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La historia, etc

Enviado por maestresala el Sáb, 12/05/2012 - 12:31

León abatido

León abatido

Algo está pasando. De pronto los del fútbol hablan todos como Enrique V en Azincourt. «Queremos hacer historia», asegura en los papeles el defensa estrella. «Es una oportunidad de hacer historia», sostiene en la radio el extremo habilidoso. «Es un día histórico», solemniza el exjugador reconvertido en presidente. «Pueden hacer historia», vaticina el exjugador menos afortunado reconvertido tan solo en experto.
El entusiasmo historicista termina sobrepasando el discurso de los atletas y se extiende entre la gente normal, si me perdonan el oxímoron. Es muy curioso. Llega el día del partido clave y a uno, no sé, el panadero, un vecino, su propia abuela, le recuerda que «tenemos», de repente, una cita con la historia. Eso, claro, asusta mucho. Y pilla grandemente de improviso. Porque uno en su agenda tiene para ese día anotadas cosas como ‘compras’, ‘llamar Carmen’, ‘podólogo’, ‘ver partido’, pero nada que se parezca lo más mínimo a ‘pasar a la historia de los hombres’.
Yo en general estoy a favor de los disparates: entretienen mucho y favorecen la labor del columnista. Sin embargo, los disparates dañinos me gustan algo menos. Y hay algo dañino en que el fútbol pierda su carácter lúdico y se ponga a dramatizar por todo lo alto. En sus peores momentos, se comporta hoy el fútbol como las religiones y las ideologías, minusvalorando lo real y situando el foco en el pasado o en el futuro, dos abstracciones tramposas e inflamables que son siempre del gusto de los clérigos.
El problema por supuesto no es el fútbol, sino la solemnidad, la fatuidad, el patetismo. Todo esa chatarra que sobrecarga de significado las victorias y transforma en tragedias las derrotas. La avalancha de prosopopeya termina atentando contra el disfrute y la suave alegría que caben en el campo de juego, ese «planeta de fortuna» que Gerardo Diego acuñó en uno de sus felices poemas futboleros.
Debe de resultar imposible disfrutar de un partido, de sus evidentes dosis de espectáculo y emoción, si uno está pensando en la tradición, en sus ancestros, en un pueblo en marcha, en la gloria, en el fracaso, en la leyenda, en los niños, en Edward Gibbon. Oh, Dios mío, venga ya. ¿Cómo tomar una cerveza a gusto y brindar por una jugada meritoria sintiendo la gélida mirada de una extraña versión ‘hooligan’ del historiador Suetonio clavándose a fondo en nuestra nuca?
Enternece la querencia del ser humano a prosternarse ante ídolos severos. Llegada la hora de la derrota, los jugadores lloran en el campo, mostrando su respetable disgusto, pero también imponiéndolo. Y eso va a ser exagerar, chicos. Porque, puestos a dramatizar, el problema no es pasar o no a la historia, sino la certeza de que adonde pasaremos todos de un modo inesquivable es al olvido. También, duele decirlo, los centrodelanteros. Así que habrá que divertirse un poco mientras tanto. Sin tanta historia. No hay para más.
 

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

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