Carne de cecina

—Jodía niebla.
Protestó Manolo Arguillés mientras intentaba otear algo en el horizonte. No había manera.
Alrededor del pequeño bote salvavidas todo era niebla. Ese manto lechoso y espeso les tenía tan desorientados que eran los salpicones de agua salada los que les hacía recordar que estaban en medio del mar.
Apenas tres días atrás, estaba Manolo tomándose un whisky en una tasca del puerto de Cádiz, cuando un Teniente de Navío bajo las órdenes de un tal Cisneros, lo sacó a porrazos de la taberna sin mediar palabra. “Qué haces hijoputa”. Le dijo Manolo al Teniente de Navío cuando lo empujó por la puerta.
Un tortazo en la oreja.
Eso fue suficiente para aliviarle la borrachera.
Reclutado forzoso.
Ea.
Toda una vida dedicada al contrabando; timando, robando y utilizando, siempre que podía, la picaresca que había heredado de su santa madre... y van y lo mandan de un guantazo a una guerra sin comerlo ni beberlo. A una batalla que iba a librarse al día siguiente en Trafalgar.
Y vaya mierda de batallita.
Santísima Trinidad, ese era el nombre del barco en el que le había tocado enrolarse. Hasta hacía dos días era el mayor, el mejor buque con el que contaba la Armada Española. El único que tenía cuatro puentes, ciento cuarenta cañones, más de dieciséis metros de manga y sesenta y uno de eslora. Una mole. Un cuartel flotante que probablemente, ya estaría debajo del mar.
Los ingleses les habían dado candela a los españoles.
Pero a Manolo se la sudaba.
—Menosmá que pudimo escaparno der barquito ese... ¿Eh, Currillo?
Francisco Tejera era de Cartagena. Manolo no lo conocía de nada, ni siquiera estando los dos en el Santísima habían coincidido. Pero sin quererlo, ni haber planeado nada, se vieron cara a cara soltando un bote salvavidas y escapando de la que se les venía encima.
—Anda y que le den por saco a esos mamone que nos metieron en esta mierda —continuó rajando Manolo—. Mira como hemos acabao. Perdíos como sunormales. ¡Me cago en los guachinai! ¡Me cago en los franchutes! ¡Y me cago en la mare que parió al capullo del Cisneros! Mal palo le den al tío ese, ome.
Manolo escupió al mar.
Curro rio casi por compromiso. Estaba agotado. No entendía cómo Manolo tenía fuerzas para seguir rajando de los militares que les habían arrastrado hasta la batalla. Calculaba que llevaba más o menos dos días sin comer ni beber nada.
Currillo sentía los labios agrietados y resecos. No tenía ganas de hablar, y mucho menos de escuchar la voz aguda y chirriante de Manolo Arguillés.
—¡Afú, Currillo! ¡Qué hambre, chiquillo! Llevamo ya un puñao de tiempo sin papeá.
Ensima la mierda niebla esta que no deja ve tre en un burro...
Curro ni miraba a Manolo mientras seguía quejándose. Cerró los ojos agotado, con la esperanza de que cuando los abriese, hubiesen llegado a alguna costa. O al menos, que Manolo se hubiese callado un rato.
Estaba muy cansado.
A los pocos minutos, Manolo volvió a la carga.
—Oye, Currillo, a ti te sobró un taco de carne de esa que repartimo, ¿no?
Curro guardó silencio haciéndose el dormido. No quiso contestarle. La poca comida que llevaban encima la repartieron a medias cuando hubieron escapado del Santísima. El cafre de Manolo se había acabado ya toda la suya, pero Curro administraba a duras penas un pedazo, del tamaño de un puño, de dura y reseca cecina. La guardaba en el bolsillo. Ese trozo de cecina era suya.
Y a Manolo le tocaba los cojones que Curro no le contestara. ¿Qué más le daría compartir un trozo de carne? Estaba muerto de hambre y la cosa no parecía que fuera a mejorar con esa niebla...
