino de Legarrondos y Gandias. Esos viejos caminos han desaparecido irremediablemente y cobra protagonismo la carretera.
Hay que dar un rodeo por los confines de la balsa o antepara del desaparecido molino, que es por donde discurre el paseo. Al fondo queda el farallón de oscuras calizas donde antaño se levantaba un pequeño castillo defensivo de la villa, y de ahí su nombre de Kastillao. En esta ladera del accidentado montículo rocoso se situaba una de las huertas del molino. Hoy resulta difícil imaginar la presencia de un hombre afanoso ocupado en el cultivo de una diminuta huerta es esta escabrosa ladera ahora poblada de zarzas y matorrales. Se ha trastocado la relación espacial del hombre con el medio, circunstancia hasta entonces de ámbito pequeño e intimista. Este molino y sus pertenecidos están documentados desde los albores del siglo XVI.
Volveré la vista hacia el ámbito interior de la ría, ya que se dibujan lejanas y difusas perspectivas. En primer término, y a mi derecha, crece la hierba atropelladamente, que con esta suave luz amarillea. Un agradable y tibio viento del nordeste peina los matojos, que conforme se desparraman hacia la lejana orilla mutan sus delicados verdes en grises azulados, recortándose contra las oscuras piedras de la desvencijada escollera.

Llegado a la abrumada desembocadura del arroyo de Legarrondos, dejo a mi izquierda el camino de Kautelas, hoy día cruce de carreteras que conduce a Gorliz y a Gandias. Unos metros más adelante, y después de una suave bajada, comienza el puente nuevo de sobrio diseño, y no exento de una mesurada belleza. Apenas pasa gente, y si muchos automóviles, pero no me impide detenerme y apostarme en la barandilla. Asomo la cabeza y contemplo un poco ensimismado el fluir de la corriente de agua de un cabrilleante verde plateado envuelta en un suave rumor casi ahogado por los ruidos. Me reporta una agradable y pasmosa sensación de bienestar, y más cuando mi yo anhela desvanecerse entre las aguas y el espacioso y alto cielo; dibujándose en el horizonte unas difusas y tenues perspectivas de un blanco incierto, que abocetan el caserío de la villa. No lejos de mí , apostado en una piedra del estribo del puente, está un paciente pescador. Al tiempo que una solitaria y ruidosa gaviota atraviesa la ría.
Siguiendo el eje longitudinal del puente se va al fondo una solitaria y vieja palmera, que oculta un más viejo caserío circundado de verdes prados recortados contra los grises azulados de unos eucaliptus tras los que asoman unos oscuros pinos. Cerca de este caserío de Gañibi, construido a finales del siglo XVIII según reza en una inscripción de unos de los modillones del portal, se ha levantado un gran farallón de piedra para contener los desmontes hechos al construir los accesos al puente. Y es de tal amplitud, que parece ejercer un imponente empuje sobre el caserío y sus tierras, que ya exánime espera desvanecerse ineluctablemente. En este luminoso y recogido lugar también el hombre trabajó, sonrió, sufrió y amó. Aunque la vida parece retirarse de esos parajes, en que la antigua relación del hombre con el espacio se ha quebrado. Es como si una potente fuerza procedente del exterior penetrase en el paisaje comprimiéndolo bruscamente hasta agostar su candorosa belleza. Al menos el desaparecido pintor Jenaro Urrutia sintió esa conmovedora belleza plasmándola en un hermoso cuadro.
Sigo divagando apoyado en la barandilla del puente agradablemente, con la satisfacción de que no es uno de esos nuevos puentes urbanos por los que se transita nerviosamente enfrascado en absurdas preocupaciones, que no permiten detenerse para ensoñarse con el fluir de la corriente, u observar el paso de las pequeñas embarcaciones. Muchos años atrás, aguas abajo, verían los ociosos apostados en el antepecho del puente viejo pasar las gabarras cargadas de troncos del bosque de Isusquiza en dirección al Astillero, donde darían forma a hermosos quechemarines y bergantines. Y divago también en cómo se supo aprovechar estas aguas, convirtiéndolas en energía hidraúlica, que moverías las piedras del molino de mareas construido el siglo pasado al otro lado de este puente. Hasta hace no muchos años se podía ver su balsa terraplenada en la que crecían los tamarindos, y uno de los pilares sobre el que se asentaba aquel molino de Errotabarri. Aguas arriba, y no lejos de aquí en el paraje de Ardanza, hubo otro molino de marea de propiedad municipal, que a finales del siglo XVIII pasó a manos particulares al igual que el de Gazteluondo.
La luz ha decaído bastante amortiguando el verdor de los árboles que crecen a la orilla de la ría en la lejanía; mutándose en un extensa mancha gris verdosa ribeteada de violetas y naranjas que rielan en las oscuras aguas. El día se desvanece con prontitud y emprendo el camino de vuelta. Entretanto el ruido de los coches se intensifica ahogando los trinos de los pájaros; y el titilar de las postreras luces del día se debilita hasta desvanecerse en las oscuras aguas, donde ahora se proyectan los lacerantes reflejos de los faros de los coches.
En mi camino de vuelta voy escapando de las sombras que se extienden implacablemente. Es noche cuando llego al puente viejo y entro en Bizerreta. Me siento en paz después de este paseo, haciéndome recordar un fragmento de un poema de Yeats:
Y algo de paz allí tendré, pues la paz gotea lentamente,
gotea desde los velos de la mañana hacia el canto del grillo;
allí la medianoche es toda un tenue brillo, y el cénit un fulgor púrpura,
y lleno está el atardecer de las alas del pardillo.