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Muere Eugenio Trías

Enviado por maestresala el Lun, 11/02/2013 - 08:32

 

Nuestra literatura, nuestra mitología, nuestra cotidianeidad está poblada de seres sin estirpe ni parentela. Inclusive sin nombre. Que a lo más tienen por nombre una inicial. O que se llaman lisa y llanamente "El Innombrable".
Difícilmente puede descubrirse dramatismo alguno, intriga alguna en esas tramas. Son tramas que empiezan y terminan en cualquier rincón del espacioso recinto. Narran las peripecias de viajeros sin rumbo, sin dirección, sin avance, sin retroceso : se mueven sin moverse, se detienen sin detenerse, se les ve vivir pero parecen fantasmas, se les ve morir peo se ignora si han vivido alguna vez.
En algo sin embargo se ejercitan de continuo esas almas en pena : continuamente discurren, piensan, hablan consigo mismas, fabulan o monologan.
Pero ese Discurso carece también de oriente. Carece de referencia a una idea, a un concepto. Es un Discurso sin centro y sin hogar que gira sobre sí mismo, que cercena su propio discurrir, qur insemina el signo de interrogación por cada una de sus floraciones.
El pensamiento de esos héroes o antihéroes se mueve y no se mueve, se detiene y no se detiene, no conoce avance ni conoce retroceso : gira perpetuamente en torno a una gigantesca Interrogante. Es un pensamiento en el cual la duda es radical, no únicamente metódica. Es una filosofía que ni siquiera alcanza la precaria paz y satisfacción que proporciona el escepticismo.
El personaje que se nos dibuja es en sus carnes Paradoja: sabe sin saber, no sabe sabiendo acaso, sabe sin querer, quiere sin saber qué, sabe que quiere sin saber qué es lo que quiere y a veces duda también de que quierao de que sepa lo que quiera, vive sin vivir y finalmente  muere sin morir. Ese personaje no es, por fortuna o infortunio, literario. Es cualquier yo, cualquier tú, cualquier nosotros o vosotros. Yo mismo soy así : ¿Yo, quién soy yo, este que lee, este que escribe, este aque ahora deja de escribir  o de leer?

Eugenio Trías Drama e identidad (1974)

 

No resisto la pasión de decir al fin quien soy : soy una mano que escribe aquí, ahora, o unos dedos que atienden el momento de instalar un cigarrillo en los labios, unos labios quizá o unos pulmones; o un registro inhábil de cierto olor húmedad o la audición lejana de un lamento marítimo, soy quizá ese recuerdo de una noche de estío, npche de amor. ¿Quizá? O soy.. soy un instante, un santo y dulce instante que dispuso un Dios a su solaz, aquella noche de verano perdida entre recuerdos, pluma en mano, respirando la humedad, fumando y sin poder resistir esa pasión irreflenable de decir al fin que soy también aquella mano, aquellos dedos, aquellos labios...

Eugenio Trías La dispersión (1991)

 

 

Eugenio Trias y el límite

Ha muerto el filósofo del límite, Eugenio Trias, el día 10 de Febrero, la víspera de mi limitante cumpleaños setenta, que es también la edad de su fallecimiento, un número que en simbología bíblica viene a significar lo ilimitado de lo limitado. Me lo comunica nuestro común amigo Patxi Lanceros, que también anda algo limitado. A todo ello se añade en el posterior día de la Virgen de Lourdes, la dimisión del Papa Benedicto XVI, sin duda por sus propias limitaciones.

Así que paso mi aniversario muy delimitado, recordando al colega y amigo filósofo, rememorando su figura pausada, su pensamiento figurativo y algunas cartas que aún conservo de nuestra correspondencia; acompañando y acompasando el nerviosismo de esta fecha con incierta esperanza eclesial, al tiempo que pienso en todos estos límites como posibilidades de apertura o abrimiento (radical).

Eugenio Trias falleció el día de Santa Escolástica, y curiosamente se inició en la santa filosofía escolástica en el Opus Dei, aunque pronto se desescolastizó a su paso por el Partido comunista, circulando de un extremo al otro, hasta acceder definitivamente al camino de la vía media de por vida, proyectando una filosofía presidida por la razón abierta y cromática.La filosofía de E. Trias es la filosofía del límite, precisamente porque en el límite encuentra nuestro autor el gozne o quicio de una realidad desquiciada sin ese límite, junción o juntura de lo real en su ser.

