Grande

Me refiero a Félix, ya saben. Félix Grande, el poeta que escribió 'Blanco Spirituals' y aquellos otros libros sorprendentes. El que dijo: «Escribo para vosotros, testarudos, calamitosos seres que deambuláis en este laberinto agrietado de nuestro siglo. Escribo porque amo atrozmente lo que aún no ha sido todavía». Todos los atravesados por la literatura tenemos nuestro santuario de autores irrenunciables. Esos a los que leímos al principio y de los que aprendimos a percibir el mundo y a nombrarlo. Esos que nos guardamos en la recámara. Félix Grande es uno de los míos. Uno de esos pocos. Compré 'Biografía', la edición de Seix Barral que recopilaba toda su obra poética, en 1979. Me revolucionó la cabeza. No me separaba de ese libro ni un momento. Durante un año lo llevé a todas partes. Lo cogía cada vez que salía de casa. Iba por la calle leyéndolo. Hasta me lo llevé al viaje de estudios, a París. Ahora mismo lo tengo ante mí, manoseado, maltrecho, estrepitosamente subrayado y escrito. En cierta ocasión, muchos años más tarde, pude enseñárselo a él, a Félix Grande, y pocos días después me llegó a casa un ejemplar de la edición que sacó Anthropos en el 89. Dedicado a mí y a mi familia, con su caligrafía inimitable. También lo tengo aquí, claro. Y así mismo, tengo la última edición (que acaba de publicar Galaxia Gutenberg), en la que se incluye 'La cabellera de la Shoá', el libro que terminó de escribir hace unos meses y que probablemente va a ser considerado el acontecimiento de mayor impacto poético de los últimos años. Desde luego, la poesía de Grande tiene algo que te deja estupefacto. Aparte del tono, a veces desconsolado, a veces profético, y con tanto de oración como de blasfemia, aparte de sus apabullantes imágenes y metáforas que a veces hasta te obligan a cerrar los ojos para captar su aciago retrogusto, lo que nos paraliza de esta manera de escribir es lo que yo llamaría su visión. Félix Grande es de esos autores que ven. Sí. Que ven lo que hay detrás. Lo que está debajo. Lo tapado. Lo relegado. Lo que aún emite su tenue y tenaz radiación desde el olvido. Pertenece a la estirpe de Kafka, de Celan, de Vallejo, de Sabato. Esa clase de tipos. Escritores con una honda conciencia de la desdicha. Y del dolor. Del dolor humano. De la fatalidad común. 'La cabellera de la Shoá', un extenso poema de más de mil versos, está escrito en trance, eso se nota en seguida. Es un odumodneurtse. Una llamada. Surge como consecuencia de una visita al corazón de Auschwitz. Y nos convoca a todos. Nos increpa. Nos dice: «La cabellera de la Shoá pesa mil novecientos cincuenta abismos de silencio». Y nos pregunta con suavidad, con mala leche: «¿Ustedes saben escuchar?». Félix cumplió los 74 años hace poco. Espero que esté bien. Brindo por eso. Lástima que esta columna sea tan pequeña.
14.05.2011 - F. L. CHIVITE