Samuel Beckett en Dublinesca

Dos días después, dice Beckett adiós a Dublín de una vez por todas y se dirige a París, que no tardará en convertirse en el destino de su vida. Allí vive un día una escena que él llamaría ya siempre revelación y que una vez resumió así : "Molloy y los demás vinieron a mí el día en que tomé conciencia de mi estupidez. Sólo empecé a escribir lo que sentía". Cuando su biógrafo Knowlson le pidió que fuera menos críptico sobre el asunto, Beckett no tuvo inconveniente en explicarlo mejor :
Me di cuenta de que Joyce había todo lo lejos posible en la dirección de conocer más, de controlar el material propio. Siempre estaba añadiendo; basta ver sus pruebas de imprenta. Yo comprendí que mi camino estaba en la pobreza, en la falta de conocimiento y en la sustracción, en restar más que añadir.
[...]
Cambió de lengua para empobrecer su expresión. Y al final sus textos cada vez aparecían más depurados. Delirio lúcido de la miseria. Viviendo siempre en lo obstruido, lo precario, lo inerte, lo deforme, lo incierto, lo aterido, lo aterrador, lo inhóspito, lo desnudo, lo enfermizo, lo vacilante, lo desguarnecido, lo exiliado. lo inconsolable, lo lúdico.
Dublinesca de Enrique Vila-Matas