Epicuro : aquel amable dios del jardín

Vive oculto, fue una de las recomendaciones capitales de Epicuro. A él mismo no le sirvió de mucho el consejo. De las numerosas páginas que escribió, apenas un centenar han durado hasta hoy, pero su nombre no se ha conservado escondido. Ha traspasado los siglos como una de esas estrellas especialmente brillante que en todos los tiempos algunos hombres contemplan agradecidos en las noches más oscuras de la vida.
Para la mayoría de la gente, sin embargo, Epicuro ha continuado en fecto, oculto. En el diccionario que tengo a mano dice : epicúreo : sensual, voluptuoso; entregado a los placeres. El tonillo de la definición es claro. Sólo le falta algún adjetivo como desenfrenado. Epicuro, desde siempre, ha sido uno de los filósofos más tergiversados y calumniados de la historia. En una de las pocas cartas conservadas escribió que le bastaba con un óbolo para prepararse la comida diaria. Dos óbolos eran considerados entonces el mínimo que había que gastar en la comida de un esclavo.¿Cómo se puede en tales condiciones ser un epicúreo, según lo entiende el diccionario o la mayoría de la gente?
Sin embargo, la verdad es que sí se puede ser en semejantes condiciones epicúreo de los de verdad. Y se puede ser sensual, y un voluptuoso, y considerar el placer como la única meta clara que tiene el hombre en esta vida. Se puede ser todo eso y a la vez austero, dulce, fuerte, amistoso, valiente, alegre, y desde luego, todo lo contrario de un desenfrenado. La prueba es que, por lo menos, existió alguien así.
Epicuro nació en la isla griega de Samos en el 341 a. de C. Fue hijo de un maestro de escuela, y a los 14 años lo mandaron a estudiar con un discípulo de Demócrito. A los 18 cumplió el servicio militar en Atenas, pero a su término no pudo ya volver a Samos. En las conmociones políticas causadas por la muerte de Alejandro, los colonos atenienses fueron expulsados de la isla y la familia de Epicuro se trasladó a Asia Menor. Joven aún, conoció la pobreza y el destierro, desventuras que, sumadas a su mala salud crónica, fueron esenciales en la formación de su pensamiento. Nietszche, que lo adoraba, dijo refiriendose a su filosofía : Semejante felicidad no ha podido ser inventada sino por alguien que sufriese sin cesar.
Aunque asistió a las clases de varios filósofos, Epicuro se consideró siempre un autodidacta, y a los 31 años fundó su propia escuela en Mitilene. Más tarde se trasladó con algunos discípulos a Lampsaco. En el verano del 306 se estableció definitivamente en Atenas. Allí estaban la Academia platónica y el Liceo aristotélico. Pronto se fundaría el Pórtico del estoico Zenón. El nombr que eligió Epicuro para su escuela ya es significativo : El Jardín. La abrió en una casa no muy grande, dotada de un buen terreno dedicado a huerta y jardín, que adquirió en uno de los mejores barrios de la ciudad.
Pronto se le llenó de discípulos, amigos, señoras respetables, putas e incluso algún esclavo. Allí, a lo largo de 25 años, presididos por Epicuro, que tenía que moverse debido a enfermedades en una especie de triciclo, levantaron entre todos un monumento a la sabiduría, el placer y la amistad que perduraría como una de las escuelas filosóficas más felices de todos los tiempos.. Murió a los 71 años. En la víspera de su muerte había escrito una carta a una amigo : He aquí el día más bello de mi vida. Es el último. Mis dolores de vejiga y mis cólicos continúan. Pero a todo ello opongo la alegría del alma, al recordar nuestras antiguas charlas. Tú, que desde la adolescencia has sido fiel tanto a mí como a la filosofía, vela con solicitud por los hijos de Metrodoro.
¿Por qué tanta inquina a lo largo de los siglos hacia un hombre así? ¿ Por qué la doctrina de un ser tan apacible, fuerte e inofensivo ha sido considerada en todos los tiempos sólo digna de una piara de disolutos, según dijo Horacio con ironía? Lo cierto es que había y hay algunos motivos.
La filosofía de Epicuro es elemental, mínima, tan sensata como que dos y dos son cuatro, pero también es escandalosa. Alejado de complicadas y fantasmales metafísicas, Epicuro fue un materialista radical para quien no había más verdad que la experiencia material, empezando por las aportaciones de los sentidos. De otro lado, su ética fue tan simple como ésta : no hay más bien que el placer. La verdad es la materia y lo que hay que hacer en esta vida es ser feliz. ¿ Hay alguien que pueda ir en contra de dos principios tan claros y sencillos como éstos? Los hombres son muy complicados y no sólo lo hay, sino que casi todo el mundo ha considerado siempre esas ideas como meras simplezas o aberraciones de pervertidos.
Sus enemigos lo acusaron de inculto. Es cierto que Epicuro escribió sus inmumerables rollos de papiro sin recurrir a citas de ningún otro autor y que aconsejó a su amigo Pitocles : Toma tu barca, hombre feliz, y huye a velas desplegadas de toda forma de cultura. Pero muy bobo hay que ser para no saber a qué clase de cultura se refería. El caso es que de su física, el atomismo, que compartió con Demócrito, nos ha quedado la palabra átomo, y que el mismo Einstein proloǵo una traducción al alemán de Lucrecio, el epicúreo más devoto de todos los siglos.
En cuanto a su ética, ahí sí que no se han visto nunca más que pecados. Epicuro consideraba el placer como el único bien que debe perseguir el hombre. Y el placer, para él, era la ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el alma. Para lograr ese estado de felicidad recomendó siempre la moderación y el combate contra los deseos excesivos. Predicó la autosuficiencia, la libertad, la vida escondida, el alejamiento de las competiciones sociales, de los negocios, del amor apasionado a una sola mujer y, ¡pecado mortal!, de la política. Sólo aceptó y recomendó con el mayor calor del mundo el cultivo de la amistad. Eran otros tiempos, pero acusó al miedo a la muerte (¡ay! la obsesión médica de la sociedad actual) a los terrores provocados por los dioses (¡ay! todos los que van a ser condenados al infierno en la próxima conferencia de El Cairo) de ser los principales inductores de infelicidad en este mundo y procuró liberar a sus amigos y discípulos de ambos temores.
Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre. Pónganse estas palabras de Epicuro frente a cualquier biblioteca de filosofía y se verá su efecto devastador y por qué tantos y tantos le han considerado a lo largos de los tiempos un cerdo. Y por qué unos cuantos, la mayoría de ellos tal vez desconocidos, ocultos, han visto siempre en aquel hombre a un santo, a un dios, o a uno de los poquísimos filósofos útiles que han existido.
Iñaki Uriarte (1994)