Manolo tenía ya todas las uñas de las manos mordidas. No había nada para echarse a la boca y engañar al estómago. Se quitó el cinturón de piel raída del pantalón y empezó a morderlo. Pero por más que intentaba buscar tierra a su alrededor la espesa niebla no dejaba ver nada en absoluto. Estaban totalmente perdidos. Encima, el Curro de los huevos hacía rato que ni hablaba. No sabía cómo quitarse el hambre de la cabeza. Empezó a morder el cinturón con más rabia.
Le vino a la mente entonces cómo le iba la vida antes de que lo sacaran a la fuerza de aquella taberna y lo empujasen hasta la batalla de Trafalgar. Siempre, a lo largo de toda su vida, lo que había querido o se le antojaba lo había cogido sin preguntar ni preocuparse por nada más. ¿Cuántas veces había robado por puro vicio? ¿No lo iba a hacer ahora para comer?
Con el hambre que tenía en esos momentos Manolo hubiera sido capaz de matar por un trozo de pan.
Pero al Currillo le daba como cosa robarle...
El estómago le dolía cada vez más.
Dejó de roer el maldito cinturón y lo tiró al mar. Se estaba poniendo nervioso.
—Currillo, hombre... ¿Por qué no repartimo el cacho ese de sesina que te quea?
Curro abrió los ojos lentamente, y le contestó agotado.
—Porque es mío, Manolo. Tú ya te has comido tu parte, y yo he guardado este pedazo de carne para cuando tuviese más hambre.
—Pero es que yo no pueo tené más hambre, Currillo... mitá y mitá. Venga, como güenos compañeros de fuga que somoh.
—Que va, Manolo. Lo siento.
Curro volvió a cerrar los ojos para dejar el tema zanjado. Estaba realmente atontado de la desnutrición y el vaivén del bote.
Manolo no paraba de darle vueltas a la cabeza para ver cómo conseguir el taco de cecina que tenía Currillo. Quizás pasase algo de tiempo mientras estuvo callado, en silencio, pensando una estratagema para conseguir el trozo de carne. El tiempo suficiente como para que Curro se quedase adormilado.
“Se acabó”. Pensó Manolo que no aguantaba más el hambre.
Se incorporó con cuidado en el bote para que no se balanceara demasiado, se acercó a Curro y le agarró la cabeza con las dos manos. Antes de que al pobre Curro le diera tiempo a saber lo que estaba ocurriendo, Manolo ya le había golpeado varias veces la cara con su puño cerrado.
—Hijoputamamón, verá como ahora sí comparteh la comida —farfullaba Manolo mientras repartía puñetazos con sobrada competencia.
Curro, que no sabía ni donde estaba, solo pudo reaccionar soltando una patada desde abajo, que para su sorpresa resultó certera, lanzando por los aires los pocos dientes que le quedaban a Manolo en la boca.
Manolo ahogó un grito en la sangre que le brotaba de las encías.
— Becago en du butamae —O algo así.
No se lo pensó dos veces.
Agarró la cabeza de Currillo y la golpeó contra la cubierta del bote hasta que se quedó sin aliento.
Curro hacía rato que había dejado de forcejear.
Manolo, que no dejaba de sangrar por la boca, lanzó las babas coloradas al océano. Se palpó con la lengua las encías con la esperanza de encontrar algún diente superviviente. No hubo suerte.
“Hijoputa”. Pensó. Sacó el trozo de carne del pantalón ajado de Curro. Y después arrojó el inanimado cuerpo por la borda, hundiéndose con sorprendente rapidez en las profundidades del mar.
Manolo se tiró a la cubierta del bote como un animal, agarrando el trozo de cecina entre sus dedos. Pero lejos de saciar su hambre, lo único que consiguió fue humedecer con lágrimas los churretes que llevaba tatuado de por vida en las mejillas.
La encía reblandecida, ahora desprovista de dientes, era incapaz de dar bocado a aquella carne dura y reseca.

 

Daniel Fopiani Román