El ser es así el límite, por cuanto el ser es limítrofe o fronterizo, puente o puerta, bisagra “que une y escinde” lo por él de-limitado. Nuestro filósofo recrea el concepto de límite a partir de una tradición que va de Kant a Wittgenstein y Heidegger, reentendiéndolo como la frontera entre lo exterior y lo interior, la luz y su sombra, el sonido y el silencio. En una carta que me envió el 12.VII.1988, Eugenio se interpreta a sí mismo como límite personalizado cuya sentido está en: “la integración del logos apofántico (sustancia griega) y el logos cristiano-germánico que es todo él música callada y palabra de silencio”.

Decía F. Savater que la filosofía del límite es una filosofía limitada, pero quizás ahí radique su gracia y decoro. Algunos filósofos han interpretado el límite de Trias más wittgensteiniana que heideggerianamente como un límite negativo y sin puertas, encerrado, contra el que solo cabe arremeter desde dentro pero sin salidas o éxtasis. Los chichones que la razón se hace golpeando los barrotes del límite producirían cierto escepticismo existencial. Así lo entiende nuestro común amigo Isidoro Reguera en su artículo “Eugenio Trias y la filosofía española”.
Y, sin embargo, el límite de Trias se abre simbólicamente en su devenir, sobre todo musicalmente al final de su vida, cuando nuestro filósofo se encuentra más limitado y herido por el cáncer de pulmón de fumador, a modo de abrimiento y apertura trascendental o trascendente. La música y el simbolismo acaban transitando el límite del filósofo, ese límite al que ha llegado ahora para cohabitarlo y al que ha interpretado como el “espacio-luz”, según su propia terminología casi platónica.

En el límite de Trias no caben éxtasis, tiene razón I. Reguera, pero caben “énstasis”, o sea, interiorizaciones del sentido. Su visión del mundo no es agnóstica o escéptica, sino gnóstica o simbólica. Por ello yo pienso que la filosofía de nuestro filósofo no es una filosofía premoderna, moderna ni posmoderna, sino más bien intramoderna, ya que ha buscado siempre auscultar las sombras de la razón y sonsacar el sentido simbólico. Curiosamente su muerte se produce tras la muerte del gran simbólogo del Círculo Eranos, G.Durand.

Nuestro filósofo se sintió muy atraído por el Círculo Eranos, especialmente por H. Corbin, y yo mismo pude facilitarle el acceso a los temas eranosianos de la gnosis y el simbolismo, así como de lo matrial, matriarcal o matricial. En otra carta que aún conservo, nuestro autor pone en correlación el ámbito hueco de las Madres con la “pared-luz” de nuestro común aliado, el escultor Jorge Oteiza, así como también con su propia idea del “espacio-luz”.En este contexto el límite simbolizaría el espacio matricial encarnado como luz radical (una especie de visión del horizonte mediterráneo).

Eugenio Trias ha llegado al límite definitivo que él mismo iluminó simbólica y musicalmente. La gran enseñanza de su filosofía es que el hombre debe asumir la vida hasta el límite: el límite hollado u horadado ya por nuestro filósofo. Ahora bien, allegarse al límite es naufragar, si bien resulta que aquí naufragar es llegar a puerto.

El filósofo ha proyectado en su filosofía una auténtica arquitectura sinfónica. Casado a la vez con una arquitecta castellana y con la lengua castellana, Trias es un auténtico filósofo al que rendimos homenaje otros filósofos solo filosofantes. La obra de nuestro colega ha hecho un poco más habitable, siquiera simbólicamente, el límite que nos aguarda al final, pero que ya nos delimita y circunscribe. Por este carácter, su obra no es una obra de polvo o polvareda, pero tampoco empolvada, pues la escritura que nos ha legado es polvo simbólico o espiritual, polvo enamorado o anímico, polvo estelar que trasfigura lo sombrío de las sombras de nuestro propio inframundo.

Con su entrada definitiva en el límite definitorio, Eugenio Trias ha desenmascarado la corrupción cultural que supone el no haberle concedido en vida el premio Príncipe de Asturias de Humanidades, quizás porque el propio Príncipe y las Humanidades están en apuros. Se une así curiosamente a la tarea crítica de su hermano Jorge Trias, al desvelar este simultáneamente la corrupción político-empresarial, tal y como queda al descubierto en los llamados papeles de Bárcenas, los cuales configuran un oscuro espacio-sin-luz.

