La mujer en Africa

La persona debe ser un gran especialista en la geografía de estos senderos. Quien no la conozca, se perderá; y si deambula durante mucho tiempo sin agua y sin comida, morirá. El asunto consiste en lo siguiente: diferentes clanes, tribus y aldeas pueden tener una serie de senderos que se entrecruzan, y el que no lo sabe puede andar por ellos haciendo círculos al tiempo que piensa que lo llevarán al lugar de destino, y ellos lo acabarán llevando al encuentro con la muerte. Los más misteriosos y peligrosos son los senderos de la selva. A cada paso, el hombre no deja de tropezar con púas y ramas; antes de alcanzar su destino está lleno de arañazos y tumefacciones. Llevar un palo resulta muy útil, pues si en medio del sendero se ha acomodado una serpiente (cosa que ocurre muy a menudo), hay que ahuyentarla, y el palo es la herramienta que mejor sirve para este propósito. Otro problema lo constituyen los talismanes. Al vivir en un aislamiento impenetrable, los hombres del bosque tropical son de natural desconfiados y supersticiosos. Por eso cuelgan en los senderos toda clase de talismanes para que ahuyenten los malos espíritus. Cuando se topa uno con una piel de lagartija colgando de un lado al otro del sendero, la cabeza de un pájaro, un manojo de hierba o un diente de cocodrilo, no sabe qué hacer: arriesgarse y seguir el camino o más bien volver sobre sus pasos, pues tras esa señal de advertencia puede ocultarse algo realmente maligno.
Cada equis tiempo nuestro autobús se detiene. Es que alguien quiere bajarse. Si la persona que se apea es una mujer joven con uno o dos niños (mujeres jóvenes sin niños son una rareza), la escena que presenciaremos estará llena de agilidad y gracia. En primer lugar, la mujer se atará a la criatura a la espalda con su mantón de percal (el niño, sumido en el sueño durante todo el tiempo, no reacciona). Luego se pondrá en cuclillas y se colocará sobre la cabeza su inseparable barreño o palangana, llena de toda clase de comida y de otros productos. Luego se erguirá, haciendo un movimiento como los que hacen los funámbulos al dar el primer paso sobre la cuerda suspendida en el vacío: balanceándose, alcanza el equilibrio. Coge con la mano izquierda la estera para dormir y con la derecha conduce al segundo niño. Y así, caminando enseguida a paso ligero y rítmico, enfila un sendero entre los matorrales, sendero que lleva a un mundo que desconozco y que tal vez jamás comprenderé.
Cada equis tiempo nuestro autobús se detiene. Es que alguien quiere bajarse. Si la persona que se apea es una mujer joven con uno o dos niños (mujeres jóvenes sin niños son una rareza), la escena que presenciaremos estará llena de agilidad y gracia. En primer lugar, la mujer se atará a la criatura a la espalda con su mantón de percal (el niño, sumido en el sueño durante todo el tiempo, no reacciona). Luego se pondrá en cuclillas y se colocará sobre la cabeza su inseparable barreño o palangana, llena de toda clase de comida y de otros productos. Luego se erguirá, haciendo un movimiento como los que hacen los funámbulos al dar el primer paso sobre la cuerda suspendida en el vacío: balanceándose, alcanza el equilibrio. Coge con la mano izquierda la estera para dormir y con la derecha conduce al segundo niño. Y así, caminando enseguida a paso ligero y rítmico, enfila un sendero entre los matorrales, sendero que lleva a un mundo que desconozco y que tal vez jamás comprenderé.
Ebano de Ryszard Kapucinski