Amar a Unamuno

¿Cómo se puede admirar a un escritor al que a la vez se le pone a caldo? Me hago esta pregunta ante la biografía que acaba de publicar Jon Juaristi de Miguel de Unamuno en la que traza un retrato de su paisano bilbaíno que es lo más alejado de la hagiografía: neurótico, tacaño, ególatra, megalómano, puritano, intransigente, incapaz de aceptar la discrepancia y conciliar su euforia con la razón… Y, sin embargo, es así. Yo no sé de nadie que admire más a Unamuno que Juaristi; que mejor conozca su obra; que la haya interpretado más honda, fina y honestamente. Recuerdo un artículo en el que Umbral se escandalizaba porque Juaristi había rememorado la «etapa nacionalista» del autor de ‘Paz en la guerra’, en el que él únicamente veía a un liberal sin fisuras, con lo cual demostraba que no lo había leído mucho o que no lo había entendido pues, si alguien tenía fisuras era Unamuno. No he oído un dicho más inexacto que ése de «Unamuno sólo hubo uno». Porque Unamuno fue varios, fue muchos, fue todos. Fue la mejor encarnación del ideario de la ‘Oda Marítima’ de Pessoa. Y sí. Se puede poner a caldo a Unamuno. Se puede odiarlo y ver todos sus defectos. Y se puede admirarlo y amarlo a pesar de ellos o por ellos precisamente. Aún más, creo que ésa es la única forma que hay de hacerlo, de comprenderlo y homenajearlo. Estamos acostumbrados a vivir en un mundo simplón en el que cualquier cantamañanas, que no es Unamuno, alza la ceja indignada porque se le descubre una contradicción. Juaristi hace un implacable ejercicio de tolerancia y un amoroso desquite crítico con su libro tan contradictorio como ese hombre que dijo que hay que vivir «con razón, sin razón o contra ella».
Iñaki Ezkerra