Andrés Ortiz-Osés

 

A principios de los años setenta se podía fumar en casi todas partes. Por supuesto, en las aulas universitarias. Y Eugenio Trías (Barcelona, 1942) fumaba. Y mucho. Era, además, muy tímido, de modo que llegaba a la Universidad de Barcelona, donde iniciaba su carrera docente, con un par de horas de antelación para darse carrerilla. Se metía en el bar, donde también fumaba, y se sentaba con algunos alumnos a los que explicaba la clase que luego iba a dar (Filosofía Contemporánea, era la asignatura). Quizá ese fumar ayudó en demasía a un cáncer que le estalló hace algo más de cinco años y contra el que uno de los filósofos españoles más significados de los últimos años fue luchando sin tregua. Hasta el domingo, que le venció de manera definitiva en su ciudad natal, a los 70 años.

La universidad fue siempre su casa. Durante alguno de los cierres con los que la dictadura obsequiaba a los estudiantes, Trías se negaba a cortar el discurso y se reunía con ellos en su propio domicilio o en bares más o menos cercanos al edificio universitario. Allí estaba en su salsa: sin tribuna ni distancia. Quizá era una respuesta a sus orígenes familiares, una alta burguesía catalana a la que perteneció su padre, Carlos Trías Beltrán, político falangista. La política nunca le llamó del todo, como sí le ocurrió a su hermano Jorge Trías. Un tercero, Carlos Trías, con el que llegó a compartir de joven algún libro a cuatro manos en 1970 (Santa Ava de Adis Abebas, firmando bajo el seudónimo común de Cargenio Trías), tiró por la literatura y se hizo escritor.

Él se había licenciado en Filosofía en 1964 en su fundacional Universidad de Barcelona y su brillantez le llevó a que inmediatamente, apenas un año después, fuera profesor ayudante, que pasaría a ser en breve adjunto en el mismo centro y en la Universidad Autónoma de Barcelona. Nada del pensamiento le era ajeno: la ética, la reflexión cívico-política, la filosofía de la religión, la estética… Quizá por ello había publicado ya varios libros antes de haber cumplido los 30 años. Luego, de repente, se fue. A Brasil. Una época explicada con no poco sentido del humor en su autobiografía El árbol de la vida (2003). Pero volvió pronto, y con solo 32 años ya recibía el primero de cerca de una quincena de reconocimientos. Sería en 1974 por Drama e identidad, donde ya dejaba ver su pasión por la música al buscar estructuras comunes entre la sonata y la tragedia. El estudio obtendría el premio Nueva Crítica, que abría un palmarés que le llevaría, solo un año después, al Anagrama de ensayo por El artista y la ciudad. Otro hito de esa trayectoria sería, en 1983, el Nacional de Ensayo por Lo bello y lo siniestro.

Convencido de que la filosofía debía tener “antenas poéticas”, intentó impregnar de ello sus títulos más celebrados en el métier, quizá La filosofía y su sombra y Teoría de las ideologías. Catedrático de Estética desde 1986 en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona adonde había llegado invitado por Xavier Rubert de Ventós una década antes, se decía que era el introductor del estructuralismo y de Foucault. Era mucho más, claro, y sabía mucho más, como demostró a lo largo de los casi 30 títulos que publicó hasta casi ayer mismo. En su obra escrita (hay otra obra difusa en las clases impartidas en varias universidades, la última la Pompeu Fabra de Barcelona, en donde desde 1992 ejercía como catedrático de Historia de las Ideas), hay conceptos que resultan clave. En especial, el de límite. La filosofía es pensamiento en el límite y es la noción de límite lo que ilumina el conjunto del ser. Resulta difícil no ver en esta visión del sujeto en el mundo una imagen de una de sus pasiones: el cine. En el cine clásico, la pantalla es el límite que confiere sentido al haz de proyecciones de luz que, sin ese límite, se perderían en la nada, dejaría de ser percibidas por el espectador-sujeto. El desarrollo de esta cosmovisión la expuso en Lógica del límite (1991).

 

Francesc Arroyo

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