
Queridos amigos,
Es una tarde luminosa casi sorolliana pero por dentro me crece la melancolía, la rabia, la desilusión. No es justo, la vida no lo es, el puzle está mal troquelado, faltan piezas y otras no encajan. Es el tosco mar rizado de olas grises que escribió Machado. Tanto filosofo para tan poca chicha, tanto invento para tan exigua esperanza.
Demos al ayuntamiento lo que le corresponde, este centenario del nacimiento de Blas lo está celebrando con enjundia, sin alharacas pero con poemas y poetas. El cartel anunciador es bello y sobrio como su poesía. Levantad la cabeza y lo veréis, es una magnífica fotografía de Schommer. Tuve la oportunidad de asistir a dos charlas de las 5 programadas esta semana. Me quedo con la del martes entre dos monstruos de la cosa, Sarrión y Gimferrer. Destacaron al Otero sonetista, el mejor de este país –afirmaron- y nos regalaron algunos de una belleza profunda en los que los versos de Blas materializaban el aforismo aquel de que la poesía crea las palabras. Os adjunto uno de ellos, el que mas esperanza derrocha para compensar las primeras líneas de estas torpes letrillas. Llegaremos, termina con su maestría en rematar los endecasílabos, llegaremos dice y yo pregunto ¿a dónde? No me hagáis caso y quedaros con la fuerza poética de Blas.
Aprovecho y como siempre (aunque hoy con menos ganas, he de confesar) os regalo (convertido en charlatán de mercadillo) un bello poema no muy conocido de Jose Zorrilla que hace el sexagésimo. No quería la digna moza cristiana ni palacios, ni flores, ni bonoloto, se conformaba con su familia, castillos, el rosario de su madre y los secos páramos castellanos. Les leo este poema a mis hijas y se escucha la carcajada en Graná. Casi ná. Como ha cambiado el cuento.
Con cariño,
J.
Cuando digo (Blas de Otero)
Cuando digo esperanza digo es cierto.
Cuando hablo del alba hablo del día.
Cuando pronuncio sombra, velaría
las letras de mi patria, como a un muerto.
Cuando escribo, aire libre, mar abierto,
traduzco libertad (hipocresía
política), traduzco economía
en castellano, en plata, en oro injerto.
Cuando digo a la inmensa mayoría
digo luego, mañana nos veremos.
Hoy me enseñan a andar y ver y oir.
Y ellos ven, oyen la palabra mía
andar sobre sus pasos. Llegaremos
Oriental (Jose Zorrilla)
Corriendo van por la vega
A las puertas de Granada
Hasta cuarenta gomeles
Y el capitán que los manda.
Al entrar en la ciudad,
Parando su yegua blanca,
Le dijo éste a una mujer
Que entre sus brazos lloraba:
—Enjuga el llanto, cristiana,
No me atormentes así,
Que tengo yo, mi sultana,
Un nuevo Edén para ti.
Tengo un palacio en Granada,
Tengo jardines y flores,
Tengo una fuente dorada
Con más de cien surtidores.
Y en la vega del Genil
Tengo parda fortaleza,
Que será reina entre mil
Cuando encierre tu belleza.
Y sobre toda una orilla
Extiendo mi señorío;
Ni en Córdoba ni en Sevilla
Hay un parque como el mío.
Allí la altiva palmera
Y el encendido granado,
Junto a la frondosa higuera
Cubren el valle y collado.
Allí el robusto nogal,
Allí el nópalo amarillo;
Allí el sombrío moral
Crecen al pie del castillo.
Y olmos tengo en mi alameda
Que hasta el cielo se levantan,
Y en redes de plata y seda
Tengo pájaros que cantan.
Y tú mi sultana eres;
Que desiertos mis salones están,
mi harén sin mujeres,
Mis oídos sin canciones.
Yo te daré terciopelos
Y perfumes orientales,
De Grecia te traeré velos,
Y de Cachemira chales.
Y te daré blancas plumas
Para que adornes tu frente,
Más blancas que las espumas
De nuestros mares de Oriente;
Y perlas para el cabello,
Y baños para el calor,
Y collares para el cuello;
Para los labios… ¡amor!
—¿Qué me valen tus riquezas,
—Respondióle la cristiana—,
Si me quitas a mi padre,
Mis amigos y mis damas?
Vuélveme, vuélveme, moro,
A mi padre y a mi patria,
Que mis torres de León
Valen más que tu Granada.
Escuchóla en paz el moro,
Y manoseando su barba,
Dijo, como quien medita,
En la mejilla una lágrima:
—Si tus castillos mejores
Que nuestros jardines son,
Y son más bellas tus flores,
Por ser tuyas, en León,
Y tú diste tus amores
A alguno de tus guerreros,
Hurí del Edén, no llores;
Vete con tus caballeros.
Y dándole su caballo
Y la mitad de su guardia,
El capitán de los moros
Volvió en silencio la espalda.