Tres poemas

Manifiesto
Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío
Juan Gelman
Setenta veces siete aireo el corazón para llegar a conoceros, y desnudarme en los lugares que cobijan la raíz de vuestros nombres, para sentiros cerca y creerme realizado, entrelazado con el orbe que me habita y con el tuétano del verso que visito.
Quiero escribir sin parafrasear la luz, quiero habitarla y que me habite. Quiero tener presentes las circunstancias y las sangres de los otros, la frecuencia de sus sístoles, porque mi oficio no consiste en zurear en el espacio destinado a las palomas ni perorar con demagogia en los atriles.
Este oficio requiere de un esfuerzo que propicie los axiomas del café que mantiene la hidalguía de los pobres. Este oficio pretende la denuncia de soberbias excluyentes, de panoplias perpetradas y el rechazo de los gestos inocentes.
Ser poeta es exigir la dignidad que abrace eternamente la utopía. Sentir la risa de los niños y comprender por qué se apaga a lo largo del camino. Fijar al aire el dedo que señala la injusticia, vivir con esa música que nace de la sangre. Subir peldaños en la escala de la vida y ganar en argumentos, considerando los aspectos de la sombra.
Ser poeta, o intentarlo, no es otra cosa que ser hombre, errar y perdonar, aprender a conocer y a conocerse, desdibujarse para hacerse más infecto e intuir que en este mundo que se agota sobre sitio para pulsos más abiertos. Pero sobre todo errar como ahora yerro desde lo alto del ara que no tengo. Pedir perdón para nacer desnudo a la humildad, pues no es nuestro el camino que nos dieron, ni el cayado ni la túnica ni el perro...
Destino
Salgo de casa camino de más horas cuesta abajo. Sabed que sudo luz, cuesta trabajo hacer de escudo para tanta gente. Tuerzo a la izquierda, camino de la lluvia, y un semáforo de púrpuras cegado, interrumpe mi carrera, me detiene.
Le enseño mi carné, su hueso adjunto, la jurisprudencia que brota de mi fosa. Él me obsequia una seña desastrosa señalándome el bordillo de otra acera. Cruzo la calle, - una aguacero anega el corazón-, y veo a mi otro yo que, descuidado, atiende a su inconsciente, la gente pasa de espaldas a su sed, separo la mirada, no me advierte.
La tarde cae ligera, cuando alcanzo las escaleras de un sueño intermitente. Un poco por debajo de ese vuelo observo un accidente : rotan las hélices del mal, giran cadenas, agentes de la ley cruzan sus brazos.
Desparramados sobre el suelo, los sargazos de la sangre, carentes de esperanza, se fagocitan en su gesto. Entre las ascuas de la luz, exenta ya de agujas y camillas, sin el concurso de sanitarios eficientes, mi vida asoma a su condena.
Debajo del dolor un coche frena cegado por el brillo del acero. El contador se ha puesto..., irremediablemente, a cero. Bajo mis párpados dolidos fluyen los ecos de un fuego amigo que me decepciona, -quizás porque su efecto no perdona-.
Fuera de mí, fuera del aire que rodeo, quizás sea posible parar la máxima que ordena los sucesos, y así olvidar las sucesiones en cadena que, al amparo de los giros de una rueda, y a pesar de mi esencial desasosiego, rige la ley inexorable del destino.
Entre los pliegues de la luz Pablo González de Langarika