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Tres fabulosas fábulas

Enviado por maestresala el Jue, 23/03/2017 - 13:35
 
 
DOS POLÍTICOS
 
Dos Políticos cambiaban ideas acerca de las recompensas por el servicio público.
– La recompensa que yo más deseo – dijo el Primer Político – es la gratitud de mis conciudadanos.
– Eso sería muy gratificante, sin duda – dijo el Segundo Político–, pero es una lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.
Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el Primer Político murmuró:
– ¡Que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recompensa, démonos por satisfechos con lo que tenemos.
Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.

 

LA ECONOMIA DE LOS FUERTES

Un Hombre Débil que iba colina abajo se encontró con un Hombre Fuerte que subía, y le dijo:
– Vengo en esta dirección porque requiere menos esfuerzo, no porque lo haya elegido. Le ruego, señor, que me ayude a volver a la cumbre.
– Me alegrará hacerlo – dijo el Hombre Fuerte, con el rostro iluminado por una gloriosa idea –, siempre he considerado a mi fuerza un don sagrado que se me confió para bien de mi prójimo. Lo llevaré arriba conmigo. Póngase detrás de mí y empuje.

 

LA FORTUNA Y EL FABULISTA

Un Escritor de Fábulas marchaba a través de un bosque solitario, cuando se encontró con la Fortuna. Terriblemente asustado, trató de trepar a un árbol, pero la Fortuna tiró de él, lo hizo bajar, y se le ofreció con cruel insistencia.
– ¿Por qué trataste de escapar? – preguntó la Fortuna, una vez que cesó la resistencia y se acallaron los chillidos del Fabulista –. ¿Por qué me miras de manera tan inhospitalaria?
– No sé qué eres – respondió el Escritor de Fábulas, hondamente perturbado.
– Soy la riqueza, soy la respetabilidad – dijo la Fortuna –; soy casas elegantes, un yate, una camisa limpia todos los días. Soy el ocio, soy los viajes, el vino, un sombrero brillante y un saco que no brilla. Soy la comida suficiente.
– Muy bien – dijo el Escritor de Fábulas, en un susurro –; ¡pero, por Dios, habla más bajo!
– ¿Por qué? – preguntó la Fortuna, sorprendida.
– Para no despertarme – replicó el Escritor de Fábulas, mientras una increíble calma se adueñaba de su hermoso rostro.

Ambrose Bierce

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