La muerte de Baroja

Calle Alarcón, octubre de 1956
A mi lado, alguna otra persona. Me quedé mirándole, en silencio. En ese silencio sólo se oía el alentar, el debilísimo acezar del enfermo. Los ojos semicerrados; los párpados caídos, con sólo una rayita débil por debajo de la pupila. La cabeza descansaba en la almohada, un poquito inclinada hacia el hombro. Debajo de la frente las cejas, con su recién alisado ceño, y debajo de la mejilla encendida el bigote, tostado por algún borde, como tomado de resol último, mientras la barba era de un color albo, sin mácula, y la cabeza toda daba la impresión de una gran paz, un paz dolorosa, porque se oía la respiración rápida, el fuelle urgido de lo único que allí tenía agitación y vida patéticamente peleadora.
"No oye". ¡Quién sabe!, pensaba alguien. Una mano familiar oprimía con ternura la frente, y una voz no muy alta se escuchó con un llamado a la vida : "¡Está aquí Fulano!". Todavía la voz, como convocando al fondo de niño último, varió:"¡ Es la hora de la merienda!" Pero el gran sueño seguía. Las manos quietas sobre la sábana dibujaban una inmovilidad real, dejada con sencillo cansancio sobre la tibieza de lienzo.
Yo las miraba. Se creería que la derecha había soltado la pluma un momento antes, conservando todavía el ademán empuñador. Una mano enérgica, grabada, vaciada de materia viva y hecha molde de un movimiento del ánima que allí había quedado definitivo. Parecía el gesto mismo, suspenso eternizado.
Todavía, en unos minutos, se agolpó en el alma del que lo miraba toda la memoría final : Había sido mucho años antes. Allí, al lado de aquella escuelita de Comercio donde un muchacho cursaba estudios, había una librería de viejo. El estudiante había ido comprando unos libros : Trilogía de La lucha por la vida : La busca, Mala hierba y Aurora roja; Camino de perfección, Paradox Rey, El árbol de la ciencia, Los últimos románticos, César o nada, Las tragedias grotescas, El mundo es ansí... El mundo es ansí. Poco a poco una imagen sufridora y amarga, pero redimida por una suave luz impregnada, había ido desplegando su imagen ante la mente límpida adolescente. Una forma de ideal fallido, reducido a expresiones truncas de la vida diaria, reconocible irrisoriamente en las contrafiguraciones de cada instante, desfilaba ante los ojos maravillados. Enseñar, enseñaba ruina, desolación, misterio, desconocimiento. Pero una suerte de luz bendita, de luz absuelta y enviada podía existir por encima de los faroles de gas de allá abajo, de junto al río sucio, por encima de los desmontes y los colectores de basuras, más allá, por sobre las rutas de la llanura y los pueblos adormecidos. Un personaje lo decía insistentemente:"¡Ya vendrá la hora buena!". El viejo que iba vendiendo su mercancía, sin compradores, a la luz invisible, inexistente, inesperable, lo decía :"¡Ya vendrá la hora buena!". Y la pupila conocedora con piedad lo enviaba hasta el corazón del lector, que con humanísimo dolor silenciaba : ¡Ya vendrá la buena!
Vicente Aleixandre