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El anuncio

Enviado por maestresala el Mar, 24/07/2012 - 11:17

Cuando sonó el teléfono ambos sintieron una sensación de alivio. Era la campana que repica interrumpiendo un round de boxeo para dar paso al descanso reglamentario. No era nadie, una simple confusión que ella no se molestó en mencionar siquiera. ¿Para qué? Estaba descansando en el rincón del ring sin pensar en nada con los párpados semicerrados, rehaciéndose de los golpes recibidos con esos tremendos guantes que son las palabras y los silencios. Sintió un enorme agradecimiento por aquella desconocida y por su despiste. Tampoco él abrió los labios para preguntar, ¿quién ha sido?, derrumbado como estaba también contra las cuerdas. Una especie de sopor invadió a ambos, les retuvo en la tregua confiando no volviera a sonar el teléfono que podía entenderse como el inicio del combate de nuevo. El tiempo fue transcurriendo piadosamente inmóvil como en aquellos tiempos que parecían tan lejanos en los que hacían algo juntos serenamente, distinto de contemplar la televisión, discutir frenéticamente por algo en el acto olvidado, y permanecer en un ominoso silencio tan solo adornado por el encaje de una frase banal. Sí, qué descanso. Cuando transcurrió un rato y se serenaron, ella exclamó sin ira : "Tenemos que ir al abogado y acabar de una vez." Él asintió con una pálida sonrisa. Por fin estamos de acuerdo en algo, pensaron a la vez...

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