Diarios V (año 2003)

Schopenhauer la describió así: "La piedad es ese hecho asombroso, misterioso, por el cual vemos borrarse la línea divisoria que a los ojos de la razón separa enteramente a un ser de otro, y el no yo convertirse de cierta manera en el yo. La sola conmiseración es el principio real de toda justicia libre y de toda caridad. La piedad es un hecho incontestable de la conciencia humana; es esencialmente propia de ésta y no depende de nociones anteriores, de ideas a priori, religiones, dogmas, mitos, educación y cultura; es el producto espontáneo, inmediato, inalienable de la naturaleza, resiste a todas las pruebas y se muestra en todos los tiempos y en todos los países; dondequiera se la invoca confiadamente, por la seguridad que se tiene de que existe en cada hombre, y no se cuenta nunca entre el número de los "dioses extraños".
Esta vez abrí uno de notas diarísticas de Kafka. No resistió la exposición al sol. No entendí nada. Kafka escribía de noche, pero no es excusa. Por bien que me caiga, de qué podría hablar en un playa, o en cualquier sitio, con alguien que escribe esos diarios tan a menudo incomprensibles. A Kafka se le entiende mejor en la ficción.
Circuitos mentales que recorremos a veces a toda velocidad sin movernos del sofá, tensos, concentrados, obcecados, como los corredores de Formula I, que pierden tres o cuatro kilos en cada carrera para llegar al mismo sitio de donde partieron.
Ponerse en la piel del otro, sentir compasión, significa a veces quitarle importancia a lo que sucede, pensar que no está paśandolo tan mal como en una primera impresión nos imaginamos desde fuera, desde el miedo que nos entra a que nos suceda lo mismo. La verdad es que los percances y los sufrimientos, cuando llegan, no son para tanto como habíamos temido. Ponerse en la piel del otro no es ponerse a llorar con él, cuando a lo mejor él no tiene ninguna gana de llorar.